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Antonio Pavía

Tu Nombre es ungüento derramado

By BuenaNueva24 de marzo de 2014No hay comentarios5 Mins de lectura
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El autor del libro del Cantar de los Cantares pone estas palabras que encabezan el texto en la boca de la esposa cuando se adentra en las paradisíacas excelencias del amor, pasionalmente arrebatador, hacia su Esposo. Es como un intento de darnos a conocer la riqueza inconmensurable que encierra su nombre (Ct 1, 2-3).

Cada vez que Dios mira al mundo salido de sus manos, vierte sobre él el ungüento que tonifica, ilumina y armoniza sus potencialidades. La primera vez que puso sus ojos en la tierra era un amasijo de caos, confusión y oscuridad (Gn 1,2). En éstas, Dios habló. Hizo valer su palabra: “Haya luz” (Gn 1,3). El ungüento precioso de su artística creatividad se fue abriendo paso entre las grietas que deformaban la tierra. Apareció la existencia consistente, la que tiene sentido. Desde entonces, Dios no ha dejado de mirar con amor la obra de sus manos y, sobre todo, su obra maestra: el hombre. Cada ser humano es un receptáculo que recoge, en todas y cada una de sus dimensiones, el ungüento perfumado de Dios, su belleza, su intuición creativa, su música, su danza, su luz. Y sobre todo su grandeza: la lleva impresa en su alma.

Israel es el ungüento derramado de Dios entre todas las naciones. Tiene la misión de perfumar con su existencia los confines de la tierra. Así lo proclamó, con la terminología propia de la espiritualidad que Dios otorgó a su pueblo santo, el autor del libro de la Sabiduría al afirmar que los hijos de Israel habían sido elegidos para dar al mundo la luz incorruptible de la Palabra (Sb 18,4).

Israel, pueblo elegido sobre el que Dios vertió su ungüento, perfumó al mundo entero con su Sabiduría. A la luz de esta sin par historia de amor entre Dios e Israel, éste vio la necesidad de ungir con óleo perfumado, balsámico, a todos aquellos que Dios elegía de entre el pueblo para que pudiesen cumplir con su misión. Ungüento derramado, elección y misión van de la mano en la experiencia de fe del pueblo santo.

Las palabras de la esposa del Cantar de los Cantares con las que hemos encabezado esta catequesis, podrían parecer todo un atrevimiento siendo como son referidas a Dios. Se habla del amor pasional que el alma siente por Él y que de Él nace. Son un atrevimiento, una osadía, pero sucede que el alma no puede contenerse, ha sido avasallada por el Amor; y algo tendrá que decir aun sabiendo que sus palabras siempre quedarán cortas. Así pues, se atreve, lo proclama y deja el campo abierto para que cada cual pueda hacer su experiencia. Así comprenderá  por qué esta esposa tuvo que expresarse con tanto atrevimiento.

En realidad se trata de la historia de amor entre el alma y Dios. No hay alma que no tenga su historia por hacer; y Dios se aviene a ello pues Él es el principio y causa de estos amores. Justo para dar pie y cabida a este amor, se encarnó. Jesucristo es el ungüento nombrado y proclamado por la esposa, y, como tal, está vivo entre nosotros. Él es el perfume de Dios que atrae los deseos y miradas del alma. Así, con las más variadas fragancias que se identifican con su túnica, nos describe el salmista al Mesías que va al encuentro de su amada: “Tú amas la justicia y odias la impiedad. Por eso Dios, tu Dios, te ha ungido con óleo de alegría más que a todos tus compañeros; mirra, áloe y casia son todos tus vestidos…” (Sal  45,8-9).

La princesa, que no es sino el alma, habla por la boca de la esposa del Cantar de los Cantares. Dirá que “los amores del Esposo son más dulces que el vino” —imagen de la fiesta—. Y habla también de perfumes y de besos…, sí, los besos de Dios. Acerca de estos besos, recogemos lo que nos dice san Bernardo. Afirma que cada vez que Dios abre su Palabra a uno de sus amigos, se la ilumina y se la interpreta, está besando su alma.

Antes que san Bernardo, Israel, el pueblo santo de Dios, ya tenía una bellísima iluminación acerca de los besos de Dios al alma. Como sabemos, los israelitas instruían a sus hijos en la fe por medio de las Escrituras inspiradas que habían recibido. Interpretaciones que ellos llamaban los misdrás, que se asemejan mucho a lo que nosotros llamamos catequesis.

Uno de estos misdrás interpreta la muerte de Moisés, y nos parece excepcional en cuanto a su profundidad y belleza. Narra las últimas horas del santo libertador de Israel. En ese trance, Samael, el ángel perverso identificado con Satanás, intentó arrebatar el alma de Moisés, ante lo cual Dios intervino. En el instante mismo de la muerte de su amigo, besó su alma salvándola así de las garras de Satán, su acusador.

 Antonio Pavía

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