Dijo Jesús a sus discípulos: «Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y venga aquel día de improviso sobre vosotros, porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra.
Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y podáis manteneros en pie delante del Hijo del hombre» (San Lucas 21, 34-36).
COMENTARIO
Cortos versículos tiernos y estremecedores, cargados de lucidez y fortaleza. Son timbrazos del despertador de Jesús a los cristianos, invitándonos a orar en todo momento, a vigilar con los ojos del alma y a no temer los signos que acompañarán la última llegada del Hijo del Hombre. Es una llamada a despertar, velar, caminar siempre hacia arriba “con los pies del alma” (S. Agustín), en la seguridad del encuentro con el Señor Jesús. Pero avisa de que en la ruta hay ladrones que se empeñarán en apagar la lámpara de nuestra fe para robarnos ese acercamiento vital.
Lo primero que se le escapa a un cristiano por las grietas de su alma es la esperanza. Por eso este aviso resulta desmoralizador, pero la solución para no ver sombras sino luz, es vigilar y esperar el soplo liberador que supondrá la nueva venida de Jesús, siguiendo su invitación a “mantenernos en pie ante el Hijo del Hombre”, que es tanto como aceptar la presencia del Espíritu en medio de las incontables tareas que la vida nos encarga.
No es tiempo de solo éxtasis místicos ni de inactividad pensando en el fin del mundo sin hacer nada, mirando al cielo por si Jesús sube o baja entre nubes… Es tiempo de involucrarse en la lucha por un mundo justo y nuevo, que ni gobernantes ni científicos harán, sino la revolución del Amor activado por la esperanza. ¿Por qué no me atrevo a ser diferente? ¿Por qué no lleno mi pequeña aventura diaria de detalles y gestos que hagan felices a los demás?
La esperanza no es ser optimista en un momento determinado, sino un estilo de vida que no deja espacio al desánimo; y es trabajo costoso luchar y confiar contracorriente. Vivir de expectativas inmediatas no nos sostiene, se esfuman una y otra vez. ¿Dónde está la seguridad que transmitían ideas como justicia, progreso, libertad? La fe ya no alienta ni reaviva lo suficiente al ser humano, y entre los cristianos se aprecia indiferencia y apatía —(“soy creyente, pero no practicante”)—. El mundo necesita el mensaje de esperanza en un Dios-Amor en el que no se crea por costumbre ni tradición, al que no se le tema porque castiga con el infierno, ni se le ame porque deslumbre una homilía brillante sobre Él…
Los tiempos duros no son para llantos ni añoranza, dice Jesús, sino la ocasión de dar testimonio. Es también época de mártires: perseverar, verbo en desuso en este tiempo de inconstancia y aburrimiento. ¿Quién vive su elección con ilusión y alegría hasta el final? ¿Los matrimonios? ¿Los religiosos? No todos, pero sí los que son el alma de la Iglesia. Jesús llama nuestra atención: no bajéis la guardia, manteneos en tensión, alzad las cabezas para soñar! Morimos cuando aguardamos inactivos el fin sin esperar ya nada de la vida, pero los sueños más bonitos se tienen en épocas difíciles. El mundo no es eterno, y anuncia ya sus signos de acelerado deterioro… Jesús nos propone caminar hacia el encuentro y la liberación, vigilantes, constantes en la oración, y nada nos sobresaltará cuando llegue “dies illa”, aquel día, donde la gran finalidad de la Vida en sentido cristiano, habrá sido llegar a estar en pie delante del Hijo del Hombre, clavando los ojos en sus ojos, mientras cantamos su gloria en nosotros, volando con Él sin tiempo ni espacio. Y no puede el corazón pesado por el libertinaje, la embriaguez, aunque no sea de vino, ni las pre-ocupaciones, alzar el vuelo hasta lo secreto y escondido donde Él vive con el Padre.
Cada uno sabe cuales son sus cadenas, sus cargas y sus miedos esclavizantes, que no llevan libertad.
En el silencio estelar del firmamento-, viene el ‘lazo’ del que solo se puede escapar con los ojos y la fuerza que da la oración, siempre en vela, descubriendo lo que ‘está por venir’, lo que está viniendo y lo que está aquí ya, en los amores limpios, en la comunión de todos los hombres, delante del Hijo del hombre, en libertad activa. Esperamos lo nuevo prometido que ha comenzado ya. No podríamos estar en vela y esperar, sin la novedad presente del amor del Hijo del hombre que se manifiesta constantemente en el amor al hermano, y del hermano a nosotros, cuando compartimos. Será el final del tiempo ordinario y comienzo del Adviento, hasta llegar a la Pascua con el sentido total del “Aleluya”, Alelou- Ya, Dios de ti para mí y de mí para ti, que traduce el pronombre relativo griego. El signo inimitable del proceso es la alegría y gozo interior.

4 comentarios
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