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Evangelio

Vio y creyó

By BuenaNueva27 de diciembre de 2013No hay comentarios5 Mins de lectura
Comentario al evangelio de hoy Viernes
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«El primer día de la semana, María Magdalena echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó». (Jn 20, 2-8)


Recibimos en pleno tiempo de Navidad el testimonio de la resurrección de Jesús, en primera persona, por boca de su discípulo querido, Juan el evangelista, cuya festividad celebramos hoy.

“Vio y creyó; frase que Juan  se atribuye a sí mismo al ver las vendas y el sudario en  el suelo, nos hacen reflexionar sobre el estado de los apóstoles después del trauma de la crucifixión y muerte del Señor, al que ellos  han seguido, no solo como un profeta de Dios, sino como el  caudillo elegido para libertar a  Israel de la opresión imperialista de Roma.

Recordemos que Juan es el menor de los hijos del  Zebedeo, aquellos hermanos  que se atrevieron a pedir un puesto a cada lado de Jesús cuando llegase al poder.  Suponemos que Juan   miraría  al Señor con esa admiración de los jóvenes hacia las figuras carismáticas, ya que a esa edad se tiene necesidad de héroes a quienes copiar y seguir. Su permanencia al pie de la cruz,  frente a la cobardía de sus compañeros, nos lo  describe valiente,  osado,  pero el desengaño y la decepción de  Juan —que se sabe además especialmente amado por  Jesús— le hizo seguramente dudar, como a los demás apóstoles, de la anunciada y no del todo asimilada promesa de la resurrección.

En Marcos 16 se nos dice: “Se apareció primero a María Magdalena de la que había echado siete demonios. Ella fue a comunicar la noticia a los que habían vivido  con Él, que estaban  tristes y llorosos”, y añade, “No la creyeron”.  En Lucas  24,11 se llega a decir: “Los relatos de las mujeres les parecieron puros cuentos y no hicieron caso. Sin embargo Pedro partió corriendo al sepulcro…” y, en compañía de Juan es el  momento, que éste nos narra en el pasaje de hoy. Después de haber visto las vendas y el sudario tras la visita al  sepulcro el mismo Juan nos dice que creyó lo que ya les habían contado las mujeres. Los discípulos también se muestran algo incrédulos cuando los dos de Emaús dicen haberle encontrado. Queda así muy claro que en los apóstoles, entre la lógica tristeza por la muerte del Maestro ha anidado la duda, junto al desencanto y la decepción.

Porque si su fe hubiera sido más fuerte no les hubiera sido tan difícil creer a unas mujeres que eran amigas y seguidoras fieles del Señor.  Resulta incomprensible para Pedro, y para Juan jovencísimo, tan seguro del amor especial que  Jesús le tiene, que el Señor escoja como primeros testigos de su resurrección, a unas mujeres cuyo testimonio tenía  una validez mucho menor que la del varón en la sociedad de  ese tiempo.

 Suponemos que la primera aparición del Señor sería a su madre;  asegura  Santa Teresa que el mismo Jesús le contó: “Díjome que en resucitando había visto a nuestra Señora, que la pena la tenía tan absorta y traspasada…  y que había estado mucho con ella, porque había sido menester, hasta consolarla” (C. C XIII, 12)

Es interesante fijarse en el importante  papel que el Señor concede  a la mujer en este momento de la resurrección,  esencial en la historia de la salvación. Más  tarde, en el versículo 11 de este mismo capítulo 20, el  evangelista nos relata  el precioso “Noli me tángere” del encuentro de María Magdalena con  Jesús, a quien ella confunde con el hortelano, en un primer momento, y le reconoce al ser llamada por su nombre. Es  este  un pasaje evangélico de una gran emotividad y belleza, que ha sido especialmente apreciado por los pintores y escultores de todos los tiempos.

Como ya lo ha hecho repetidas veces en  el evangelio, con la samaritana, la adúltera, la cananea, y la pecadora que vierte sobre él el perfume, Jesús concede un papel a la mujer y la defiende de  la injusticia, el desprecio y la marginación que  sufría en aquel tiempo.

En este tiempo de Navidad, los que creemos sin haber visto, tenemos que mantener viva  esa llama de la fe en la resurrección de Cristo, sin dar paso a la carcoma de la duda, y proponernos, como un deber de cristianos, defender de la injusticia y la marginación a cualquier grupo social que la sufre.

Mª Nieves Díez Taboada 

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