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Evangelio

Acoger es amar

By BuenaNueva17 de marzo de 2013Actualizado:17 de marzo de 2013No hay comentarios7 Mins de lectura
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«En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?”. Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”. E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?”. Ella contestó: “Ninguno, Señor”. Jesús dijo: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”. (Jn 8, 1-11)


Contaban de san Ignacio de Loyola en los albores de la Compañía de Jesús que cuando atendía a una persona parecía querer meterla en su alma. Tal era la atención, el respeto, la dedicación y el amor que manifestaba. Acoger es introducir en el propio ámbito vital, es declarar la paz al otro; es ampliar y dilatar el propio corazón para hacerlo hogar de todos los hombres.

De los diversos títulos que se dan a Jesucristo en el Nuevo Testamento quizás uno de los más hermosos es el de amigo de pecadores. Ahí entramos todos. Jesucristo amigo mío. Yo pecador, confieso.

En el Evangelio de este quinto domingo de Cuaresma aparece el perfil de Jesucristo más entrañable y misericordioso. Un Jesús Nazareno cuya predilección son los no predilectos, Buen Pastor en busca de ovejas descarriadas, heridas, enfermas. “Tengo otras ovejas que no son de este redil. Esas también tengo yo que atraerlas y oirán mi voz y serán un solo rebaño” Jn 10,16). Las que no son, las que no oyen, las que no quieren oír… esas también. Es una cita de gran valor apostólico, de gran empuje misionero y evangelizador. Enfermos, enemigos, no deseados… habrán de ser la niña de nuestros ojos.

El pasaje que nos ofrece la liturgia es muy rico en contenido. Se trata de la historia de una mujer pecadora que nos brinda la comprensión de dos mundos, de dos psicologías contrarias. Una enferma abierta a la curación y otra igualmente enferma (aunque en apariencia sana) cerrada a la medicina.

Una de las palabras claves para penetrar el sentido de este fragmento del Evangelio es precisamente la palabra acogida. El Padre es fuente, en su vida trinitaria, y como tal es origen de actitudes acogedoras y entrañables. Porque el Padre acoge, el hombre será un día capaz de acoger al mismo Dios y a su hermano. Remedando a Shakespeare podríamos decir que ahí está todo: acoger o no acoger. Apertura o cerrazón… ser o no ser. El agua circulante de los ríos es fuente de vida y de verdura. El agua estancada de las charcas es fuente de bacterias y microbios.

Acoger es meter en el corazón, no solo en el recinto espacial de mi vida. La casa principal de la vida no está construida a base de cemento y hormigón sino de arterias, de rojo y de calor. Los hogares de la Madre Teresa de Calcuta son precisamente eso: entrañas rojas de calor. Es justo lo que el mundo de hoy necesita con especial urgencia: entrañas rojas de calor.

Los benedictinos siempre han sido considerados como unos especialistas de la acogida, creando rápidamente fraternidad. Caminos polvorientos del mundo humedecidos por el agua fresca de unos monjes. Recordemos que cada vez que acogemos… recibimos a Dios mismo, quizás sin saberlo. Sí, corazón es lo que necesita el hombre, corazón misericordioso. La santa madrileña Soledad Torres Acosta acogía a los enfermos como al mismo Cristo y así les enseñaba a sus novicias, por medio de una imagen articulada de un Cristo enfermo y vendado.

Acoger, acoger… misterios del amor.

En la Trinidad aprendemos, en un cierto sentido, la circulación de la acogida, su mejor dinamismo: las tres divinas Personas se acogen en un presente eterno, atemporal, divino abrazo de infinita felicidad. Toda nuestra felicidad dependerá del grado de acogida que hagamos del amor divino. Esta mujer pública estaría poco acostumbrada a miradas limpias de hombres. Cruces de miradas, fábricas de miseria. Su fango se encontró con el Agua Viva, que era Cristo, y se clarificó su vida, enjugó suciedades. Ella no rechazó el diálogo con Cristo, no salió corriendo, acogió la mirada limpísima del Señor y se limpió. Comprendió su necedad, su frustración y se vio llamada a recibir el amor curativo del Padre. Los letrados y fariseos eran cáscaras de barniz, corazones no dispuestos a acoger el amor de Dios, llenos de murmuración. La crítica es un deporte muy divertido y muy eficaz para hacer daño inmediato.

Letrados y fariseos, hombres de estudio, de trabajo intelectual y  religioso. Eran los infatigables restauradores de un mundo judío en ruinas. Pero el mucho trabajo tal vez delataba en ellos una incapacidad para el amor raíz, para la vida en familia, para la alegría fraterna. Trabajando sin amor iban matando su corazón. Sí, el trabajo es muy frecuentemente vivido como una escapatoria al afecto, como una fuga de lo tierno, una huida del hogar. El mundo que nos toca pretende minar las virtudes domésticas en favor de otros valores utilitaristas, más rentables para el bolsillo y el honor pero un tanto venenosos para el alma. El amor produce trabajo pero cuando se enfría es el mismo trabajo quien le suministra su firma de defunción.

Es admirable el contraste. La mujer llega a entender, después de mucho sufrimiento social, la necesidad vital de acoger el perdón, el afecto paternal, para poder seguir viviendo. Los entendidos, los peritos de la ley, los oficiosos del trabajo, no querían acoger, no podían acoger por falta de alteridad y por exceso de centrismo o de fatal narcisismo.

No conviene abusar de facilones psicologismos pero es cierto que, en numerosos casos, la psicología resulta ser más poderosa que la misma gracia. Dios insiste y llama una y otra vez con fuerza eficaz pero los resortes psicológicos más profundos no acaban de ceder ante el amor de Dios. El caso de Saúl es un caso típico: la envidia patológica, los celos enfermizos acabaron con su dignidad real y con su llamada de predilección por parte de Dios. La patología del interior, si es muy acusada, puede pasarnos más de una jugada y deteriorar, o en el peor de los casos frustrar, el normal desarrollo de la vida de gracia. Son los abortos de santidad tan lamentables para la salud eclesial.

Acoger es amar. En la parábola del hijo pródigo (Lc 15) el padre acoge al hijo y este acoge el amor del padre y como fruto de la cogida mutua se origina fiesta, vida familiar. El desamor mutuo entre las personas produce funeral y vida individualista, al margen de toda comunión.

La mujer de mala vida es acogida por Cristo y por ello amada del Padre. Acoger es amar, es sanar, es dar vida… es todo. Cuando las puertas del Cielo se abran habrá una hilera interminable de personas que serán acogidas por los brazos de un Dios bueno y acogedor. Los primeros de la fila: los últimos según criterios humanos, los enfermos que se dejan curar… y está mujer adúltera que se dejó atravesar por la mirada bellísima de Dios.

Acojamos a los no deseados para poder oír un día aquellas palabras del Salvador: “Venid benditos de mi Padre, entrad a poseer el reino que os está preparado desde el principio del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui peregrino y me hospedasteis; estuve desnudo y me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y vinisteis a mí” (Mt 25,31-46). Esto es acoger, esto es amar.

Francisco de Asís Lerdo de Tejada

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