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Evangelio

La Visitación

By Jesús Bayarri15 de agosto de 2025No hay comentarios5 Mins de lectura
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En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» Y dijo María: «Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador   porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia – como había anunciado a nuestros padres – en favor de Abraham y de su linaje por los siglos». María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa (San Lucas 1, 39-56).

COMENTARIO

María ha entrado en el cielo con cuerpo y alma. Esta es la sustancia de la solemnidad que la Iglesia celebra con gran alegría el 15 de agosto. María no ha experimentado la corrupción de su cuerpo en la muerte, como tampoco la corrupción del pecado original alcanzó su espíritu. Tenemos noticia de esta fiesta en el siglo VI, en Palestina, como memoria de la Dormición de la Virgen María. En Jerusalén, las celebraciones se centran en la iglesia junto al Huerto de los Olivos, donde se encuentra un sepulcro desde el cual —se aseguraba— María fue asunta al cielo. En la actualidad, con las revelaciones a la beata Ana Catalina Emmerick, cobra relevancia la tradición de la Dormición de María en Éfeso.

San Juan Damasceno dice así: La comunidad de los apóstoles, transportándote sobre sus espaldas a ti, que eres el Arca verdadera del Señor, como en otro tiempo los sacerdotes transportaban el arca simbólica, te depositaron en la tumba, a través de la cual, como a través del Jordán, te condujeron a la verdadera Tierra Prometida, a la Jerusalén de arriba, madre de todos los creyentes, cuyo arquitecto es Dios.

María, glorificada en el cielo, introducida como la reina Ester en el palacio del Rey, no se olvida de su pueblo amenazado, sino que intercede por él hasta que el enemigo sea totalmente aniquilado. El papa Juan Pablo II dice que «la mediación de María tiene el carácter de intercesión» (RM 21). Ella es signo de la esperanza, como lo fue Ester, que, confiando en Dios, salvó a Israel con su intercesión ante el rey Asuero.

María, entre los santos, es la primera salvada, la primera en quien el poder de Dios se ha realizado plenamente. Y así como la gracia de su Inmaculada Concepción no la sustrajo de la condición humana, tampoco su Asunción la ha separado de la Comunión de los Santos, sino que la ha situado en el corazón de la Iglesia celeste. María, revestida del Sol, de la gloria de Dios, nos manifiesta luminosamente la victoria de Dios sobre el pecado y la muerte. María, la primera redimida, es también la primera glorificada.

En María tenemos el primer testimonio de la victoria de su Hijo sobre la muerte. Con su Asunción al cielo en cuerpo y alma, María es la primera testigo viviente de la resurrección. En su persona misma, María nos testimonia que el Reino de Dios ha llegado ya. Ella proclama el triunfo de la obra salvadora del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. En el cielo aparece como “signo” de esta victoria para toda la Iglesia. La Asunción de la bienaventurada Virgen María en cuerpo y alma al cielo afirma, sobre ella, aquello que confesamos para nosotros en el símbolo apostólico: la resurrección de la carne y la vida eterna.

«La Madre de Jesús, ya glorificada en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y principio de la Iglesia triunfante, que habrá de tener su cumplimiento en la vida futura.»

«Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el curso de la vida terrena, en alma y cuerpo fue asunta a la gloria celestial y enaltecida por el Señor como Reina del Universo, para que se asemejara más plenamente a su Hijo, Señor de los señores (Ap 19,16) y vencedor del pecado y de la muerte» (LG 59).

Contemplando a María asunta al cielo, la Iglesia marcha hacia la Parusía, hacia la gloria, donde la ha precedido la Madre del Señor. La Iglesia sabe que, acogiendo al Espíritu como María, se cumplirá en ella todo lo que se le ha prometido, y que en María ha comenzado a iniciarse, como Esposa de las bodas eternas. Y mientras peregrinamos por este mundo, María nos acompaña en el camino de la fe con corazón materno. Como dice el prefacio III del Misal: «Desde su Asunción a los cielos, María acompaña con amor materno a la Iglesia peregrina y protege sus pasos hacia la patria celeste, hasta la venida del Señor.»

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