En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera» (San Mateo 11, 25-30).
COMENTARIO
La Iglesia nos propone hoy este Evangelio de Mateo, considerado el punto central de los capítulos 11 y 12, donde Jesús lleva a cabo la misión que había enseñado a sus discípulos como hacen presente los capítulos anteriores. Aunque el texto es corto, evidencia claramente dos partes.
En la primera, conocida como «el himno de júbilo», Jesús hace presente el «Misterio» encarnado en su persona y su relación con Dios. El poder del que habla el evangelista no se refiere a capacidades divinas, sino al «conocimiento» pleno de este misterio, «escondido a los ángeles». Según el teólogo alemán Josef Schmid, el sentido de estas palabras es que Jesús, y solo él, es el mediador de la verdad divina. Él es el único en conocer al Padre como el Padre lo conoce a él, y por ello puede revelar la verdad divina a quien quiere.
Este conocimiento, que implica reconocer en Jesús la divinidad propia de Dios, se revela a aquellos a quienes Dios elige. En esta oración, que Jesús eleva al Padre, se pone de manifiesto quiénes tienen un mejor acceso a este misterio: los sencillos. Por el contrario, los inteligentes —aquellos que piensan que poseen la verdad— no solo carecen de acceso al misterio, sino que no pueden reconocer en Jesús la plenitud de la obra de Dios, el Mesías esperado.
Esta confrontación entre «sencillez» y «sabiduría» no debe entenderse en su significado literal. En la historia, hay personas inteligentes que han defendido y hecho crecer la Iglesia, como San Atanasio, San Agustín y Santo Tomás —entre otros muchos— , reconocidos como santos y doctores de la Iglesia. Asimismo, los sencillos a los que se refiere el evangelio no son simplemente los iletrados, sino —como dice el papa Francisco— aquellos que se encuentran en las «periferias existenciales», abiertos a una palabra de vida.
En definitiva, la revelación no entra en el ámbito de la inteligencia, sino de la fe. Esta no busca anunciar un conocimiento racional del actuar divino, sino solo la existencia real del mismo. Para acceder a la luz de la verdad, se necesitan ojos limpios que el ser humano no puede darse a sí mismo. Este es el motivo por el que Jesús llama bienaventurado a Pedro, porque no fue ni la carne ni la sangre el origen de la revelación de la identidad de Jesús, sino el Padre que está en los cielos (Mt 16,17). Bienaventurados son también todos los discípulos, por tener ojos que ven y oídos que oyen, pudiendo ver lo que muchos profetas y reyes desearon ver y no les fue concedido.
Mientras que en la primera parte del Evangelio se nos presenta la relación entre Jesús y Dios —Padre e Hijo—, en la segunda parte el evangelista explica la relación entre el Hijo de Dios y los hombres. Aquí introduce dos exhortaciones: «Venid» y «Tomad», y dos promesas: «alivio» y «descanso».
Para entender esta segunda parte, debemos revisar el contexto rabínico del tiempo de Jesús. La teología rabínica hacía referencia a la ley —la obligación de cumplir sus preceptos— con títulos como el «yugo del reino de los cielos», el «yugo de la Torah» o el «yugo de los mandamientos». Para la mayoría de los judíos devotos, esta carga se llevaba sin quejas ni protestas, sino con gusto, orgullo y alegría. La ley era considerada la posesión más valiosa de Israel, un signo distintivo de su elección.
Jesús utiliza el mismo lenguaje de la teología rabínica e invita a cambiar el yugo de la ley por su yugo, que es ligero porque libera a los hombres de una pesada carga de preceptos —248 preceptos y 365 prohibiciones— que convertían la piedad en algo para eruditos. En cambio, Jesús reduce toda la ley al único precepto del amor a Dios y al prójimo. Su yugo es suave, no causa heridas e impone una carga que no agobia: «Sus mandamientos no son pesados» (1 Jn 5,3).
Finalmente, Jesús no está diciendo que debemos tenerlo como modelo al ser manso y humilde. Este «venid a mí» y «tomad mi yugo» son una misma cosa. No podemos quedarnos en un sentimiento buenista; para entender plenamente esta palabra, debemos acudir al sermón de la montaña para ver de qué yugo está hablando el Señor: su pasión; la negación de sí mismo para que el mundo pudiera ser. Este yugo —dice san Pablo— es necedad para los gentiles y escándalo para los judíos; ante este yugo Jesús se presenta —y nos invita a asumir su misma actitud— manso y humilde. Este yugo a pesar de ser rechazado por la razón se convierte para los sencillos, para aquellos que se hacen como niños, en generador de consuelo y descanso.
No puedo terminar este comentario sin recordar hoy, en su festividad, a Teresa de Ávila. Ella encarnó esta palabra: luchó por liberarse de los yugos —estructuras temporales, leyes, inquisición…— que le querían imponer. Acogiéndose con mansedumbre y humildad al yugo de Cristo, se hizo depositaria de la revelación divina convirtiéndose para todos nosotros en doctora de la Iglesia.
