En aquel tiempo, se acercó a Jesús un hombre, que le dijo de rodillas: «Señor, ten compasión de mi hijo, que tiene epilepsia y le dan ataques; muchas veces se cae en el fuego o en el agua. Se lo he traído a tus discípulos, y no han sido capaces de curarlo.»
Jesús contestó: «¡Generación perversa e infiel! ¿Hasta cuándo tendré que estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Traédmelo.»
Jesús increpó al demonio, y salió; en aquel momento se curó el niño.
Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte: «¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?»
Les contestó: «Por vuestra poca fe. Os aseguro que si fuera vuestra fe como un grano de mostaza, le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y vendría. Nada os sería imposible» (San Mateo 17, 14-20).
COMENTARIO
Hemos escogido este título para este comentario con el objeto de resaltar su importancia. El Señor está asegurando, es decir, está poniendo fácil lo difícil de la fe, que es no controlar y permitir con amor que sea Dios el que nos dirija. En medio de una cierta inseguridad propia de la fe radica la mayor seguridad posible, puesto que es Dios el que asegura y garantiza lo que dice o promete. Es propio de Dios asegurar y propio de la criatura confiar.
Jesucristo da seguridad para poder nosotros lanzarnos a esa vida de entrega que nos pide a cada momento la fe. Cristo asegura, da sólidos fundamentos psicológicos para soltarse y entregarse. Son los miedos de siempre los que no permiten la aventura de la fe.
San Pedro se atrevió a echar las redes exclusivamente porque ese fiaba de las palabras del Señor (Lc 5,5). No había otra razón. La fuerza de la pesca se debió a la fuerza de su fe. Confió y esperó. Nada más.
El mismo san Pablo sabía de quien se había fiado (2 Tim 1,12). Conocía, había conocimiento y entendimiento que le llevó a confiar en grados de gigante. No dejan de ser curiosas estas palabras del apóstol de las gentes. Nos viene a decir que la razón y la fe bien concertadas son amigas de la verdad. San Pablo está seguro porque orientando todo su ser, con todas sus facultades, hacia Dios se sabía tranquilo y seguro. Una vez convertido para el Señor ya no ponía dificultades para Dios, ni con el intelecto ni con la voluntad. La gracia lo hizo fácil para el sí. Pero él colaboró en ello.
“Les aseguro…”. Nuestra fe es meritoria pero no inhumana. Cristo da sostén a nuestro mérito, le da consistencia y posibilidad. Estemos tranquilos, vivamos seguros en las manos cuidadoras de Dios. El asegura y no falla. El es la Verdad que no sabe mentir.
A continuación, dice el texto que “si tuvierais fe…”. La fe es algo que se tiene. Es don que se recibe. No es algo principalmente para sentir. Esa tenencia, es un regalo que se abraza y se retiene. La fe cuando se introduce por vía de gracia en el ser humano se inmiscuye en todos los poros de su ser, tiende a eso, a expandirse. Llega un momento en que es la fe el que tiene a la persona quedando como posesión de la misma fe.
No son las virtudes teologales como posesiones inertes al modo de objetos materiales. Tener fe es vivirla, si no, no es tener fe. Se pueden tener conocimientos de religión, de cosas relativas al mundo de la fe, y no tener fe verdadera por el simple hecho de que no se tiene fe, es decir, de que no se vive.
Por eso cuando Cristo afirma aquello de tener fe se refiere a vivir la fe. Y está fe que acaba poseyendo sobrenaturalmente al sujeto es una fe transformante y operativa, que eleva a la persona a cotas insospechadas.
Los fariseos tenían fe pero sin tener fe. Jesucristo invita que a los que tengan fe la fe tengan realmente.
Y la frase culmina con estas palabras: “Nada les resultaría imposible”. Frase que no es más que la verdad, casi nunca bien interpretada o débilmente acogida. Nada significa nada realmente. Aquellas palabras de María: “Para Dios nada hay imposible” (Lc 1,37) ponen en relación directa a Dios con la fe. Uno alcanza por la fe lo que tiene de unión con Dios. Decir que para Dios no hay nada imposible es lo mismo que decir que para la fe no hay nada imposible. Y al revés.
Por tanto, la fe es descanso para el alma y consuelo para el corazón. No se es escapa nada al Señor. El conoce todo, lo sabe todo y solo quiere que confiemos precisamente por eso porque es digno de ello.
Nada significa nada. Dios creo todo de la nada, por tanto, ésta “no le asusta ni cohíbe”, más bien le tiene un especial cariño. La nada es el espacio para el todo. Todo lo que la criatura pueda recibir.
Jesucristo se suele enfadar cuando percibe falta de fe, porque es una falta contra el amor confiado. Se cree para amar. Los discípulos no pueden curar porque les falta fe. ¡Si supiéramos de lo que nos privamos por no confiar! ¡Haríamos todo lo posible por cambiar de actitud!
Cristo sana y expulsa demonios. Se encara con él porque ha venido para triunfar sobre su poder. Y los discípulos también podrían si tuvieran esa fe. Es una fe que nos hace andar por encima de las aguas y trasplantar árboles al mar. Es una fe… que nos hace santos, como a Abrahán. Una fe que santifica en tanto y cuanto activa el amor divino en nosotros y nos hace hijos dignos de él.
Les aseguro que si tuvierais fe nada les resultaría imposible. A mí me parece que esto es mucho. A mi me parece que esto es maravilloso.
