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Evangelio

​La grandeza no se mide por el poder

By BuenaNueva27 de febrero de 2013Actualizado:27 de febrero de 2013No hay comentarios6 Mins de lectura
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«En aquel tiempo, mientras iba subiendo Jesús a Jerusalén, tomando aparte a los Doce, les dijo por el camino: “Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará”. Entonces se le acercó la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: “¿Qué deseas?”. Ella contestó: “Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda”. Pero Jesús replicó: “No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?”. Contestaron: “Lo somos”. Él les dijo: “Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a n-ú izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre”. Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, reuniéndolos, les dijo: “Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos”». (Mt 20, 17-28)


Tenemos en este evangelio tres sabrosos puntos de meditación. El primero es este momento en que Jesús por vez primera habla muy claro sobre su pasión, cuando está próxima la fecha de su muerte. “Me entregarán a los sumos sacerdotes y a los escribas”, los fieles guardadores de la ley, misión encomendada a ellos durante siglos por la inspiración de Dios a los profetas; Jesús toma sobre sí todos los dolores y pecados de los hombres; la persecución de aquellos que debieran ser sus valedores y tienen la osadía de condenarlo.

Más tarde, muchos grandes santos sufren la incomprensión y la condena de la Iglesia —institución. Sigue Jesús describiendo el sufrimiento de ser entregado a los gentiles, los no creyentes, para que se burlen de él y le sometan al cruel castigo y las humillaciones hasta la muerte en la cruz. Doble humillación para un buen judío, cuánto más para el mismo hijo de Dios. Su alma dolorida se abre a sus discípulos y amigos, pero parece que ellos no acaban de comprender; no señala el evangelista ningún comentario ni pregunta horrorizada ante la descripción de la tragedia que va a tener lugar en los próximos días, quizá les parece, como a Pedro en otra ocasión, imposible que vaya a pasar esto porque creen en Él y esperan que sea el rey de los judíos. Tampoco comentan ni se extrañan de la promesa de la resurrección. ¡Qué solo debió sentirse Jesús! Nosotros también olvidamos en nuestra relación con el Señor las obligaciones del amor: el consuelo en su pasión, el regalo de la oración, la caricia de la alabanza. Estamos entregados a la febril tarea de rogar y pedir, excesivamente.

El segundo punto de meditación nos lo da la postura de los apóstoles tan parecida a la nuestra: Ellos estaban en otra cosa, como nosotros, en sus ambiciones, en sus pequeñeces. El pasaje muestra cómo dos de ellos, el discípulo amado y su hermano, andaban haciendo a sus espaldas cálculos sobre el poder que podrían conseguir sentados en el reino, que seguramente suponían terrenal, uno a la derecha y otro a la izquierda. Hoy, muchos que dicen ser cristianos, ambicionan el poder por encima de todo. Mateo pone la petición en boca de su madre. Ella con una corta visión humana se equivoca: la auténtica felicidad de sus hijos es ser amigos del Señor, testigos de su presencia, escogidos para la gran misión de extender la buena nueva por el mundo. Jesús no se enfada, se encuentra frecuentemente con este muro de la incomprensión de los suyos: “No sabéis lo que pedís”.

Tampoco comprendemos a veces, lo que es ser seguidores suyos. “¿Podéis beber el cáliz que yo beberé?”, y la pareja, temperamentales y valientes, contesta: “Sí podemos”, comprometiéndose, sin saberlo, a la incomprensión, la persecución y quizá al martirio. Su ambición de poder se borra con este acto de confianza plena en su Maestro, al que después dan pruebas de saber servir hasta la muerte. Cuando nos ponemos confiadamente en manos de Dios y nos arriesgamos a decir “haz tu voluntad,” tampoco sabemos qué podrá enviarnos, quizá algo malo según nuestros baremos, pero seguro lo mejor viniendo de Él.

Y el tercer punto de reflexión nos lo da la enseñanza de Jesús, que reuniéndolos les previene contra las ansias del poder que tiraniza. “No será así entre vosotros” y deja clara nuestra obligación de servicio humilde. “El que quiera ser primero entre vosotros que sea vuestro esclavo”. Pero el pecado original nos arrastra a todos los humanos y es muy difícil de disolver: “Ser como dioses.” Participar del poder sentados a la derecha o a la izquierda, como los apóstoles, mejor aún en el centro como presidente o director de cualquier asociación o trabajo humano, para sentirse por encima de los otros. Presumir de tener un buen puesto con un gran despacho, de ser influyente, tener muchos subordinados para infundir respeto, miedo, e imponerles sus criterios, sus caprichos e incluso sus sucios intereses. Y esto hacían los sumos sacerdotes, inflados por la supuesta cercanía a Dios, con sus cargos de guías espirituales.

Si hay un pecado que debemos temer los creyentes es la soberbia espiritual: “Nosotros los buenos, los que conocemos la escritura, los que frecuentamos la iglesia…” El poder espiritual es especialmente perverso ante los ojos del Señor, como muestra la parábola del fariseo y el publicano. En la vida de piedad y en la inflamada tarea de convertir a los demás, se esconde este sibilino deseo de poder: imponer, conducir, dirigir al otro que es menos que yo, porque no tiene esta cercanía de Dios. ¿Cómo vamos a enseñar ni aconsejar, cómo comunicar el manso mensaje de la buena nueva, si nos creemos mejores y por ello superiores? Imposible tarea sin humildad.

Mª Nieves Díez Taboada

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