En aquel tiempo, iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, y caminaban con él sus discípulos y mucho gentío.
Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba.
Al verla el Señor, se compadeció de ella y le dijo: «No llores».
Y acercándose al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!».
El muerto se incorporó y empezó a hablar, y se lo entregó a su madre.
Todos, sobrecogidos de temor, daban gloria a Dios diciendo: «Un gran Profeta ha surgido entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo».
Este hecho se divulgó por toda Judea y por toda la comarca circundante (San Lucas 7, 11-17).
COMENTARIO
Nos encontramos hoy en el Evangelio con un episodio bien conocido, pero que nos retrata la fina sensibilidad de Jesús hacia el sufrimiento de los pobres.
Conviene presentar primero la situación social de una viuda en el Israel de tiempos de Jesús. Las viudas hebreas no heredaban a sus esposos; dependían por entero de la buena voluntad de los parientes más próximos, principalmente, de los hijos. En el caso presente, esta viuda que acaba de perder a su único hijo se encuentra literalmente, desamparada. Su situación es dramática a todas luces: además del dolor de ver morir al hijo, su solo apoyo moral y humano, ha quedado en la indigencia, a merced de la caridad de sus vecinos y parientes. ¿Qué será de ella en adelante? La gente de pueblos y aldeas en Israel acostumbra a ser compasiva y generosa con las desgracias cercanas, pero todo ello tiene sus límites. Ella se ve abocada a vivir sola y sin recursos, dependiendo de la humanidad de quienes quieran ayudarla.
Jesús percibe todo esto. Probablemente ve en ella a su propia madre, viuda también, pobre y en soledad desde que Él se entregó por completo a la misión recibida de su Padre: anunciar la llegada del Reino de Dios. María es fuerte, por su fe en el Altísimo, y sabe también que no ha perdido a su hijo; en cambio, esta pobre mujer ha de enterrar al único descendiente que tenía, hecha un mar de lágrimas. El Señor se conmueve ante su dolor, y decide intervenir, mostrando con ello que Dios no es insensible al sufrimiento de los hombres. Nadie le ha pedido nada. Nadie ha intercedido ante El en favor de la viuda. Es El quien, por propia iniciativa, se dirige a la mujer para consolarla y devolverle al hijo perdido. Y el muerto recobra la vida; Jesús se lo entrega a su madre.
Este milagro, en los primeros meses de su vida pública, causa sensación entre los que conocen a Jesús, en la comarca galilea. Algunos pensarían en Elías, que resucitó al hijo de la viuda de Sarepta, y compararían al Señor con el mayor profeta que hubo en Israel. Así empieza El a hacerse famoso en su tierra. Pero Jesús no lo hizo buscando la fama y el sensacionalismo; lo hizo por compasión, para consolar a una pobre mujer que, al perder al hijo, lo había perdido prácticamente todo.
Frente al dolor humano, que a veces nos asalta, nos viene a los hombres una tentación en forma de pregunta: ¿Es que Dios no se da cuenta de lo que sufrimos? ¿O no puede hacer nada para ayudarnos? ¿O, si puede hacer y no lo hace, es que no le importamos nada? Cuestiones todas que nos sugiere el diablo, para intentar quitarnos la fe.
Pues bien, el presente texto nos da una clave para empezar a entender algo del misterio que encierra todo sufrimiento humano: en Cristo, Dios nos ha mostrado cómo Él está cercano, se compadece y comparte nuestros dolores. De hecho, Cristo ha sufrido por nuestra causa, todo lo que un hombre puede sufrir. Pero la decisión de intervenir en la historia para cambiarla, evitándonos con ello los momentos más dolorosos, le pertenece exclusivamente a Él. Pues sólo Él sabe cuándo nuestra capacidad de sufrimiento ha llegado a su límite. Nosotros no lo sabemos. El sufrimiento es una prueba que necesitamos para afianzar nuestra fe en el Dios de Jesús, que es un Padre Bueno.
Unido a Cristo, el cristiano puede afrontar su sufrimiento de un modo nuevo: como la oportunidad, la ocasión única de dejar de vivir para sí mismo, aceptando el dolor presente junto al de Jesús, para que, en adelante, sea Cristo quien viva y sufra en él. Así nos lo han enseñado S. Pablo y tantos santos y mártires que conserva la historia de la Iglesia.
