«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”». (Lc 12, 49-53).
Dios es fuego devorador, así termina la Carta a los Hebreos (12, 29). Dios es definido como fuego, el fuego primordial cuya llama arde y no se consume desde toda la eternidad. La Vigilia Pascual comienza, siempre, con el rito de la bendición del fuego. El Papa emérito, Benedicto XVI, en su homilía pascual del año 2008, hacía, precisamente, referencia a este rito con estas palabras: “San Gregorio de Tours, en el siglo IV, narra la costumbre, que se ha mantenido durante mucho tiempo en ciertas partes, de tomar el fuego nuevo para la celebración de la Vigilia Pascual directamente del sol a través de un cristal: así se recibía la luz y el fuego nuevamente del cielo para encender luego todas las luces y fuegos del año. Se trata de un símbolo de lo que celebramos en la Vigilia Pascual. Con la radicalidad des u amor, en el corazón de Dios y el corazón del hombre se han entrelazado, Jesucristo ha tomado verdaderamente la luz del cielo y la ha traído a la tierra: la luz de la verdad y el fuego del amor que transforma al hombre. Él ha traído la luz, y ahora sabemos quién es Dios y cómo es Dios. Así también sabemos cómo están las cosas con respecto al hombre; qué somos y para qué existimos. Ser bautizados significa que el fuego de esta luz ha penetrado hasta lo más íntimo de nosotros mismos. Por esto, en la Iglesia antigua, al bautismo se le llamaba también el sacramento de la iluminación: la luz de Dios entra en nosotros; así nos convertimos nosotros mismos en hijos de la luz”.
Este fuego divino lo ha traído Jesucristo a la tierra y prende en el corazón de todo hombre que acoge con simplicidad y verdad su Palabra. Este fuego, que es el mismo amor del Padre al Hijo en el Espíritu Santo, cuando es acogido en el corazón nos hace participara de la misma llama divina que arde permanentemente y no se consume, porque el Amor no se termina, se expande siempre.
El fuego es una fuerza que forja el mundo, un poder que transforma. Solo el Amor hace nuevas las cosas, cada día, en cada momento. El fuego da calor. También en esto se hace nuevamente visible el misterio de Cristo. Cristo, la luz, es fuego, es llama que destruye el mal, transformando así al mundo y a nosotros mismos. Como reza una palabra de Jesús que nos ha llegado a través de Orígenes: “Quien está cerca mí, está cerca del fuego”. Y este fuego es al mismo tiempo calor. No una luz fría, sino una luz en la que salen a nuestro encuentro el calor y la bondad de Dios.
El fuego del Amor divino, “ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom 5, 5). El fuego, como nos ha recordado el Catecismo de la Iglesia Católica es un símbolo del Espíritu Santo. He aquí una magnífica síntesis de este símbolo bíblico: el fuego. Mientras que el agua significaba el nacimiento y la fecundidad de la vida dada en el Espíritu Santo, el fuego simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu Santo. El profeta Elías que «surgió […] como el fuego y cuya palabra abrasaba como antorcha» (Si 48, 1), con su oración, atrajo el fuego del cielo sobre el sacrificio del monte Carmelo (cf. 1 R 18,38-39), figura del fuego del Espíritu Santo que transforma lo que toca. Juan Bautista, «que precede al Señor con el espíritu y el poder de Elías» (Lc 1,17), anuncia a Cristo como el que «bautizará en el Espíritu Santo y el fuego» (Lc 3,16), Espíritu del cual Jesús dirá: «He venido a traer fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviese encendido!» (Lc 12,49). En forma de lenguas «como de fuego» se posó el Espíritu Santo sobre los discípulos la mañana de Pentecostés y los llenó de él (Hch 2,3-4).
La tradición espiritual conservará este simbolismo del fuego como uno de los más expresivos de la acción del Espíritu Santo (cf. San Juan de la Cruz, Llama de amor viva). «No extingáis el Espíritu»(1 Ts 5, 19)” (nº 696).
Juan José Calles

4 comentarios
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