En aquel tiempo, un grupo de letrados y fariseos dijeron a Jesús: «Maestro, queremos ver un milagro tuyo».
Él les contestó: «Esta generación perversa y adúltera exige una señal; pues no se le dará más signo que el del profeta Jonás».
Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo: pues tres días y tres noches estará el Hijo del Hombre en el seno de la tierra.
Cuando juzguen a esta generación, los hombres de Nínive se alzarán y harán que la condenen, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás.
Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que la condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra, para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón (San Mateo 12, 38-42).
COMENTARIO
En la historia de la salvación son múltiples las ocasiones en las que el pueblo pide señales. Por ejemplo a Josué se le exigió que hiciera las mismas señales que Moisés (Jos 1, 16-17) Pablo lo atestigua en 1Cor 1, 22: “los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría”. La petición de escribas y fariseos mostraba su profunda hipocresía: Jesús ya había hecho muchos milagros delante de todos, y lo que ellos buscaban en realidad era desacreditarlo. Jesús no entró en este juego y les anunció la señal del profeta Jonás: Su resurrección. Jonás permaneció tres días con sus noches en el vientre de la ballena y salió vivo Jn 2, 1-11) y Jesús estaría tres días en el seno de la tierra hasta su resurrección. Venció a la muerte. ¿Qué mayor señal? Esa es la señal que necesitamos todos en medio de nuestra muerte cotidiana cuando creemos que no podremos ya recuperarnos ni dejar de sufrir, cuando sentimos ese gran bajonazo que nos impulsa a creer que nuestra vida no tiene sentido.
Cuando Jonás predicó en Nínive, los ninivitas se arrepintieron con humildad, creyeron y fueron perdonados. Los escribas y fariseos, igual que nosotros recibieron la predicación del mismo Jesús, hijo de Dios, y se pasaban la vida analizando racionalmente lo que oían para descubrir errores y contradicciones, como nosotros. Si los ninivitas se alzaran el día de nuestro juicio, nos acusarían y no encontrarían para nosotros perdón posible.
La reina del Sur, posiblemente la de Saba, del Yemen o quizá de Etiopía o Abisinia, según distintas opiniones, se maravilló y reconoció humildemente la sabiduría que Dios había concedido al rey Salomón (1R 10, 1-10). Escribas y fariseos sin hacer un largo viaje, tenían delante sabiduría y enseñanzas muy superiores a las de Salomón, pero no querían verlo. Ellos si que se sentían sabios y como nosotros, en conocimiento de nuestros tiempos modernos, apoyados en la razón, en la ciencia. La predicación del amor, el perdón, la humildad, la esperanza, la docilidad en nuestra vida… nos parece de fundamentalistas y de farsantes y buscamos encontrar contradicciones para desacreditar a los que nos lo anuncian, como hacían con Jesús.
¡Dios mío es cierto, que dureza la de nuestro corazón! Por más señales que haces en nuestras vidas y nosotros en cuanto nos van mal dadas, cuántas dudas, cuantas quejas, cuantos reproches…
¡Que religiosidad infantil tenemos tantas veces! ¡Nos gustan tanto las magias, los milagros y las supercherías! Queremos usarte como el genio de la lámpara de Aladino puesto a nuestro servicio.
Somos profundamente paganos, desagradecidos, infieles.
Que paciencia tienes con nosotros que sigues molestándote en darnos otro toque de atención. Nos rodeas con tu Palabra y nos indicas el camino de la vida.
Gracias Señor, … “recuerda y no rompas tu Alianza con nosotros” (Jr 14, 21b).
