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Evangelio

Y la Palabra se hizo Eucaristía

By BuenaNueva8 de enero de 2014No hay comentarios6 Mins de lectura
Reflexion, evangelio, hoy
Comentario al evangelio de hoy Miercoles
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«En aquel tiempo, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma. Cuando se hizo tarde se acercaron sus discípulos a decirle: “Estamos en despoblado, y ya es muy tarde. Despídelos, que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor y se compren de comer”. Él les replicó: “Dadles vosotros de comer”. Ellos le preguntaron: “¿Vamos a ir a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?”. Él les dijo: “¿Cuántos panes tenéis? Id a ver”. Cuando lo averiguaron le dijeron: “Cinco, y dos peces”. Y le ordenó hacerlos acampar a todos, por grupos, sobre la hierba verde. Se sentaron, pues, en cuadros, de a ciento y de a cincuenta. Entonces, tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, bendijo los panes, los partió y los dio a los discípulos, para que ellos los sirviesen. Y repartió también los dos peces entre todos. Comieron todos hasta saciarse. Y recogieron doce canastos llenos de los trozos y de los peces. Los que habían comido los panes, eran cinco mil varones».  (Mc 6, 34-44)


En el marco del tiempo litúrgico de la Navidad, en el que seguimos celebrando gozosamente el Misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, la liturgia de la Palabra de hoy nos ofrece como alimento el milagro de la multiplicación de los panes y los peces realizado por Jesús para saciar el hambre de los cinco mil hombres que le seguían. ¿Por qué aparece colocada esta escena de la vida de Jesús adulto en este contexto litúrgico? ¿Cuál es el mensaje que la Palabra de Dios quiere transmitirnos? Pues es bien sencillo: aquel Niño que ha nacido en Beth-lehem, es decir, en la Casa de Pan, ha venido a la tierra para ser el PAN DE VIDA que sacia el hambre de plenitud y de felicidad que tanto anhela el hombre en su corazón. Esta será la gran catequesis eucarística que desarrollará el evangelista Juan en el discurso del pan de vida pronunciado por Jesús en la Sinagoga de Cafarnaúm: «Es mi Padre el que os dio el pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo» (Jn 6, 32).

Este es el Misterio admirable que estamos contemplando, adorando y celebrando en las solemnidades y fiestas del tiempo litúrgico de la Navidad. A la confesión joánica «y la Palabra se hizo carne» (Jn 1, 14) le podemos añadir esta otra confesión: «y la Palabra se hizo Eucaristía«. Sí, Jesús es el verdadero pan de la vida, Él nos lo ha desvelado con sus palabras: «Yo soy el pan de vida. Este es el pan de vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne para la vida del mundo» (Jn 6, 48-51). Sí, la Palabra se hizo carne, pero a su vez esta carne se nos ofrece como pan para ser alimento auténtico de vida eterna para todos aquellos que nos nutramos de él: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida» (6, 52-55).

A la luz de esta catequesis joánica, descubrimos cómo el misterio eucarístico aparece alumbrado en Beth-lehem (casa de pan): el pesebre es la mesa que contiene ya el Misterio Pascual encarnado en un Niño que se ofrece como el Pan de Vida, para que todo aquel que lo coma y entre en comunión con Él participe de su misma vida divina: «El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo, el que coma de este pan vivirá para siempre» (6, 56-58).

El Papa emérito Benedicto XVI nos recordó que ya San Agustín había interpretado en clave eucarística el significado del  pesebre: «El pesebre es donde los animales encuentran su alimento. Sin embargo, ahora yace en el pesebre quien se ha indicado a sí mismo como el verdadero pan bajado del cielo, como el verdadero alimento que el hombre necesita para ser persona humana. Es el alimento que da al hombre la vida verdadera, la vida eterna. El pesebre se convierte de este modo en una referencia a la mesa de Dios, a la que el hombre está invitado para recibir al pan de Dios. En la pobreza del nacimiento de Jesús se perfila la gran realidad en la que se cumple de manera misteriosa la redención de los hombres» (cf. La infancia de Jesús, p. 75). En efecto, en cada Eucaristía que celebramos se actualiza para nosotros —hoy— el Misterio de la Encarnación y de la Redención: La Palabra que se ha hecho carne en Belén se hace, también, Eucaristía en el cenáculo de Jerusalén y al celebrar el memorial de la Pascua de Jesucristo, en cada celebración eucarística, somos transformados, en expresión de San Agustín, en aquello que comemos: Cuerpo de Cristo.

Este admirable misterio de comunión, de vida y de amor es lo que celebramos en cada Eucaristía al entrar en comunión con el Cuerpo sacramental de Jesucristo. De ahí que podamos afirmar que en cada Eucaristía se actualiza el Misterio de la Encarnación al ser transustanciados los dones del pan y el vino por la gracia santificadora del Espíritu Santo en el Cuerpo y Sangre de Cristo que nos entrega su misma Vida, al decirnos Él mismo: «Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros«, y «Tomad y Bebed todos de él, porque este es el cáliz de  mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en memoria mía«.

La Eucaristía es el centro vital del universo, capaz de saciar el hambre de vida y felicidad de toda persona: «El que me coma vivirá por mí» (Jn 6, 57).

Juan José Calles

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