Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran.
Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua.
El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis.
Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso»; y en otro lugar la Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron» (San Juan 19, 31-37).
COMENTARIO
Hoy celebramos el Sagrado Corazón de Jesús.
Esta devoción hunde sus raíces en la tradición apostólica, que se relaciona con la instauración de la Eucaristía como el testamento que nos dejó el Señor, tras la Última Cena.
El Señor dio un giro a la tradición hebraica del Pesaj. Esa es la noche donde Israel ofrece el cordero pascual y come las matzá, el pan sin levadura y hierbas amargas en las inmediaciones del monte del Templo.
En el contexto del Pesaj, la Última Cena de Jesús es un evento fundacional. Inaugura “una tradición religiosa”, en la que el pan se convierte en el Cuerpo de Cristo, verdadero alimento, y la copa de la bendición es la sangre de Cristo, verdadera alegría.
Ese testamento lo rubrica en la cruz, en el pasaje que comentamos: no le quebraron las piernas, como estaba escrito, sino que el soldado le atravesó el costado derecho, golpe en el que los legionarios eran duchos, y le atravesó el corazón: al punto salió sangre y agua.
El agua, que representa el bautismo, el verdadero paso a través del mar, pues es este Cordero de Dios el que atraviesa las aguas de la muerte, y no abre un camino seguro hasta la otra orilla.
La sangre es la sangre del cordero sin mancha, del verdadero cordero pascual, con el que el pueblo de Dios sella los dinteles de sus casas, su puerta de entrada, sus labios, porque ya solo les está permitido bendecir.
Este es el significado de este corazón atravesado: es una donación y una puerta.
Una donación de Dios, que nos deja esta agua que salta hasta la Vida Eterna. Ese es su verdadero testamento. No es la ley, la Torá: es su propio Espíritu.
Y es una puerta: el corazón se abre para que podamos entrar en su misericordia.
Esta devoción al sagrado Corazón tuvo su mensajera: santa Margarita de Alacoque, en el siglo XVII. Esta devoción se centró en la reparación de las ofensas por la ingratitud de los hombres que desprecia el inmenso don del amor divino, cuyo plan consistió en encarnarse como hombre y aceptar como cordero la inmolación en la Cruz.
Ya en el siglo XX, santa Faustina Kowalska dio un nuevo impulso a esta devoción impulsando la instauración de la fiesta de la Divina Misericordia, el domingo después de Pascua. En su Diario explica:
“Una vez, cuando el confesor me mandó preguntar al Señor Jesús por el significado de los dos rayos que están en esta imagen; contesté que sí, que se lo preguntaría al Señor.
Durante la oración oí interiormente estas palabras: Los dos rayos significan la Sangre y el Agua. El rayo pálido simboliza el Agua que justifica a las almas. El rayo rojo simboliza la Sangre que es la vida de las almas…
Ambos rayos brotaron de las entrañas más profundas de Mi misericordia cuando Mi Corazón agonizante fue abierto en la cruz por la lanza”. (Diario, 299)
Así pues, esta fiesta es una invitación del Señor a penetrar en lo profundo de su amor, a meter la mano como santo Tomás en su corazón abierto y agradecer al Señor tanto bien como nos ha hecho.

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