En aquel tiempo, cuando Jesús y los tres discípulos bajaron de la montaña, al llegar adonde estaban los demás discípulos, vieron mucha gente alrededor, y a unos escribas discutiendo con ellos. Al ver a Jesús, la gente se sorprendió, y corrió a saludarlo.
Él les preguntó: «¿De qué discutís?» Uno le contestó: «Maestro, te he traído a mi hijo; tiene un espíritu que no le deja hablar y, cuando lo agarra, lo tira al suelo, echa espumarajos, rechina los dientes y se queda tieso. He pedido a tus discípulos que lo echen, y no han sido capaces».
Él les contestó: «¡Generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Traédmelo».
Se lo llevaron. El espíritu, en cuanto vio a Jesús, retorció al niño; cayó por tierra y se revolcaba, echando espumarajos.
Jesús preguntó al padre: «¿Cuánto tiempo hace que le pasa esto?». Contestó él: «Desde pequeño. Y muchas veces hasta lo ha echado al fuego y al agua, para acabar con él. Si algo puedes, ten lástima de nosotros y ayúdanos».
Jesús replicó: «¿Si puedo? Todo es posible al que tiene fe.»
Entonces el padre del muchacho gritó: «Tengo fe, pero dudo; ayúdame».
Jesús, al ver que acudía gente, increpó al espíritu inmundo, diciendo: «Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando: Vete y no vuelvas a entrar en él».
Gritando y sacudiéndolo violentamente, salió. El niño se quedó como un cadáver, de modo que la multitud decía que estaba muerto. Pero Jesús lo levantó, cogiéndolo de la mano, y el niño se puso en pie.
Al entrar en casa, sus discípulos le preguntaron a solas: «¿Por qué no pudimos echarlo nosotros?»
Él les respondió: «Esta especie sólo puede salir con oración y ayuno» (San Marcos 9,14-29).
COMENTARIO
Confieso humildemente que, los episodios evangélicos donde se nos muestra la intervención de los demonios o espíritus malignos, me resultan difíciles de interpretar desde mi ignorancia teológica. Por eso busco ayuda en el libro sobre el evangelio de San Marcos, “A vino nuevo odres nuevos”, de Andrés Manrique, (q.e.p.d.), Doctor en “Sciences religieuses” por la Universidad de Estrasburgo.
Las autorizadas palabras de Manrique nos aclaran que, ya en otra ocasión, se presentan a Jesús los afectados por lo que el pueblo llamaba endemoniados, y los mismos apóstoles reconocen como “endemoniados, epilépticos, lunáticos”, enfermos cerebrales, nerviosos o mentales, sin posible curación con los conocimientos y medios existentes en aquél tiempo. Cualquier médico identifica los aparatosos síntomas de la epilepsia, descritos aquí con todo detalle.
“Nos interesa, dice Manrique, el sentido que debe darse a la escena. Esta curación se transforma en realidad en la expulsión de un demonio que sale de él y al instante queda curado. Cuando Jesús curaba a los enfermos o los libraba de los espíritus malignos, no solo producía un efecto sanador en ellos, sino que los liberaba del pecado y del mal que se encuentran en el origen de la enfermedad”. Sin culpabilidad del que lo padece, todo mal y enfermedad tiene principio en el pecado original, por la tentación del diablo.
Jesús, además de curarlos, los sacaba de su cualidad de marginados por la sociedad y les devolvía su dignidad de hijos de Dios. El espíritu de Jesús viene con su fuerza a mostrar el poder de Dios sobre todo mal, que oprime al ser humano. El muchacho es liberado, pero queda como muerto; Jesús le toma de la mano y lo levanta, como a la hija de Jairo y a la suegra de Pedro. “La mano del Señor les vuelve a la vida, porque aquí el muchacho estaba muerto para la comunidad religiosa y para la comunidad judía. “Esto tiene que ser un empeño en la obra caritativa, además del alimento o el remedio urgente, es necesario poner en pie al necesitado, al marginado, y devolverle su dignidad de hermano nuestro.
“Jesús da el golpe de gracia a todo aquello que estaba entonces relacionado con el pecado y el demonio, y se oponía al establecimiento del reino de Dios”, y, nos recuerda Manrique que, en este momento Jesús bajaba del monte Tabor, donde ha tenido lugar su transfiguración. El resto de los apóstoles, rodeados de una multitud, soportaban los ataques de los doctores de la ley, que les consideraban impotentes para curar “un mal, que era la voluntad de Yahvé”.
Es muy interesante resaltar cómo el Señor ha mostrado ante el hecho una marcada decepción y disgusto: “¡Oh generación incrédula!” Son palabras duras: “¡Hasta cuando habré de soportaros!” Los apóstoles que ya en otras ocasiones han expulsado espíritus, y el padre del epiléptico, muestran fe, pero inmersos en un ambiente de dureza de corazón, su fe es débil. Para nosotros, la perla del relato es la petición del padre del niño: “Creo Señor pero aumenta mi fe”, que nos deja claro que la fe necesita la continua ayuda de la gracia, humildemente pedida a Dios. “La fe es la apertura incondicional al obrar de Dios. El mismo Jesús, para darnos ejemplo, antes de realizar cualquier curación o milagro, acudía a la oración.” Marcos, más que la espectacular curación del epiléptico, ha querido resaltar la fuerza de la fe y la oración.

4 comentarios
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