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Evangelio

¡Un verdadero misterio!

By Hermilo González22 de noviembre de 2025Actualizado:22 de noviembre de 2025No hay comentarios4 Mins de lectura
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En aquel tiempo, se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y preguntaron a Jesús: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y dé descendencia a su hermano». Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. El segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. Por último, también murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer».

Jesús les dijo: «En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre ¡os muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección.

Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos».

Intervinieron unos escribas: «Bien dicho, Maestro».

Y ya no se atrevían a hacerle más preguntas (San Lucas 20, 27-40).

COMENTARIO

Este popular evangelio nos hace pensar otra vez en la vida eterna, y es que esta época, esta Humanidad tan sabia y avanzada en las ciencias terrestres sigue totalmente ignorante de otra dimensión, precisamente la más importante de nuestra vida.

 Es verdad, si no sabemos lo que nos puede pasar dentro de media hora, de un mes o un año, menos aún sabemos qué va a ser de nosotros en el futuro ultraterreno, y nos preguntamos cómo será ese futuro. … ¡Un verdadero misterio!, mejor dicho, el más absorbente y enjundioso misterio que más preguntas nos plantea ahora y siempre.

Pero ante esta gran incógnita, ante esta gran interrogante, una vez más la palabra de Dios, la Sagrada Escritura, el evangelio vienen en nuestra ayuda y nos aclaran la nebulosa…es “luz en mi sendero”.  Nuestro futuro está en manos de Dios, pero depende también de nuestra conducta aquí en esta posada terrestre…Pero incluso entre los que creen esto persiste otra pregunta.  En lugar de dar vueltas y vueltas a la clásica y casi frívola pregunta de:  pero ¿cómo es el cielo?, ¿qué haremos allí toda la eternidad? volvamos   otra vez a la inagotable fuente de la sabiduría, a la   Palabra de Dios, en ese caso a este evangelio de san Lucas que nos resolverá todo…

Abramos bien los ojos y démonos cuenta de que el verdadero negocio de nuestro paso por la Tierra es nuestra salvación o nuestra condena para siempre porque ¿de qué le vale al hombre salvar su vida si pierde la eterna?

 Pues bien, la fuente del verdadero saber, la que de verdad nos hace sabios en ese crucial asunto, en ese caminar, es el evangelio y la doctrina que de él se desprende, enseñada por la Santa Madre Iglesia.

En ese curioso e interesante evangelio, los que no creían en la eternidad, en la resurrección, planean a Jesús una pregunta en verdad capciosa y sutil a la vista de la ley judía.  Una situación casi chusca y sin duda rebuscada. Efectivamente, en el cielo, ¿de qué hombre será mujer la que en su vida mortal estuvo casada con siete?

El Maestro lo aclara. Y no solo a esos tramposos preguntones sino a nosotros también.  La vida allí, no se parecerá a la de aquí abajo porque tiene otros criterios de medida realmente más lógicos y fáciles.  Esa mujer no será   esposa de ninguno de sus maridos terrenales. ¿Y por qué? “pues porque en esa vida, en el cielo, nadie morirá.

Es verdad. (Y así de paso nos recuerda uno de los fines del matrimonio: la procreación para la subsistencia de la raza humana en la Tierra).

Allá arriba habrá amor, sí, pero un amor distinto al de aquí, espiritual, desprendido y limpio de todo lo carnal, como si fuéramos ángeles, sin preferencias, sin exclusivismos, sin egoísmos, un amor más puro que aquí.

Pero tampoco habrá penas, ni añoranzas, no.  Basándonos en las mismas palabras de Jesús el Nazareno seremos “cuerpos gloriosos”, como el suyo después de resucitado. Algo distinto. Otra dimensión.  Se ha dicho que la sola visión de Dios producirá en nosotros   tal alegría que no habrá lugar a otros sentimientos…Así que cerrémonos en esto y no demos pábulo ni oídos a otros pensamientos y tentaciones que huelgan en absoluto y sólo valdrían para perder el tiempo en inútiles   y banales disquisiciones. Nos sobra con saber que allí no habrá dolor ni sentimiento alguno negativo ni tedioso, no hay nada desagradable, si no que todo será (para todos) paz y felicidad, alegría y concordia… con saber eso ahora, basta.

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