Un buen amigo comentaba. En la empresa –una importante transnacional- comenzamos “celebrando” un día al año el “Gay Pride”. Ese día se decoraban las oficinas con la típica bandera multicolor, se repartían pines alusivos, se proyectaba alguna película a la que se podía asistir durante las horas laborales. Después pasó a ser la “semana del orgullo gay”, y actualmente estamos en “el mes del orgullo gay”, solo nos falta “vivir en el orgullo gay”. Observaba también dos detalles. A muchos compañeros no les agrada esa publicidad agresiva de un exclusivo grupo social (no hay día del negro, ni del pobre, etc.), pero se cuidan mucho de decir absolutamente nada. Tienen miedo a las consecuencias. Otros, por el contrario, felizmente se suben a la nave, pero no porque les preocupen en absoluto los reclamos del colectivo LGTB, sino por arribistas, para aparecer en la foto, para obtener algún tipo de beneficio, sea económico, de posición, o simplemente poder demostrar en su CV que son “gay friendly”.
Curiosamente en esa empresa, y en muchas otras, gigantes de la economía mundial, está prohibido hacer cualquier tipo de proselitismo religioso o político dentro de las instalaciones. Algunas de ellas tienen buenas políticas de ayuda social, pero también tienen expresamente prohibido apoyar a iniciativas de índole religiosa, o impulsadas por religiosos. Es decir, no pueden ayudar a un hospital para enfermos de sida en África si este es dirigido por religiosas, no apoyan a ninguna iniciativa de las Misioneras de la Caridad, por ejemplo, no porque no sea buena, sino porque la obra buena es hecha por ellas. Ningún reparo, más bien todo lo contrario, tienen en apoyar iniciativas del LGTB, y de hecho lo hacen con bombo y platillo.
Otro amigo comentaba que en su empresa el director envió un correo a todos los trabajadores, en el que se felicitaba a quienes pertenecieran al LGTB, recordando que eran bienvenidos en la empresa y que se prohibía cualquier discriminación. A los empleados les chocó el correo, primero porque los que eran de alguna de esas orientaciones sexuales, más bien pocos, eran conocidos y nadie les hacía ninguna ofensa. A los mismos interesados les incomodó incluso ser el centro de la atención, pues no tienen interés en poner los reflectores en su orientación sexual (su vida privada, al fin y al cabo), en todo caso buscan destacar por su trabajo, y no por cualificaciones extrañas al mismo. Entendieron que el jefe quería “pasar el control de calidad” y poder colocar en su CV que es “gay friendly”. Nadie manifestó inconformidad, y algunos reconocían que tenían miedo a las represalias.
Hace unos años un banco se sumó a la campaña LGTB. Hubo un gran rechazo en un sector importante de la población. Al año entrante ya no era una, sino muchas las empresas que aprovechaban “el mes gay” para sumarse a la campaña LGTB. ¿Convicción, conveniencia o miedo? No se sabe, pero lo cierto es que desde hamburguesas, frituras, bancos, etcétera, todos coinciden en lo mismo. ¿Se busca pasar un checklist?, es decir, cumplir una especie de estándar ideológico, ser considerada una “empresa inclusiva”, para evitarse problemas. ¿Por qué los problemas? Porque cada vez resulta más claro que para el LGTB si no estás conmigo, estás contra mí. No se aceptan disidencias (pregúntenle a Kalimba).
La presión se hace más fuerte en los medios y en las redes sociales. Un importante diario del país, todos los días de la semana ha publicado artículos defendiendo este tipo de posturas. Es decir, nos dicta lo que debemos de pensar y cómo tenemos que hacerlo. En las redes sociales sucede otro tanto. El Papa comentó que los católicos deberíamos pedir perdón a los homosexuales por las veces en que los hayamos discriminado. Un buen amigo se preguntaba en su Facebook si el colectivo LGTB no debería pedir perdón a los católicos por las veces en las que agresivamente se habían manifestado en contra. Citaba, como ejemplo, el intento de incendiar la catedral de Buenos Aires, un arzobispo al que le arrojaron huevos, manifestaciones con mujeres semidesnudas usando de modo blasfemo crucifijos. Su publicación fue censurada del Facebook. Una vez más, no se admiten disidentes. El miedo no perdona ni a las redes sociales. ¿No se parece esto demasiado a una dictadora donde se impone un modo único de pensar?
Mario Arroyo
Doctor en Filosofía
p.marioa@gmail.com

5 comentarios
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