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«Quédate con nosotros»

By Ernesto Juliá Díaz23 de abril de 2025No hay comentarios6 Mins de lectura
Reflexion, evangelio, hoy
Comentario al evangelio de hoy Miercoles
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Aquel mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos setenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».

Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado estos días?»

Él les dijo: «¿Qué?»

Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».

Entonces él les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?»

Y, comenzado por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.

Y se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?»

Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan (San Lucas 34, 13-35).

COMENTARIO

“Aquel mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos”.

En estos dos discípulos estamos reflejados, de alguna manera, todos los cristianos que creemos que Cristo es Dios, y que como hombre murió y Resucitó para redimirnos del pecado y abrirnos las puertas de la Vida Eterna en el Cielo.

El Señor camina a su lado. Comprende el estado de su espíritu, y quiere hablar con ellos para que se les abran los ojos, le descubran en la normalidad de una conversación. Y comienza preguntándoles:

¿Qué conversación es esa que traéis mientras vas de camino?

Se asombran de sus palabras, y se extrañan que les haga una pregunta semejante:

“¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?”

Y después de hablarle de Jesús el Nazareno, le dicen:

“Nosotros esperábamos que Él iba a liberar Israel, pero, con todo esto, estamos en el tercer día desde que esto sucedió”.

Ni siquiera había terminado el tercer día anunciado por Jesús para su Resurrección, y los dos discípulos habían perdido ya la esperanza de su triunfo sobre la muerte.

¡Cuántas veces perdemos también nosotros la esperanza en las promesas del Señor!, y permitimos que en nuestro espíritu entren las sombras de la duda sobre la Vida Eterna, sobre la Divinidad de Cristo, sobre la Gracia de los Sacramentos, sobre el valor de la Oración, sobre la caridad con el prójimo.

“¿No era necesario que el Mesías padeciera y entrara así en su gloria? Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a Él en todas las Escrituras”.

La conversación había comenzado a dar su fruto. El Señor nos da una lección preciosa de cómo hemos de vivir la Catequesis: con Fe en anunciar la palabra de Dios; con Esperanza de que la semilla dará fruto en el corazón de los que la reciben; con Caridad, siendo comprensivos con las dudas que podamos encontrar, y esforzándonos por explicar bien las verdades eternas.

“Llegaron cerca de la aldea adonde iban, y Él simuló que iba a seguir caminando, pero ellos le apremiaron diciéndole: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída”.

Hagámosle siempre esa cariñosa petición al Señor: ¡Quédate con nosotros, Señor!  Petición que mantenemos a lo largo de la jornada cada vez que levantamos los ojos al cielo, al Corazón de Jesús, y le pedimos que nos acompañe en las alegrías, y en las penas, en los momentos de salud y en tiempos de enfermedad, en los instantes de triunfo y en los de aparente fracaso; y así podremos decir con san Pablo: “¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada? (…) Pero en todas estas cosas vencemos con creces gracias a Aquel que nos amó. Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8, 35-39).

Sentados para cenar, al partir el pan “se le abrieron los ojos y lo reconocieron” (…) Y se dijeron el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?” Y levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:” Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”. Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan”.

Pidámosle a la Virgen Santísima que nos alcance la Gracia de descubrir la presencia de su Hijo, Jesucristo, en todos los acontecimientos de nuestra vida; y muy especialmente, al recibirle en la Sagrada Comunión, en la Hostia Santa.

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