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BuenaNueva 38

El amor nació en Navidad

By BuenaNueva31 de diciembre de 2012No hay comentarios6 Mins de lectura
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Solo abiertos al soplo del Espíritu de Verdad, que es el mismo Dios, podrá generarse en nuestras conciencias una revolución, un cambio de mentalidad que nos permita pasar de la esclavitud y tinieblas en que neciamente malgastamos nuestra existencia, a la luz que vino al mundo para hacernos verdaderamente libres y permitirnos alcanzar esa anhelada plenitud para la que fuimos creados.

Si no permitimos que arda en nuestro interior el Fuego del Espíritu Santo, acogiéndolo con la humildad del que se sabe criatura y destinado a ser uno con el mismo Dios, estaremos irremisiblemente condenados, por propia voluntad, a vivir con el corazón escindido y buscando estérilmente —en las cosas del mundo y en nosotros mismos— una felicidad que nos será siempre esquiva y fuente de continúas frustraciones, dolor e infelicidad.

«Creado por Dios en la justicia, el hombre, sin embargo, por instigación del demonio, en el propio exordio de la historia, abusó de su libertad, levantándose contra Dios y pretendiendo alcanzar su propio fin al margen de Dios». (GS 13)

Ignorante la inmensa mayoría de los acontecimientos históricos que nos han llevado, a creyentes y no creyentes, a vivir como si Dios no existiera. Todos estamos, sin embargo, sometidos como individuos y como sociedad, a los letales efectos de tamaña locura, y ningún poder tienen para evitar sus consecuencias los subterfugios intelectuales, autoengaños emocionales y divertimentos narcotizantes que nos hemos fabricado como auténticos becerros de oro, en los que se consumen inútil y engañosamente nuestras vidas.

«El Señor nuestro Dios es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser» (Mc 12, 29-30)

De igual forma ignorante,  la inmensa mayoría creyente y no creyente de la Palabra de Dios contenida en las Sagradas Escrituras, del riquísimo Magisterio de la Iglesia de Cristo, del poder de los Sacramentos y del inconmensurable valor y efectos sobrenaturales del Santo Sacrificio de la Misa —siquiera de una sola Misa— vivimos unos y otros ciegos a la Verdad y esclavos en un mundo en manos de mediocres como nosotros mismos; que hemos hecho de nuestro propio yo la medida de todas las cosas y el patético horizonte al que destinar el siempre escaso tiempo de nuestras siempre limitadas existencias.

Los años se suceden de manera implacable sin que nos decidamos a percatarnos y asumir nuestra condición de criaturas, para abrir a Dios de par en par las puertas de nuestro entendimiento y hacer de su Voluntad la nuestra, con «temor y temblor» ante la majestad y omnipotencia del Creador. Pero sabedores de que en su Hijo Jesús es ahora Padre nuestro, Padre tuyo, Padre mío.

Las décadas, los años, los días y las horas transcurren. Y a la paciencia y misericordia infinitas de nuestro Padre respondemos una y otra vez, creyentes y no creyentes, con más de lo mismo: un obstinado olvido, indiferencia, tibieza. Cuando no rechazo visceral o ataques continuos a Su Iglesia y a los suyos.

Porque es un hecho que la apostasía de nuestro tiempo ha afectado a creyentes y no creyentes, de distinta forma pero con la misma intensidad. No percibiéndose diferencia alguna entre el católico que acaba de asistir al Santo Sacrificio de la Misa y ha comulgado —permitiendo al mismo Cristo hacer morada en su interior—  del no creyente o indiferente a quien probablemente le cueste menos trabajo creer en la real y misteriosa presencia de la carne y la sangre de Cristo en las especies del pan y del vino, que en sus efectos sobre unos individuos que decimos profesar la fe de la Iglesia y creer en el misterio de la transubstanciación. Pero que, no obstante, actuamos exactamente igual que aquellos que no practican como católicos, o sencillamente viven completamente al margen de la vida de la Iglesia.

Los católicos deberíamos pedir públicamente perdón al mundo por nuestra altísima responsabilidad y culpa de su generalizada apostasía. Porque no se explica cómo habiendo recibido tantos e inmerecidos dones para poder imitar a Cristo con nuestras vidas, seamos por el contrario tan esclavos de las cosas del mundo como cualquier otro. Y tanto al menos como los demás, tan ignorantes de nuestra Iglesia y de los contenidos de la fe que decimos profesar, de la que somos prácticamente incapaces de dar razón a nuestros parientes, amigos y conocidos.

Andan ahora los tiempos revueltos con las cosas del dinero y nos afanamos unos y otros en tratar de resolver el problema no hablando sino sobre el dinero, incapaces de ver más allá de nuestras propias narices. Pero el problema no es el dinero, la economía, la productividad, la inflación ni el PIB; el problema somos todos y cada uno de nosotros, que creyéndonos dueños y señores de nuestras propias vidas, hicimos de la obtención de riqueza, comodidades y placeres, el motor y sentido de nuestra vida, desplazando a Dios del primerísimo lugar que le corresponde. Eso sí, apelando a esa sandez que llaman algunos «moral laica», en un nuevo y vano intento porque las cosas funcionaran como si Dios no existiese.

Intentos que fracasan una y otra vez a lo largo de las vidas de las personas y de las naciones, porque cuando permanecemos cerrados en nuestro orgullo la gracia de Dios no nos alcanza. «Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes” (Sant 4, 6).

La humildad vacía nuestra alma de las vanas y orgullosas pretensiones del propio yo;  nos hace reconocer sinceramente la propia nada y tomar conciencia de la propia indigencia. Es entonces cuando podemos elevarnos por encima de nuestras propias debilidades y miserias y, de la mano de nuestro Señor, alcanzar la tan anhelada paz y felicidad, solo realmente posibles para quienes viven en la plenitud y libertad de los verdaderos hijos de Dios.

Las próximas fiestas navideñas constituyen una extraordinaria oportunidad para liberarnos de la pesada rutina de todos los días y poner nuestra atención  en Belén. Donde la gloria del Verbo eterno, consustancial al Padre y, como Él, eterno, omnipotente, omnisciente, creador del universo, se halla del todo escondida en un niño que desde el primer instante de su vida terrena no solo condivide de lleno todas las debilidades humanas, sino que las experimenta en las condiciones más pobres y despreciadas.

De la contemplación amorosa y callada de Jesús Niño nace fácilmente en nosotros un sentimiento profundo y penetrante de su infinito amor. No solo creemos, sino que experimentamos, en cierto modo, que Dios nos ama. Entonces la voluntad acepta plenamente las enseñanzas de la fe. Las acepta con amor, con todas sus fuerzas, y el alma se entrega con ímpetu incontenible a esa fe en el amor infinito.

Gracias por permitirme recordar y compartir mi profundo deseo de conversión, con la ayuda de la Sagrada Familia, que nos acompañará los próximos días a creyentes y no creyentes, iluminando las tinieblas en que vivimos y transformando nuestros corazones de piedra en corazones de carne.

Felices Navidades,
Antonio Jesús Torres

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