La búsqueda de la Verdad y su defensa; en tan pocas palabras podría condensarse la razón de su vida. Jérôme Lejeune, el insigne científico, el entrañable padre de familia, el gran amigo, el apasionado defensor de la vida, el cristiano comprometido que edificó toda su existencia sobre la roca firme de la fe buscó, incansable, la Verdad en todas y cada una de las facetas de su vida. Y por la Verdad pagó cuanto se le exigiera, perdió reconocimientos, premios, prestigios mundanos, seguridades materiales y todo aquello por lo que, en nuestra debilidad humana, ponemos un precio a nuestra alma. La vida de este hombre extraordinario fue expresión permanente de fidelidad a los valores más elevados y desde el servicio a ellos, sirvió a la humanidad.
Jérôme Lejeune nace el 13 de junio de 1926 en Montrouge, Hauts de Seine, al Sur de París, en el seno de una familia católica, en la que sería el segundo de tres hermanos. Su madre, músico, le descubrirá desde su infancia el valor del arte, que el propio Jérôme llegará a describir como “la mayor expresión de la creación humana”. Su padre, al que le unirá un hondísimo afecto, trabajaba como director de una pequeña empresa familiar que quedaría arruinada por la Segunda Guerra Mundial.
A la edad de trece años, mientras Jérôme estudiaba el bachillerato en el colegio católico Stanislas de París, descubre la obra de Honoré de Balzac, “El médico rural”, cuyo protagonista, un médico de excepcional bondad que realiza una valiosa labor humanitaria en su región, despierta una profunda admiración en el joven. La semilla que este personaje literario siembra en su corazón germinará y se convertirá en una vocación firme y sólida. Así, finalizada la guerra, se dedica con entusiasmo a sus estudios de medicina en la “Ecole de Medecine” de París en el deseo de convertirse en médico de alguna pequeña aldea en el campo. Es también durante estos años cuando conocerá al gran amor de su vida, Birthe Bringsted, la joven danesa estudiante de francés con quien coincide en la biblioteca Sainte Geneviève de París y cuya mano tomará para siempre. Aquel día, en aquella biblioteca, Birthe necesitaba una pluma y Jérôme le dejó la suya. Ese fue el comienzo de una historia de amor que escribirán juntos durante el resto de sus vidas.
El 15 de junio de 1951 defiende con éxito su tesis doctoral graduándose en Medicina y Cirugía. Ese mismo día, el profesor Raymond Turpin, director del departamento de Pediatría del hospital Saint Louis de París le ofrece colaborar en un importante proyecto de investigación sobre el llamado “mongolismo” o síndrome de Down, enfermedad que afectaba entonces a uno de cada seiscientos cincuenta niños. Jérôme acepta el ofrecimiento iniciando un camino que, si bien le aparta de su vocación rural, le conducirá a las más altas cimas de lo científico y lo humano. Pero eso aún no lo sabe.
como la estrella polar
El 1 de mayo de 1952 contrae matrimonio en la ciudad danesa de Odense con Birthe. Él, que soñaba casarse con una joven alta y rubia llamada Dominique, entregaba así públicamente su corazón a una chica menuda de grandes ojos negros y aire esquimal, con una melena tan oscura que despedía reflejos azulados. El amor de los dos saltará todos los obstáculos que el camino les presente. Y así sucede ya desde el comienzo, pues la familia de Jérôme mira con recelo a esta joven extranjera sin una “educación adecuada”, pues carece de estudios universitarios, y protestante. Birthe, convertida al catolicismo, permanecerá desde aquel día a la sombra de su marido, a quien reconoce como un hombre excepcional, y al cuidado de los hijos con los que Dios bendecirá su unión.
“Detrás de todo gran hombre hay una gran mujer” y Birthe será el pilar sólido que sustenta una familia en cuya construcción y protección ella fragua su felicidad. Cuando Jéròme se convierta en un prestigioso científico obligado por sus responsabilidades profesionales a viajar al extranjero, escribirá a Birthe todos los días. Aquella pluma, motivo del primer encuentro en la biblioteca de París, los seguirá uniendo en la distancia. Juntos vivirán momentos de gran júbilo y momentos de adversidad, como aquellos en los que Jérôme será públicamente humillado y apartado a causa de su compromiso humano y cristiano. Pero cuando lleguen las afrentas, las dificultades económicas y los amigos desaparezcan, Birthe, de espíritu luchador y gran optimismo, relumbrará como la estrella polar que asegura la travesía de su familia.
Pero todo eso llegará con el paso de los años, y a todo eso es a lo que Birthe y Jérôme, aun sin saberlo, dicen “sí” aquel día de mayo en la iglesia católica de Odense.
En sus primeros veranos juntos, la joven pareja se traslada a Cher, en la región Centro francesa, donde Jérôme trabaja como médico rural. El contacto con sus pacientes en ese ámbito humilde y sencillo le ayuda a profundizar en el alma humana. Sus conocimientos médicos se enriquecen con el conocimiento de la vida y del corazón de los hombres. Años más tarde, él mismo escribirá: “Nuestra inteligencia no es únicamente una maquinaria abstracta: también ella está encarnada. Y el corazón no es menos que la razón; o mejor dicho: la razón no es nada sin el corazón”.
hermanados en el dolor
Durante el resto del año, Jérôme se encuentra realizando su residencia en pediatría junto al profesor Turpin, de cuyo equipo forma parte como investigador del Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS). En 1954 es nombrado miembro de la Sociedad Francesa de Genética. Tres años más tarde, en 1957, es elegido representante del gobierno francés en el Comité Científico de la ONU como “experto sobre los efectos de las radiaciones atómicas en genética humana”. En ese momento, y debido a las explosiones de Hiroshima y Nagasaki, el efecto de las radiaciones nucleares sobre la reproducción humana alcanza sus expresiones más visibles. El profesor Turpin orienta a su equipo hacia ese campo y Jérôme representará a su país en esta organización internacional.
Para entonces son ya tres los hijos que dan felicidad al matrimonio. Sin embargo, la vida obligará a Jérôme a enfrentarse con un episodio dolorosamente aleccionador para él, la agonía y muerte de su querido padre. Si todo hijo se resiste a perder a un ser tan querido y hace lo imposible por retrasar la marcha implacable de la muerte, cuánto más un médico que parecería disponer de todos los conocimientos para lograrlo. Sin embargo, Jérôme pronto asume lo evidente: el cáncer de pulmón que padece su padre es incurable. En un diario recoge, día a día, los últimos instantes de la vida que inexorablemente se extingue ante sus ojos apenados. Un tiempo más tarde confesará: “Fue una prueba atroz, pero agradezco infinitamente haber conocido un dolor tan puro y vivificador (…) El modo admirable, sereno y cristiano con que mi padre aguardó la muerte sin soltarme de la mano fue una lección, aunque cruel, inolvidable y maravillosa”.
Esta experiencia dota a Jérôme de una mirada más profunda. El dolor vivido le hermanará de por vida con cada uno de sus pacientes, en los que reconocerá al propio Cristo. Integrar su dolor y dotarlo de sentido le permite crecer humanamente. El profesor Lejeune será un gran médico de hombres y un gran médico de almas.
Pero, retomando su vida de investigador, estos años también serán clave en sus hallazgos científicos. Siguiendo los consejos del profesor Turpin respecto a sus estudios sobre los niños “mongólicos”, centra su investigación en los dermatoglifos palmares, los dibujos que los relieves de la piel forman en la yema de nuestros dedos, en la palma de las manos y en la planta de los pies. Estos relieves se definen durante la vida fetal y ya al cuarto mes de gestación están configurados. Jérôme observa alteraciones en los dermatoglifos de los niños afectados por el síndrome de Down, de lo cual deduce que el síndrome se inicia precozmente, durante el desarrollo embrionario.
desmontando prejuicios
Pero, ¿qué se conocía hasta ese momento de la enfermedad? ¿Por qué recibía ese nombre? El síndrome de Down es una enfermedad congénita, es decir, manifiesta desde el nacimiento que, aunque conocida desde hacía siglos, se describe por primera vez en 1846. Será un joven médico francés, Édouard Seguin, dedicado a las discapacidades mentales, quien detalle sus síntomas. Veinte años después el médico inglés John Langdon Down, interesado en la clasificación de las discapacidades mentales congénitas, publica un estudio en el que describe minuciosamente los síntomas del síndrome que recibiría su nombre, síndrome de Down, y al que él se refiere como “mongolismo” debido a la similitud que presentaban los caracteres faciales de los afectados con los de los pueblos mongoles.
En el ambiente intelectual inglés de finales del siglo XIX esta denominación destila cierto racismo, pues Darwin había publicado apenas siete años antes “El origen de las especies” y comenzaban a difundirse las ideas del evolucionismo biológico, según las cuales se consideraba a la raza blanca como la más evolucionada y a los mongoles como una raza primitiva. Por tanto, las personas afectadas por el síndrome de Down constituirían un estadio menos evolucionado del género humano.
Tratando de vislumbrar el origen de la enfermedad, Down pensó que esta, lejos de adquirirse tras el nacimiento, se debía a enfermedades infecciosas de los padres tales como tuberculosis o procesos venéreos. Tendrán que transcurrir casi cien años antes de que se descubra la auténtica causa del síndrome y será el profesor Lejeune, quien, en una aportación crucial para la ciencia, lo haga.
