«El primer día de la semana, María Magdalena echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó». (Jn 20, 2-8)
Recibimos en pleno tiempo de Navidad el testimonio de la resurrección de Jesús, en primera persona, por boca de su discípulo querido, Juan el evangelista, cuya festividad celebramos hoy.
“Vio y creyó; frase que Juan se atribuye a sí mismo al ver las vendas y el sudario en el suelo, nos hacen reflexionar sobre el estado de los apóstoles después del trauma de la crucifixión y muerte del Señor, al que ellos han seguido, no solo como un profeta de Dios, sino como el caudillo elegido para libertar a Israel de la opresión imperialista de Roma.
Recordemos que Juan es el menor de los hijos del Zebedeo, aquellos hermanos que se atrevieron a pedir un puesto a cada lado de Jesús cuando llegase al poder. Suponemos que Juan miraría al Señor con esa admiración de los jóvenes hacia las figuras carismáticas, ya que a esa edad se tiene necesidad de héroes a quienes copiar y seguir. Su permanencia al pie de la cruz, frente a la cobardía de sus compañeros, nos lo describe valiente, osado, pero el desengaño y la decepción de Juan —que se sabe además especialmente amado por Jesús— le hizo seguramente dudar, como a los demás apóstoles, de la anunciada y no del todo asimilada promesa de la resurrección.
En Marcos 16 se nos dice: “Se apareció primero a María Magdalena de la que había echado siete demonios. Ella fue a comunicar la noticia a los que habían vivido con Él, que estaban tristes y llorosos”, y añade, “No la creyeron”. En Lucas 24,11 se llega a decir: “Los relatos de las mujeres les parecieron puros cuentos y no hicieron caso. Sin embargo Pedro partió corriendo al sepulcro…” y, en compañía de Juan es el momento, que éste nos narra en el pasaje de hoy. Después de haber visto las vendas y el sudario tras la visita al sepulcro el mismo Juan nos dice que creyó lo que ya les habían contado las mujeres. Los discípulos también se muestran algo incrédulos cuando los dos de Emaús dicen haberle encontrado. Queda así muy claro que en los apóstoles, entre la lógica tristeza por la muerte del Maestro ha anidado la duda, junto al desencanto y la decepción.
Porque si su fe hubiera sido más fuerte no les hubiera sido tan difícil creer a unas mujeres que eran amigas y seguidoras fieles del Señor. Resulta incomprensible para Pedro, y para Juan jovencísimo, tan seguro del amor especial que Jesús le tiene, que el Señor escoja como primeros testigos de su resurrección, a unas mujeres cuyo testimonio tenía una validez mucho menor que la del varón en la sociedad de ese tiempo.
Suponemos que la primera aparición del Señor sería a su madre; asegura Santa Teresa que el mismo Jesús le contó: “Díjome que en resucitando había visto a nuestra Señora, que la pena la tenía tan absorta y traspasada… y que había estado mucho con ella, porque había sido menester, hasta consolarla” (C. C XIII, 12)
Es interesante fijarse en el importante papel que el Señor concede a la mujer en este momento de la resurrección, esencial en la historia de la salvación. Más tarde, en el versículo 11 de este mismo capítulo 20, el evangelista nos relata el precioso “Noli me tángere” del encuentro de María Magdalena con Jesús, a quien ella confunde con el hortelano, en un primer momento, y le reconoce al ser llamada por su nombre. Es este un pasaje evangélico de una gran emotividad y belleza, que ha sido especialmente apreciado por los pintores y escultores de todos los tiempos.
Como ya lo ha hecho repetidas veces en el evangelio, con la samaritana, la adúltera, la cananea, y la pecadora que vierte sobre él el perfume, Jesús concede un papel a la mujer y la defiende de la injusticia, el desprecio y la marginación que sufría en aquel tiempo.
En este tiempo de Navidad, los que creemos sin haber visto, tenemos que mantener viva esa llama de la fe en la resurrección de Cristo, sin dar paso a la carcoma de la duda, y proponernos, como un deber de cristianos, defender de la injusticia y la marginación a cualquier grupo social que la sufre.
Mª Nieves Díez Taboada
