“Los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos se reunieron en un lugar y uno de ellos, un doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?»
El le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.
Este es el mayor y el primer mandamiento.
El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas» (San Mateo 22, 36-40).
COMENTARIO
Para los judíos el amor a Dios era obligatorio, pero al prójimo, dependía: se concedía a compatriotas, y mejor si eran de la misma secta. No eran prójimo ni los gentiles, ni los extranjeros, ni mucho menos los enemigos.
Amontonar prohibiciones y mandatos era la especialidad de los expertos, escribas y fariseos, la ley judía ¡más de seiscientos! Pero el amor a Dios andaba perdido, apenas visible entre tanto follaje. Menos evidente aún era un amor al prójimo que reclamaba total disposición hacia los demás. Esa exigencia se posponía, porque acarreaba desprenderse de situaciones cómodas.
A la pregunta-trampa del letrado fariseo ¿“cuál es el mandamiento principal de la ley”?, Jesús responde con prontitud y sin titubeos: amor a Dios. Pero añade otro que no le preguntaron: “y al prójimo como a ti mismo”. Un pack, dos por uno. Unifica e iguala ambos mandamientos, que aparecían separados en libros distintos en el Antiguo Testamento. Se podía amar a Dios sin amar al prójimo. Jesús resume así la maraña de leyes judías de forma práctica, aliviando aquellas cargas. El amor y la amistad como servicio centro de todo. El respeto, la comprensión, la tolerancia que prodigue a los demás, es la medida y la calidad de mi amor a Dios. Incondicional, sin límites ni obstáculos raciales o religiosos. El gesto de encontrar el rostro de Dios en cada ser humano, es el DNI de un cristiano. Desordenar mis ideas para acercarme a los pobres y enfermos, de los que lucho inconscientemente quizás por separarme, no es igual que arrimarme a prójimos ricos o notables socialmente. Pero Jesús no elige ni discrimina. El amor a esos que rechazo, ese es el amor a Dios.
Suprimir de la vida prácticas religiosas está de moda. En todo caso hay quienes sostienen una fe inestable y voluble, siempre al margen de una comunidad creyente. Pero eso sí: creen en un Dios al que solo recuerdan en momentos de miedo o desgracia, porque casi nadie renuncia a perder su comodidad vital abriendo interrogantes que moverían los cimientos de su plácida existencia. A los propios creyentes les costaría contestar qué puesto ocupa Dios en su corazón, su alma o su mente.
El Dios-Amor que predica Jesús, cura, acompaña, acoge y tiene la fuerza de seducir y arrastrar. Solo busca verse reflejado en los demás, cuando también ellos amen. Eso supone hacerse débil y no soberbio ante el otro, abrazar en vez de herir. Amar como Dios, no obliga al otro a amarme, sino a que yo le regale mi amor sin condiciones.
Tras oírle, pocos se atrevían ya a presentarse solos ante Jesús, y menos mirarle a los ojos. Tocar con Él la esencia de la Ley era como descubrir un nuevo mundo. La Ley de Moisés no era para Él solo un “precepto”, un “mandamiento” sino un camino, una persona que, como Él, era Palabra Creadora, hecha carne de hombre caminante por nuestras veredas de tierra, con un corazón, pensamiento y alma humana “hacia Dios” como Él mismo era (“pros ton Theon”. Jn.1,1). Jesús hizo iguales mandamiento y camino, los dos aspectos del amor, a Dios y al hombre. Y solo es posible entender algo si nos lo da el Espíritu que lo envuelve todo.
Casi siempre damos por hecho que todos sabemos lo es el amor, y nos cuidamos poco de precisar qué o cómo es, para poder dirigirlo hacia Dios y el hombre que es su objetivo vital. Pasa lo mismo con el término “Dios”, no podemos definir — es’ o ‘- QUÉ – es’ porque no existe nada comparable -NI- punto de referencia. Solamente ÉL ES, único en sí mismo. Es la esencia de Yahvé, ‘el que Soy’, el que hace que todo exista. Y así será entonces también su Amor como “mandamiento” o regalo al hombre, que puede dirigirse desde sus entrañas al mismo Dios y a sus propios hermanos, imagen y semejanza del Creador. En su novedad lo proclama S. Juan (Jn 13) como “entolé Kainé, ina agapate alleous” . Os doy un “regalo nuevo para que podáis amaros unos a otros”. Es la esencia de las profecías, de la Ley y del Evangelio: la misma Encarnación del Verbo del Amor en nuestro ser humano.

5 comentarios
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