En aquel tiempo, dijo Jesús a la muchedumbre: «¿Se trae el candil para meterlo debajo del celemín o debajo de la cama, o para ponerlo en el candelero? Si se esconde algo, es para que se descubra; si algo se hace a ocultas, es para que salga a la luz. El que tenga oídos para oír, que oiga.»
Les dijo también: «Atención a lo que estáis oyendo: la medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces. Porque al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene» (San Marcos 4, 21-25).
COMENTARIO
Para acercarnos mínimamente a una correcta interpretación de un símbolo tan recurrente como es “la luz”, creo que lo primero que hay que hacer es ponernos en el contexto histórico y cultural. Hoy encender una luz no encierra gran dificultad. En el peor de los casos basta con pulsar un pequeño artilugio en la pared; y ya, ni eso: unas asombrosas células fotoeléctricas detectan la presencia de alguien y “¡hágase la luz!”. Pero en tiempos de Jesús encender una lámpara era algo que entrañaba bastante más dificultad. De momento la fuente del fuego que prendía la lámpara tenía que ser mantenida con sumo cuidado, casi mimándola. De lo contrario, si se apagaba, volver a obtener el fuego era una ardua tarea. El aceite era costoso; el barro frágil; fabricar la mecha, laborioso…
Me imagino que cuando Jesús hizo la pregunta con que comienza el pasaje de hoy: – “¿Se trae el candil para meterlo debajo del celemín o debajo de la cama, o para ponerlo en el candelero?”, la respuesta inmediata de la audiencia sería algo así como: “- ¡Hombre!, eso es como preguntar de qué color es el caballo blanco de Santiago!”. ¿Encender una lámpara y esconderla debajo de la cama?, ¡Eso no se le ocurre ni al que asó la manteca! Además, ¡que los jergones suelen ser de paja!
Pero si hay un añadido: “El que tenga oídos para oír, que oiga”, es porque algo semejante se estaría haciendo…
Muchas veces he comentado que una parábola, como género literario, no consiste solamente en la utilización de ejemplos didácticos sacados de la vida cotidiana para ser comprendidos de forma sencilla. La parábola no es una fábula. Se corresponde con el vocablo hebreo “másál” (enigma) y contiene, en cuanto género literario, una clave de interpretación que ha de ser descubierta. Normalmente se pierde la profundidad del mensaje aquel que se autoexcluye del relato; la escucha como mero espectador y se limita a concluir: “¡qué bien le vendría esto a fulano!”, o “esto tenía que haberlo escuchado zutano” … (El que tenga oídos para oír, que oiga).
Entonces, volviendo al texto en cuestión, si la luz no está en su sitio, ¿qué es lo que hay en el candelero? Pues echando un primer vistazo y atisbando a los que se han colocado ahí, desde luego que lo primero que se percibe son “pocas luces”. Sí, gente de pocas luces y mucho juicio que, no sé si acercan la lámpara a la paja del jergón, pero sí a la del ojo ajeno para eclipsar la viga en el propio.
Muchas veces tengo la sospecha de que el mundo actual vive bajo el acecho de una “neoinquisición” que juzga lo que promueve y condena lo que fomenta y lo peor, de manera inmisericorde. Los mismos que desde lo alto del candelero hoy lanzan sus soflamas contra los que, según ellos, se merecen estar en la picota para escarnio público, mañana son sorprendidos en su propia contradicción.
“Si se esconde algo, es para que se descubra; si algo se hace a ocultas, es para que salga a la luz.” Y no creo que el Evangelio se refiera a que los trapos sucios salen tarde o temprano. El Evangelio ante todo es eso, Evangelio: Buena Noticia. Se ha escondido algo que ha de ser descubierto. Hay que poner en el candelero lo que debe estar en el candelero: “Lámpara es tu Palabra para mis pies, Luz en mi sendero” (Sal 118). Y, a fin de cuentas, ¿qué contiene La Biblia sino la “Historia de Salvación”: La insistencia del Dios compasivo y misericordioso por amar y perdonar a sus hijos una y otra vez, hasta el culmen de derramar la Sangre de su Hijo en la Cruz para el perdón de los pecados.
Si el perdón de los pecados no existe, la única solución que cabe para justificar una culpa es el “y tú más”, la necesidad de crear un “chivo expiatorio”.
En los evangelios, la única vez en la que aparece Jesús plasmando su palabra de forma gráfica lo hace escribiendo a la altura de los pies, en el suelo, en el polvo, forzando a mirar la realidad de cada cual, para declarar asertivamente “el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra” (Cf. Jn. 8, 1-11). Así que, por si acaso lo de usar la misma medida y con creces va en serio, prefiero hacer lo que, cuando era niño, veía hacer al lechero de mi pueblo, que, aunque las medidas que usaba estaban algo abolladas, lo cual suponía una pérdida, añadía un chorreón que compensaba generosamente la merma. También es cierto que aun así había algunos que le recriminaban la inexactitud de las medidas y a éstos les amenazaba con no venderles leche; pero es que “al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene”.
“El que tenga oídos…”

3 comentarios
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