El primer día de la semana, María la Magdalena echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó (San Juan 20, 2-8).
COMENTARIO
Así ha sido Señor en mi vida. He visto y como he visto he creído. Pero ha sido largo el proceso para que se me cayeran las vendas que cubrían mis ojos y que se me quitaran los tapones de los oídos para verte y escucharte. En el fondo de mi ser tu siempre has estado. Tantas veces he sentido tus zarandeos en los acontecimientos de mi vida para que te buscara y tantas veces no te veía y sólo escuchaba ruidos sin entender tu lenguaje. Desde niño me hablaron de ti. Me enseñaron bien pequeño a recitar oraciones. Fue como cuando en el colegio me mostraban las letras del vocabulario para que después aprendiera a construir palabras y a leerlas y escribirlas. Aquellas oraciones que me enseñaron mis padres hicieron que ya de joven te buscara. Había oído mucho hablar de ti y al igual que en el colegio aprendí que la “eme” con la “a” se lee “ma”, fui aprendiendo a descubrirte en las cosas pequeñas y a entender tu lenguaje. Tu siempre hablas, tú siempre te manifiestas, tu siempre has estado conmigo desde que me pensaste y me quisiste para vivir, para ser y estar en ti. Yo no lo sabía y he tardado años en conocerte y cuanto más te busco más te encuentro y más contento estoy de haberte conocido. Porque lo dice el salmo: “Pues tú eres mi esperanza, Señor, Yahveh, mi confianza desde mi juventud” Sal 71,5. y he necesitado y sigo necesitando la inestimable ayuda de tu Iglesia con las personas que has puesto a mi lado en el camino. No estoy sólo en la búsqueda. Me diste una maravillosa familia que me cuidó y me educó como con tu Hijo hicieron María y José. Que importante fue que me dieran las primeras pinceladas de tu lenguaje y gracias a esa familia de la carne descubrí años después a esa otra familia que es la Iglesia que como la madre María me ha ido descubriendo quien eres, como me quieres y como me hablas en mi propia historia, con un lenguaje que día a día descubro y que me lleva a la certeza de tu resurrección, porque has abierto mis ojos para ver, como hiciste con tus discípulos, que entrando en el sepulcro vieron los lienzos y el sudario y el sepulcro vacío. Yo también he podido mirar a mi sepulcro interior y ver mis ropajes vacíos de ti, mis obras muertas…, mis pecados y cómo esa pequeña luz que pusiste en mi bautismo, para que te viera, me va iluminando cada día un poquito más para verte siempre cerca de mí.
Primero me has enseñado a leer para que no me pierda por las enrevesadas calles de este mundo. Cada día tengo en mis manos “el plano” que me ayuda a no perder el rumbo y que no es otra cosa que la Palabra viva de las Escrituras que resuenan cada día en mi corazón. Y después también me estas enseñando a “escribir” que no es más que ser testigo, con hechos, de lo bueno y misericordioso que has sido siempre conmigo. Te quiero Señor.
