Mientras iba subiendo Jesús a Jerusalén, tomando aparte a los Doce, les dijo por el camino: «Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará». Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: «¿Qué deseas?». Ella contestó: «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda». Pero Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?». Contestaron: «Podemos». Él les dijo: «Mi cáliz lo beberéis; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre». Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra los dos hermanos. Y llamándolos, Jesús les dijo: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (San Mateo 20, 17-28).
COMENTARIO
Los cristianos tenemos en Jesucristo el modelo y paradigma supremo del “servidor”. Él, efectivamente, es el “diácono-siervo” de la Trinidad “el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2, 6-8). Jesús es el gran pedagogo y maestro del servicio “hasta dar la vida” por todos los hombres: “nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn15, 13). Él la ha entregado para perdonar los pecados de todos y, también, para mostrar el camino de la verdadera felicidad a cada ser humano: “quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará” (Mc 8, 35). Toda la vida de Jesús, sus gestos, sus palabras, sus silencios…, son una enseñanza para nosotros.
En el camino hacia Jerusalén, el Maestro, por tres veces, les explica, con toda claridad, cuál va a ser el desenlace final de su misión: “Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará” (Mt 20, 18-19). Jesús no quiere que sus discípulos vivan engañados ni alienados, sabe que ellos tienen “proyectos, ambiciones y planes” equivocados respecto de su persona y de su misión: “¿De qué discutíais por el camino? –les preguntará- “ellos callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quien era el mayor” (Mc 9, 33-34); más aún, algunos de ellos, los hermanos “zebedeos” tenían grandes aspiraciones y se las hacen llegar a Jesús a través del tráfico de influencias de su madre: “Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: «¿Qué deseas?». Ella contestó: «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda»” (vv.20, 20-21).
Sin embargo y, a pesar de todo, Jesús, tomando ocasión de estas pretensiones y ambiciones meramente humanas de sus discípulos, les va a impartir una “clase magistral” sobre la pedagogía del servicio: “Él llamó a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: ´Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Así pues, quien se haga pequeño, como este niño, ése es el mayor en el Reino de los cielos” (Mt 18, 1-4). Por si el gesto del “niño” no lo han comprendido bien, el Maestro nos aclara su significado: “el más pequeño de entre vosotros, ése es mayor” (Lc 9, 48); “Porque ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc 22, 27); “Vosotros me llamáis ´el Maestro` y ´el Señor` y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 13).
Jesús reclama a sus discípulos una disponibilidad y vocación orientada al servicio y la entrega total a los hermanos, muy lejos de la prepotencia y altivez con que los poderosos de este mundo tratan a sus súbditos: “Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros” (Mt 20, 25- 28). La “lección” está clara: “El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce será humillado y el que se humilla, será ensalzado” (Mt 23, 11). Pero, ¿qué significa servir de verdad? Significa estar dispuesto a dar la vida por los hermanos; estar preparado para ayudar a quien te lo pida; estar disponible para quien solicite tu colaboración; defender la vida de todo ser humanos desde el mismo instante de su concepción hasta su muerte; no aprovecharse del prójimo y a costa del prójimo para enriquecerse, trepar y dominar a los demás; estar dispuesto a ocupar el último lugar sin protestar; luchar por todas las causas que contribuyan al bien de cada persona humana y al bien de la sociedad. SERVIR significa AMAR, amar requiere DAR LA VIDA, dar la vida reclama MORIR y… “mientras nosotros morimos, el mundo recibe la vida· (2ª Cor 4, 10-12).
¿En dónde se imparten hoy estas enseñanzas? Solo en la Iglesia.
