En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?»
Él le dijo: «»Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser.» Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas» (San Mateo 22, 34-40).
COMENTARIO
El Evangelio que leemos hoy permite a nuestro Señor Jesucristo hablar de nuevo de “amor” y de “prójimo” y así, ascender un nuevo peldaño en su concepción del amor, extendiendo la importancia del amor a Dios y equiparándolo al amor a nuestros hermanos.
De esta manera, el “prójimo”; el “hermano” aparece en su discurso como parte troncal de su doctrina.
Pero como se dirigió a Jesús aquel experto en la ley, en Lucas 10:25, y tras preguntarle “¿Y quién es mi prójimo?”, podemos nosotros cuestionarnos a qué personas se refiere Jesús cuando habla del “prójimo”.
Muchas veces los hombres deseamos elegir a las personas que forman parte de nuestras vidas y que son objeto de nuestros afectos. Sin embargo, Jesucristo trasgrede esa concepción limitada de nuestro amor y nos hace ver que “prójimo” es cualquier persona que Dios pone en el camino de nuestra vida y que se convierte en nuestra puerta de santificación.
Nos gusta amar a las personas que nos aman, pero, como dice el Evangelio en Mateo 5:46-48: “Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.”
El prójimo en nuestras vidas tantas veces está representado por personas que no nos gustan, a las que nos queremos, incluso que nos hieren o nos perjudican. Pero el amor de Dios nos invita a alcanzar lo que es imposible para el hombre, dirigir hacia ellos una mirada de misericordia y aprender a amarlos como nuestro prójimo, el hermano que también es hijo de Dios y que Él, nuestro padre, pone en nuestro camino para enseñarnos a amar.
Cada vez que en la vida encontremos a alguien que no nos guste, demos un paso a atrás, pensemos que quizás es el prójimo que el Señor pone hoy en nuestra vida y pidamos a Jesús que nos enseñe a amarle “como a nosotros mismos”.
