En aquel tiempo, Pedro, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?»
Al verlo, Pedro dice a Jesús: «Señor, y éste, ¿qué?»
Jesús le contesta: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme.»
Entonces se empezó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no moriría. Pero no le dijo Jesús que no moriría, sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué?»
Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero.
Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo podría contener los libros que habría que escribir (San Juan 21, 20-25).
COMENTARIO
Hace años, durante una peregrinación por tierras de Asia Menor, siguiendo los pasos de San Pablo, durante la escala en Éfeso en la actual Turquía, tuve la suerte de poder celebrar la Eucaristía en donde, según la tradición, el “discípulo amado” acogió en su casa como madre a la que su Hijo entregó desde la cruz: la santísima “Virgen María”. Sigue diciendo la tradición que es lugar donde (aunque también lo comparte con otra ubicación en Jerusalén) tuvo lugar la “dormición” y posterior asunción a los cielos de la Madre de Dios.
Continúa afirmando la piedad popular sobre este lugar que aquí se halla el sepulcro del autor del cuarto evangelio. Otros lo sitúan en la isla de Patmos e incluso hay leyendas basadas en el texto evangélico de hoy que relatan cómo el emperador Domiciano arrestó a San Juan en vida y lo arrojó a un caldero de aceite hirviendo del cual salió ileso, por lo que no murió, sino que fue arrebatado en un carro de fuego como Elías.
Sea como fuere, lo que puede parecer una contradicción de leyendas, mitos o rienda suelta de fabulaciones, personalmente me parece una convergencia que desde diferentes perspectivas trata de afirmar una única verdad de fe, que transciende las palabras, la física y la historia pero que resulta ser real, realísima.
Al menos esa fue mi experiencia durante la celebración del “Misterio Pascual” en dicho lugar. Hoy Éfeso es una ciudad dentro de un país de mayoría musulmana. Quedan los restos de lo que fue una gran ciudad del imperio romano. Los guías se entretienen más en enseñarte las letrinas comunitarias y la palma de la diosa Niké, haciendo referencia al logo de una conocida marca deportiva que a valorar lo que supuso el esplendor de esta ciudad para la cultura occidental en general y para la fe cristiana en particular. Todo tiene su decadencia ¿También la fe?
Cuando Cristo entra triunfal en un borrico, en Jerusalén, quieren mandar callar a sus discípulos; a lo que Jesús responde: si estos callan, hablarán las piedras. Y las piedras, sin duda, hablan en la Basílica de San Juan. La fe, como María, parece que ha muerto, pero no ha pasado por ese trance. Solo está dormida. Del discípulo Juan se dice que, siendo muy anciano, los cristianos le preguntaban sobre recuerdos personales de Jesús; a lo que él contestaba con un escueto: “Amaos unos a otros”. Es posible que muriese físicamente, pero su “evangelio” perdura como “Buena Nueva” por los siglos de los siglos.
Mañana, esta noche ya, es Pentecostés. Pero la Pascua no concluye. Nace la Iglesia, en la que a lo largo de los siglos se siguen escribiendo y se seguirán escribiendo esas “otras muchas cosas” que Cristo ha realizado y seguirá realizando en su “Cuerpo Místico” y que no cabrían en todos los libros del mundo, ni en todas las páginas “web” de la red.
Mientras tanto, como testigos guiados y sostenidos por el Espíritu Santo, anunciamos tu Muerte y proclamamos tu resurrección porque, como discípulos amados, así quieres que estemos hasta tu Vuelta.
