En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Este es mí mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.
Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando.
Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.
No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca.
De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros» (San Juan 15, 12-17).
COMENTARIO
“En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros como Yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.
Jesús, Dios y hombre verdadero, ha venido a la tierra para redimir el pecado y darnos a conocer el Amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Prepararnos para acogerle y dejarle vivir en nosotros y, de esta manera, podamos vivir con Él y en Él, esa tarea divina de co-redimir y de transmitir, con nuestra vida, el Amor de Dios a toda la humanidad.
La ley de la antigua alianza, el Antiguo Testamento, recoge el mandamiento que les transmitió Moisés, de “amar al prójimo como a ti mismo”. Jesús, al transmitirnos, por medio de los Sacramentos: Bautismo, Confirmación, Penitencia, Eucaristía, Orden, Matrimonio, Unción de los enfermos- la Gracia que es: “una cierta participación en la naturaleza divina”, abre los horizontes de nuestro vivir a los horizontes infinitos del Amor de Dios, que “da su vida por sus amigos”.
“Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído de mi Padre os lo he dado a conocer”.
Este tiempo litúrgico de Pascua nos recuerda el tiempo que Cristo Resucitado vivió en la tierra. El Señor se presenta a los apóstoles, a las santas mujeres, a los discípulos y va preparando su corazón, su inteligencia, su alma, para abrirse al Amor de Dios.
Sus discípulos somos todos los que creemos en Él, los que le hemos visto clavado en la Cruz dando su Vida para redimirnos del pecado y de la muerte; los que hemos recibido el Bautismo, y nos convertimos con la gracia del Espíritu Santo en “hijos de Dios en Cristo Jesús”; los que arrepentidos le hemos pedido perdón de
nuestros pecados en la Confesión; los que hemos recibido al Espíritu Santo en el sacramento de la Confirmación; los que le hemos agradecido de todo corazón que se haya hecho alimento de nuestro vivir alimentándonos con la Sagrada Eucaristía; los que le hemos rogado que bendiga nuestro matrimonio, a nuestros hijos, nietos, biznietos, y que nos alcance la gracia de ser fieles a las promesas matrimoniales; los que le hemos rogado que nos acompañe en nuestro lecho de muerte con el sacramento de la Unción de los enfermos.
Y somos también discípulos suyos los que hemos vivido con Él, en Él y por Él, la vida que nos ha dado el Espíritu Santo, enviado por Él, ya Resucitado.
“No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca”.
¿Qué fruto nos pide el Señor?
La vida que Él nos transmite al recibir los sacramentos da sus frutos en las obras de misericordia espirituales y corporales: enseñar al que no sabe; dar buen consejo al que lo necesita; corregir al que yerra; perdonar las injurias; consolar al triste; sufrir con paciencia los defectos del prójimo; rogar a Dios por vivos y difuntos.
Visitar y cuidar a los enfermos; dar de comer al hambriento; dar de beber al sediento; dar posada al peregrino; vestir al desnudo, redimir al cautivo; enterrar a los muertos.
Estos son los frutos de Fe, de Esperanza y de Caridad, que el Señor espera de cada uno de nosotros. Acercaremos a mucha gente a la Fe en Jesucristo, y le ayudaremos a descubrir el Amor que Dios les tiene. Y oiremos del Señor las mismas palabras que aparecen en los Evangelios: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt. 25, 40).
El trato con nuestra madre la Virgen María nos ayudará a descubrir en todas las personas que nos rodean a su Hijo Jesucristo, nos abrirá nuestros ojos para que vivamos con ellas una honda fraternidad humana y divina, y nos dará el deseo de vivir siempre este mandamiento del Señor:
“Esto os mando: que os améis los unos a los otros”
