Entró en el Templo y comenzó a echar fuera a los que vendían, diciéndoles: «Está escrito: Mi casa es casa de oración. ¡Pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos!» Enseñaba todos los días en el Templo. Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y también los notables del pueblo buscaban matarle, pero no encontraban modo de hacerlo, porque todo el pueblo le oía pendiente de sus labios (San Lucas 19, 45-48).
COMENTARIO
En este Evangelio, vemos a Jesús visitar el Templo muy diversamente a como lo hace en otras ocasiones, mostrando un celo (Sal 69, 10) y una autoridad muy particular, que perciben los judíos en Jesús y que no quieren reconocerle. El Señor viene a la casa de su Padre, a su casa, con autoridad; es el día de su “visita”; se hace presente el juicio empezando desde la casa de Dios; Se ha agotado el tiempo del Templo, y de la higuera, como se agotará el tiempo de toda la creación incluida la humanidad misma. Es el Señor quien visita, y hay que rendir cuentas, y presentar fruto; es el tiempo del juicio; ya no es tiempo de higos, de sentarse bajo la parra y la higuera, ni volverá a serlo jamás.
Ya el profeta Malaquías lo había anunciado cuando dijo: “Voy a enviar a mi mensajero a allanar el camino delante de mí, y en seguida vendrá a su templo el Señor a quien vosotros buscáis; ¿Quién podrá soportar el Día de su venida? ¿Quién se tendrá en pie cuando aparezca? Porque será como fuego de fundidor y lejía de lavandero. Se sentará para fundir y purgar. Purificará a los hijos de Leví y los acrisolará como el oro y la plata; (cf. Ml 3, 1-3).
Con Cristo, el templo y la presencia de Dios pasan de la figura a la realidad: Dios está con nosotros en Cristo, y su cuerpo, verdadero templo, hace presente a Dios en el mundo, también a través de sus miembros, en la Iglesia, en quienes habita el Espíritu Santo por la fe en Cristo.
Este verdadero templo, se fundamenta por la predicación del Evangelio de Cristo, se edifica por la caridad y los sacramentos, y se destruye por el pecado. Cuando se profana por la idolatría, se enciende la ira del Señor, que viene a purificarlo porque “le devora el celo por su casa”: “Quien resistirá el día de su venida”, como dijo Malaquías.
De la misma manera en el nuevo templo del corazón del hombre, se hará presente el celo del Señor por su casa, para purificarlo de toda idolatría y poder hacer en él su morada.

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