En aquel tiempo, dijo Jesús a Tomás: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí».
«Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».
Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre» ? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras, Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre. Y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré» (San Juan 14, 6-14).
COMENTARIO
Conocer al Padre…frase, tantas veces escuchada en el Evangelio, en los Salmos, tantas veces repetida y a la vez, tan profunda e importante.
Vivir con el deseo de conocer a Dios es una de las gracias que recibimos de Dios. Despertar cada mañana con preguntas cómo ¿Qué quiere Dios de mí? ¿Cómo querría que yo actuara? ¿qué me pide para ser su Discípulo? No dejan de ser incursiones de nuestra alma en búsqueda de nuestro Dios.
Y el camino para llegar a ese conocimiento, lo dejó escrito Jesús en su Evangelio: «conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Juan 8:32). El Evangelio como camino a transitar para adquirir progresivamente el conocimiento de Dios a través de la permanencia en su Palabra.
Sentir que Dios quiere que le conozcamos, sentir que se presenta ante nosotros entregado y con su corazón abierto nos muestra una de las grandes pruebas de amor que Él ha querido que llegaran hasta nosotros: pero no es un conocimiento racional, cerebral, es un conocimiento que proviene del encuentro, del momento en que nuestro corazón se “ajusta” al suyo, es una fusión de nuestra alma que es eterna con la pura Eternidad que es Él.
Y, de este ajuste proviene la verdadera transformación de nuestro corazón que progresivamente y, sin darnos cuenta, se siente más próximo a Dios porque escucha su voz, porque le siente, porque le conoce.
La hermosa frase del Papa Benedicto XVI : “Dios no quiere pasar la Eternidad sin nosotros” es exactamente esto, refleja hasta que punto nuestro Dios todopoderoso se vuelve pequeño ante su deseo de conocernos y de que le conozcamos, para así aprender a amarle como Él nos ama.
En la tarde de Jueves Santo, durante el rito del lavatorio de los pies, celebramos aquel momento en que Jesús, sintió la necesidad de inclinarse y hacerse pequeño antes sus discípulos para mostrarse plenamente a su servicio, para parecerse a nosotros en tamaño, para perder su condición de Dios y acercarse a nuestro corazón.
Así es nuestro Padre, obsesionado (si me permitís la licencia) por estar cerca de nuestro corazón, porque le elijamos, porque le conozcamos y le abracemos como Él vive abrazado a nosotros cada día.
