Por aquellos días, habiendo de nuevo mucha gente y no teniendo qué comer, llama Jesús a sus discípulos y les dice: “Siento compasión de esta gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer. Si los despido en ayunas a sus casas, desfallecerán en el camino, y algunos de ellos han venido de lejos”. Sus discípulos le respondieron: “¿Cómo podrá alguien saciar de pan a éstos aquí en el desierto?” Él les preguntaba: “¿Cuántos panes tenéis?” Ellos le respondieron: “Siete”. Entonces él mandó a la gente acomodarse sobre la tierra y, tomando los siete panes y dando gracias, los partió e iba dándolos a sus discípulos para que los sirvieran y, ellos los sirvieron a la gente. Tenían también unos pocos pececillos, Y, pronunciando la bendición sobre ellos, mandó que también los sirvieran. Comieron y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes, siete espuertas. Fueron unos cuatro mil; y Jesús los despidió… (San Marcos 8, 1-10).
COMENTARIO
Jesús ha estado en el extranjero, en Fenicia; allí ha curado a una poseída por un espíritu “muy malo”, según la súplica de la madre. Ha curado a un ciego al pasar por una población. Ahora está en Galilea y mucha gente se acerca para escucharle y ser curado de sus dolencias. El entusiasmo era grande porque ya llevan tres días escuchándole y exponiéndole sus problemas, sus sufrimientos. Jesús siente además de entusiasmo y satisfacción por estar con le gente, siente compasión. Sabe que su Padre, su Abbá, siente lo mismo por la gente que le rodea y se hará cómplice de lo que él haga. Los discípulos se ven impotentes ante la situación pero él conoce la Escritura, conoce la Historia de Israel, porque la ha escrito su Abbá. En despoblado Dios “provee”. Manda que se acomoden en la tierra, esa tierra de todos, esa tierra escabel de los pies del creador. Hace la bendición y distribuye lo que hay, todo lo que hay, unos pocos panes y unos pececillos. Con eso basta. Cuando se distribuye lo que hay, sin privilegios, sin desigualdades, sin acaparamiento, alcanza para saciar a todos y sobra, siete espuertas. Eran unos cuatro mil.
San Marcos no se detiene a sacar conclusiones ni implicaciones como hará San Juan en su Evangelio. Sencillamente despide a la gente saciada de pan y peces. Ya tendrán tiempo de pensar en ello cuando vueltos a casa, rememoren lo vivido. Han estado con el Maestro, han escuchado sus palabras, han constatado que Dios ha visitado a su Pueblo, en la persona de su Masías, de su Ungido.
Nosotros, dos mil años después podemos hacer la misma experiencia cada vez que lo deseemos. Con menos esfuerzo, no necesitamos andar tres días por descampado, aguantando frío o calor y hambre. Basta acercarse a una asamblea eucarística muy cerca de casa, eso sí con hambre amor de Dios. Allí Jesús habla, cura, consuela, y se da en comida y alimento de eternidad. Sólo necesitamos una cosa: fe y deseo, como aquella gente aquel día en Galilea.

5 comentarios
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