Cuando a los pocos días entró Jesús en Cafarnaúm, se supo que estaba en casa.
Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Y les proponía la palabra.
Y vinieron trayéndole un paralítico llevado entre cuatro y, como no podían presentárselo por el gentío, levantaron la techumbre encima de donde él estaba, abrieron un boquete y descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dice al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados».
Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: «¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo uno, Dios?».
Jesús se dio cuenta enseguida de lo que pensaban y les dijo: «¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: “Tus pecados te son perdonados” o decir: “¿Levántate, coge la camilla y echa a andar?”
Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados -dice al paralítico-: “Te digo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa”».
Se levantó, cogió inmediatamente la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: «Nunca hemos visto una cosa igual» (San Marcos 2, 1-12).
COMENTARIO
Esta parábola del Señor es recogida en el Catecismo de la Iglesia católica, en el número 1421 que dice así: “El Señor Jesucristo, médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos, que perdonó los pecados al paralítico y le devolvió la salud del cuerpo, quiso que su Iglesia continuase, con la fuerza del Espíritu Santo, su obra de curación y de salvación, incluso en sus propios miembros. Ésta es la finalidad de los dos sacramentos de curación: del sacramento de la Penitencia y de la Unción de los enfermos”.
Adentrémonos como un personaje más en la parábola y revivamos lo que allí ocurre, no como mero espectador, sino procurando acercarnos a los sentimientos de nuestro Salvador. Veremos su poder que se manifiesta no sólo en la curación del cuerpo del enfermo paralítico, sino también en el perdón de los pecados. Veremos como penetra y descubre los pensamientos de los escribas. Es admirable además comprobar la fe con obras de los amigos capaces de llenarse de audacia para vencer los obstáculos que se le presentan. Y la consecuencia de todo: Dios salva y salva porque nos ama.
Jesús permanece; nos ha dejado la Iglesia en la que sigue dándonos y dándose. Qué bien lo refleja el párrafo del Catecismo que hemos citado; nos invita a recibir los Sacramentos de la Confesión y de la Unción de Enfermos.
En este tiempo, algo incontrolable motivado por la pandemia, agradezcamos a Jesucristo, y a su Iglesia estas posibilidades reales de esperanza cierta. Como los amigos del paralítico y como los que estaban cercanos en este pasaje del Evangelio, queramos estar más cerca de Jesús lavando nuestras miserias, venciendo respetos humanos, comprobaremos que también se reflejará en la salud corporal.

4 comentarios
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