En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo esta parábola: «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido”.
Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
O ¿qué mujer que tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice: “Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido”.
Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta» (San Lucas 15, 1-10).
COMENTARIO
Arranca este pasaje del Evangelio: “…solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo”. Esto se compadece con “He venido a buscar a las ovejas perdidas de Israel”.
Los fariseos y los escribas murmuraban.
Es necesario que descubramos qué distancia hay entre los planes de Dios y los planes de los hombres. Es necesario que descubramos cuál es el corazón de Dios.
A Dios no tenemos acceso (A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado. – Jn 1, 18). Conocemos de Dios solo lo que Dios de sí mismo nos quiera revelar. Y lo que nos ha revelado nos ha sido revelado a través de Jesucristo.
Dice el evangelio de Juan: “Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios”(Jn 1, 11).
Los fariseos y los escribas murmuraban.
Hoy no es muy diferente. Dios acontece y tantas veces los suyos, nosotros, los bautizados, los que queremos estar cerca, en su alianza, nosotros, los escribas y los fariseos del siglos XXI, murmuramos. Nos cuesta penetrar en el corazón de Dios. “Misericordia quiero y no sacrificios”. Tantas veces nos quedamos en la ley o hacemos del amor de Dios una “ley”. “este acoge y come con ellos”, decían. Quebranta el sábado, come con los impuros, se hace él mismo impuro. ¿Cuál es el corazón de Dios?
Nos presenta una parábola: Si se te ha perdido una oveja, ¿no vas a buscarla?
Permanentemente Dios sale en busca de cada uno de nosotros, sus ovejas.
¿Cuál es el problema?
Quizá que nos creamos que no somos ovejas, que no necesitamos su pastoreo. Que somos suficientes, que nos basta con nuestro conocimiento, nuestra sabiduría, nuestro autopastoreo. Y desde esta posición, murmuremos.
Dice el Papa Francisco: «Ir a las periferias, que suelen estar llenas de soledad, tristeza, heridas interiores y pérdida de ganas de vivir. Con tus palabras y acciones, derrama el aceite de la consolación y la curación en los corazones heridos».
Para ello, primero es necesario haber sido curados nosotros de nuestra soledad, tristeza, de nuestra pérdida, de nuestras heridas interiores, porque solo desde la auténtica contemplación de lo pobres que somos, podemos acudir y entender la pobreza de nuestros semejantes. No se puede ir a consolar la devastación y la muerte desde la atalaya de la prepotencia de quien es perfecto, de quien se considera perfecto porque cumple la ley.
Solo desde la experiencia de nuestra propia indigencia, salvada por la resurrección de Cristo, podemos llegarnos a los demás.
Reconozcámonos, pues, ovejas, y ovejas muchas veces perdidas. Dejémonos encontrar por el Pastor que nos busca, porque solo así nuestro corazón se ensancha y dará cabida a los demás.
Porque el Señor ha querido venir a buscar a la oveja perdida. Y quiere que nosotros seamos también su endeble instrumento.

2 comentarios
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