En aquel tiempo, llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo: «Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. El que tenga oídos para oír, que oiga.»
Cuando dejó a la gente y entró en casa, le pidieron sus discípulos que les explicara la parábola. Él les dijo: «¿Tan torpes sois también vosotros? ¿No comprendéis? Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón, sino en el vientre, y se echa en la letrina.»
Con esto declaraba puros todos los alimentos. Y siguió: «Lo que sale de dentro, eso sí mancha al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro» (San Marcos 7, 14-23).
COMENTARIO
La ley mosaica y sus ulteriores desarrollos cercan al hombre con un conjunto de normas que organizan la vida en torno a una almendra, que es revelación divina: amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. Ese es el primer y principal mandamiento que ha recibido el hombre de parte de Dios.
Pero… en el contexto histórico, geográfico, cultural de Israel, ese mandamiento se adereza con una pléyade de normas que articulan y prevén toda la vida del hombre, desde su nacimiento: la circuncisión, las abluciones, las horas del día, las fiestas, el Sabbat, las peregrinaciones, el rescate de hombres y animales, etc.
En este contexto, la higiene alimentaria tiene una especial importancia, pues en torno a la comida se organiza la sociedad para satisfacer esta esencial necesidad humana.
Hay muchísimas referencias a la comida en el evangelio: El Señor rechaza a Satanás cuando le tienta con el pan: no solo de pan vive el hombre. (Mt 4, 4)
El Señor da de comer a multitudes. (Mt 14, 21)
El Señor come con publicanos y pecadores. (Lc 15, 2)
En el contexto de la Última Cena, señala a Judas que moja pan en el plato junto a Él. (Mt 26, 23)
Cuando se aparece resucitado a los apóstoles en el mar de Galilea, le ven asando unos peces. (Jn 21, 9)
Jesús, el Mesías, el nuevo Moisés, va a salvar a la humanidad de la dura esclavitud que significa estar sometido al peor Faraón, Satanás, el padre de la mentira, que nos dice que si, existe la muerte, el dolor, el sufrimiento, la injusticia, es que Dios no te ama, que es un monstruo, o directamente que no existe.
Y Jesús, el Mesías, el nuevo Moisés, establece una nueva alianza y declara todos los alimentos puros, porque donde anida la impureza no es precisamente en lo que ingerimos, sino en el corazón del hombre que se corrompió cuando nuestros padres Adán y Eva dieron el bocado primordial a la manzana: rompieron con Dios porque creyeron que Dios no era Dios, decidieron hacerse ellos mismos, nosotros mismos, dioses.
Así, Jesús, el Mesías, el nuevo Moisés, nos dejó otro alimento, el verdadero alimento, el viático que salta a la vida eterna, el nuevo maná (no como el antiguo, que los israelitas comieron y murieron): la Eucaristía, su cuerpo que es verdadera comida y su sangre que es verdadera bebida.
