Les propuso una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer: «Había en una ciudad un juez que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en aquella misma ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: “¡Hazme justicia contra mi adversario!” Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: “Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que deje de una vez de importunarme.”» Dijo, pues, el Señor: «Oíd lo que dice el juez injusto; pues, ¿no hará Dios justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche? ¿Les hará esperar? Os digo que les hará justicia pronto. Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?» (San Lucas 18, 1-8).
COMENTARIO
Hoy, la Palabra nos susurra con ternura sobre la oración: esa llama que debe arder sin cesar, sin desfallecer. Nos invita a comprender que no hay otra forma auténtica de vivir la fe cristiana que permanecer unidos a Cristo, a Dios, con el corazón… y también con la boca, cuando sea posible. No porque Él necesite de nuestra insistencia extrema, sino porque —como enseña la parábola— la vida cristiana es un combate que dura hasta el fin de los tiempos. Existe un adversario que sólo será encadenado en el “Día del Hijo del Hombre”, cuando Él venga a hacer justicia. Mientras tanto, ese adversario no cesará en su ataque furibundo contra el creyente.
Cuando Israel se acercaba a la tierra prometida, dispuesto a conquistarla, apareció Amalec, figura del adversario, que se oponía a su llegada. Para vencerlo, Israel necesitó de la oración constante de Moisés, mientras luchaba sin rendirse. En el Evangelio, la viuda —símbolo de la Iglesia— suplica con perseverancia ante el juez, buscando ayuda contra su enemigo. En ambos relatos, el adversario no puede ser vencido con fuerzas humanas; se requiere el auxilio poderoso de Dios, cuya acción se despliega en el tiempo que Él ha dispuesto, un tiempo que suele superar la vida de un hombre. Pero Dios, que siempre escucha la oración, hará justicia… aunque a veces nos haga esperar.
Cristo, al hablarnos de la necesidad de orar sin desfallecer, nos advierte con amor que ese combate nos acompañará toda la vida. Sólo cuando llegue el momento final, el adversario perderá todo poder. Entonces, y sólo entonces, el combate cesará.
Una oración así exige una fe que esté a su altura, que la haga posible. Cristo lo expresa con una pregunta que resuena como un suspiro: “Pero cuando el Hijo del Hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra? ¿Una fe que haga que sus elegidos clamen a Él día y noche?”
El Señor hace esperar a sus elegidos, como hizo esperar al ciego Bartimeo, en Jericó. Pero ese clamor constante hace presente a Cristo, y con él, el amor de Dios se manifiesta a quienes rodean al que ora. La oración garantiza la victoria; la fe la hace posible.
No hacen falta muchas palabras en la oración, pero sí una actitud constante del corazón: cercanía, unión amorosa con el Señor, y una confianza plena que nace de reconocer nuestra propia fragilidad. Más importante que lo que pedimos es el hecho de pedirlo, de mantener nuestro corazón en diálogo continuo de amor, bendición y gratitud hacia Dios. En ese diálogo, también le presentamos nuestras preocupaciones y necesidades, sin olvidar las de quienes nos rodean.
San Agustín lo expresó con una belleza que aún conmueve: la oración es el encuentro entre la sed de Dios —que es su amor— y la sed del hombre —que es su necesidad de amar y ser amado.
