“Dijo Jesús a sus discípulos: “Todo aquel que se declare por mi ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios, pero si uno me niega ante los hombres, será negado ante los ángeles de Dios. Todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre podrá ser perdonado, pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará. Cuando os conduzcan a las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con que razones os defenderéis o de lo que vais a decir, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir” (San Lucas 12, 8-12).
COMENTARIO
Terribles palabras las de Jesús en esta admonición que hace a sus discípulos sobre la necesidad de dar testimonio “sincero, valiente y público” de Dios ante los hombres. En otras muchas ocasiones, los evangelios contienen estas claves para la salvación del hombre que, básicamente, se refieren a la necesidad ineludible de reconocer a Jesús como enviado del Padre: “Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”. Pero ahora se establece una consecuencia directa entre el reconocimiento o la negación de Jesús ante los hombres, que se traducirá en ese mismo reconocimiento o en esa misma negación ante los “ángeles de Dios”.
Y aunque Jesús nos advierte de que este pecado contra él puede ser perdonado con un arrepentimiento sincero, no obstante, nos previene, que si se blasfema contra el Espíritu Santo, ese pecado no se perdonará. Así se trasluce de la maldición que pronunció el Señor por boca de Jeremías por las afrentas que se vertían contra sus augurios por aquellos que le preguntaban burlones al profeta sin apenas poder contener las risas: “¿Cuál es la carga del Señor que nos traes hoy? “. Y el Señor les contestó: “La carga sois vosotros y voy a dejaros caer, y si seguís hablando y pervertís la palabra del Dios vivo, siendo así que os prohibí pronunciar esa frase, descargaré sobre vosotros una afrenta y una vergüenza eterna que jamás será olvidada” (Jeremías 23). Así la burla contra el Espíritu Santo que hablaba por la boca del profeta elegido por Dios nunca será perdonada, tal como nos lo anuncia ahora Jesús, ni en el cielo, ni en la tierra, ni en esta vida, ni en la otra.
Teológicamente se entiende que dentro del misterio de la omnipotencia divina, todos los pecados pueden ser perdonados por Dios, aunque es lo cierto, que en este caso, “nada puede cerrar la omnipotencia y misericordia divinas que estos pecados contra el Espíritu de Dios”, que Santo Tomas concreta del modo siguiente:
- Lo que nos hace desconfiar de la misericordia de Dios: La desesperación y la presunción.
- Lo que nos hace enemigos de los dones divinos: el rechazo de la verdad o la tristeza por la acción de la gracia en los demás.
- Lo que nos impide salir del pecado: La impenitencia y la obstinación en el mal.

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