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Evangelio

Somos arada de Dios

By BuenaNueva21 de mayo de 2014No hay comentarios7 Mins de lectura
Reflexion, evangelio, hoy
Comentario al evangelio de hoy Miercoles
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«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Corno el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, corno el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mi, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos”».  (Jn 15,1-8)


  1. Nos encontramos ante una parábola-alegoría eminentemente bíblica (que San Juan recoge en los discursos de la última cena, pero que muy bien podría haber sido expuesta por Jesús en otra ocasión: efectivamente, el capítulo 14 acaba con aquel lapidario «Levantaos, vámonos de aquí», porque, después de la primera Comunión de los discípulos y la abundante cena, se estarían durmiendo —ya sabemos que el sueño se seguiría apoderando de ellos mientras Jesús sudaba sangre en Getsemaní—. Puedo pensar que Juan situaría el capítulo 15 por el camino, subiendo la cuesta tras el Cedrón y pasando por las viñas, que por aquellas fechas ya estarían en flor: reflejos de luna llena sobre olivos y viñas que perfuman el aire…). En todo caso tiene su sentido situarla en el ambiente íntimo del cenáculo por el peso específico de su contenido: la unión con Jesucristo, que es Uno con el Padre en el mismo Espíritu Santo.
  2. Los profetas en el Antiguo Testamento habían recurrido frecuentemente a la imagen de la viña para hablar del pueblo elegido, como algo preciado y precioso, porque el vino y el aceite eran signo de riqueza, prosperidad, bienestar y bendición del cielo. De hecho era una planta tan distinguida que es la única que tiene un nombre especial para designar el tronco y sus ramas: cepa y sarmientos…: «Yo te planté vid selecta» (Jr 2,21); «Tu madre era como una viña, plantada junto a las aguas, fecunda y rica en sarmientos» (Ez 19,10); «Voy a cantar a mi amigo el canto de mi amado por su viña. Mi amigo tenía una viña en un fértil collado. La entrecavó, quitó las piedras…» (Is 5,1-2). Por su parte, Jesús retoma también con frecuencia el símbolo de la viña para hablarnos del «reino de los cielos, que se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña…» (Mt 20,1ss); o «un hombre plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar…» (Mc 12,1); «un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”…» (Mt 21,28ss), o la parábola de los viñadores homicidas (ver Mt 21,33ss). Y es que la viña, además de ser la niña de los ojos del Viñador, también le trajo a mal traer.
  3. El texto evangélico de hoy descorre el velo de todas las parábolas sobre la viña y, sin más, Jesús se identifica con la vid: «Yo soy la verdadera vid»; pero me llama gozosamente la atención que a su Padre (el propietario de la viña, el que plantó la vid selecta…) lo llama «labrador» («y mi Padre es el labrador»), imagen que, personalmente desde hace muchísimos años, me remite a 1 Cor 3,9: «Nosotros somos colaboradores de Dios y vosotros campo de Dios, edificio de Dios». Este Labrador nos ha convertido a nosotros en campo suyo: el término original griego dice Zeou georgion, que solo lo usa San Pablo en solo ese pasaje y una sola vez; geo-orgion (en la Vulgata traducido por agricultura) literalmente es engendrar vida en la tierra: es la síntesis de dos términos, geo (tierra) y orge (del verbo orgao, ser fecundo, fértil, madurar, desear ardientemente, estar excitado o apasionado. Por eso este «Labrador» no es solo «agricultor», ni su labor con nosotros nos convierte exactamente en «campo de Dios», como recientemente traduce la Biblia de la Conferencia Episcopal Española, porque es un término activo, pasional, y no pasivo solamente. De aquí que, desde joven, me haya atrevido a traducirlo por «somos arada de Dios, surco de Dios». Y lo bueno y hermoso de este «divino Labriego» es que Él nunca va a poner su mano en el arado y volver la vista atrás (ver Lc 9,62): siempre prevalecerá su buen oficio de inigualable labrador para trasplantarnos al reino de los cielos.
  4. Por lo demás, cualquier versículo de este evangelio merece un amplio comentario en el contexto de que «todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos sean también uno en nosotros» (Jn 27,21). Podríamos hablar de los sufrimientos de la poda de los sarmientos enfermos, o de la unión (unidad) de todos los creyentes en Cristo y del ecumenismo, o del temor al infierno por separarse los sarmientos de la vid y servir solo para ser quemados, o cómo es la Palabra de Dios la que nos hace limpios, haciendo que sarmientos se carguen de frutos… Efectivamente, los sarmientos son el mayor centro de interés de esta alegoría tan preciosa, de la que se vale el Señor para introducirnos, nada menos, que en el seno de la intimidad trinitaria: es la misma savia divina que recorre por la cepa (vida de Dios, el Dios Uno y Trino), la que recorre igualmente por los sarmientos. Cierto que el sarmiento no es una pura «emanación» de Dios (panteísmo), pues lo que la cepa es por naturaleza divina, en nosotros se da como hijos por adopción: «Habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: “¡Abba, Padre!”» (Rom 8,15).

 5. Quisiera fijarme en aquello de «sin mí no podéis hacer nada». Podremos acaso construir magníficos puentes que unan pueblos y ciudades, clínicas maravillosas para nuestros ancianos, educar a nuestros jóvenes para que se conviertan en científicos notables; podremos alimentar pueblos y eliminar las hambrunas, aliviar las sequías y detener los deshielos, curar el sida y el cáncer, dominar los tsunamis y prever los terremotos; podremos sobrevivir en Marte y más allá y, en el colmo de la estupidez humana, hasta pretenderemos clonar a Dios para que nos consiga una vida eterna aquí abajo; incluso «podré hablar la lengua de los ángeles, mover montañas, repartir todos mis bienes y hasta entregar mi cuerpo a las llamas» (ver 1 Cor 13,1ss); pero si soy un sarmientos separado de la vid —de aquel que dijo «Yo soy la vid» (un «Yo Soy» que remite directamente a la misma esencia divina manifestada en Éx 3,14)—, a lo sumo habré sido un excelente filántropo, incapaz de transcendencia: toda la vida braceando para ser algo o alguien y, al final, toda esa vida habrá sido agua de borrajas, manotazos al aire y a tientas…, aunque la posteridad me llegara a levantar una estatua conmemorativa, que (perdóneseme la ironía), muchas veces vendría a ser punto de encuentro para desagüe de los perros…, y caer luego en la indiferencia y en el olvido.

  1. Señor, tenme siempre unido a ti, pódame todo lo que quieras, pero que no me separe de ti.

Jesús Esteban Barranco

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