En aquel tiempo, Jesús se apareció a los once y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará: el que no crea será condenado.
A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos» (San Marcos 16, 15-18).
COMENTARIO
La Liturgia de la Iglesia nos propone estas palabras de Jesús, y su inequívoco imperativo de anunciar el Evangelio, precedidas -en la primera lectura- de lo ocurrido con Saulo de Tarso, conocido como el apóstol de los gentiles.
Como la palabra «evangelio», de tanto manoseo, ha devenido un tanto inexpresiva, difusa a merced de todo tipo de subjetivismos, doctrinas, interpretaciones y adaptaciones, resulta muy pertinente la colación de la singular figura de San Pablo, y, en concreto, las dos alternativas que se nos ofrecen hoy: la de Hechos 22, 3-16 o bien la de Hechos 9, 1-22. Es de esta última de donde extraigo el mensaje central, y con el que resumo este comentario: «Que Jesús es el Hijo de Dios».
Cuando se rememora y pretende actualizar el mensaje omnicomprensivo – » a toda la creación» – no puede desfigurarse, retorcerse o vaciar el Evangelio. Ya no sirve decir: Anunciar la Buena Noticia… hay que darla efectivamente. Y la noticia es, ni más ni menos, que la inimaginable verdad revelada, desvelada en la persona del nazareno: «Que Jesús es el Hijo de Dios». No basta «evangelizar» para mentalizar de esto o lo otro, desplegar una u otra actividad, planificar no sé qué cuantas líneas pastorales. No. Se trata de comunicar un hecho consumado, como proclamaba el converso Saulo, «Que Jesús es el Hijo de Dios», o redoblando el estupor de su audiencia: «Demostrando que Jesús es el Mesías». (Hch 9 22).
Él mismo, Saulo de Tarso, había experimentado que era verdad lo dicho, en aparición, directamente a los «once» por Jesús: «el que crea y sea bautizado se salvará». Ananías, en Damasco, lo sacó de la ceguera: «Saúl, hermano, recobra la vista». Pero seguidamente lo interpeló: » Y ahora, ¿qué esperas? Levántate, recibe el bautismo, y lava tus pecados invocando su nombre».
Es muy interesante la conjunción y cadencia de la actitud personal «creer», con la objetivación externa; el bautismo se recibe. Jesús lo dice con toda claridad: el que cea y sea bautizado se salvará. Por ese orden.
Y la salvación, viene con el lavar los pecados invocando su nombre. Su Nombre. No hay otro poder para perdonar los pecados. Ni la psicología, ni la tecnología, ni la farmacopea, ni la ciencia, ni la mentalidad general, ni la opinión pública, ni la aceptación social, ni el transhumanismo, ni la inteligencia artificial … Nada y vacío. Sólo el nombre-poder de Jesús es portador de salvación.
Por eso nada nos debe distraer del contenido irreversible del Evangelio: Que Jesús es el Hijo de Dios.
Claro que es difícil creer en Dios; más difícil comprender que tenga un Hijo; y naturalmente imposible aceptar que ese Hijo pueda haber sido Jesús de Nazaret, un crucificado a ojos de todo el pueblo.
Pero exactamente eso es la Buena Noticia; Que Jesús es el Hijo de Dios.
Nada tiene de extraño que Saulo, una vez bautizado, se aplicara y desgastara «Demostrando que Jesús es el Mesías». La promesa hecha a Abraham, que nos ha mantenido vivos y cohesionados por siglos y siglos, está cumplida.
Pero la evidencia no se agotó en y para Saulo de Tarso. Jesús anuncia los efectos reconocibles en los que crean en Él, La Buena Nueva tiene un contraste de autenticidad: «echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.»
Expulsar demonios en su Nombre, por comunicación de su poder, era y es el más asombroso efecto de creer, pro-fe-sar la alegre noticia de que Jesús es el Hijo de Dios. De los innumerable prodigios y milagros que registran los evangelistas, la mayoría son expulsiones de demonios.
Mirando al mundo, las guerras, las injusticias, la pobreza, la discriminación, el abandono, la violencia, etc. es fácil estar de acuerdo con el filósofo ateo Martín Heidegger cuando, asumiendo tantos desastres, decía que solo un dios podía arreglar el mundo. Pues bien, a él y a cuantos participan de su pesimismo antropológico, viene la predicación del converso Pablo y de toda la Iglesia universal. Sí, se ha acreditado que hay un Salvador, que Dios no se ha desentendido del hombre: Que Jesús es el Hijo de Dios, que es el Mesías, y que toda la creación tiene su principio y su fin en Jesucristo. Y el ha dejado su poder en manos de los creyentes en Él. Estos no solo se salvan, sino que trasmiten el poder recibido de Jesús. Por sus frutos los conoceréis.
«Los que crean impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos.»

6 comentarios
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