Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre». Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo por tu casa me devora». Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: «¿Que signos nos muestras para obrar así?». Jesús contestó: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Los judíos le replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de lo que había dicho, creyeron a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús (San Juan 2, 13-22).
COMENTARIO
El dilema y las decisiones personales coherentes con la opción adoptada no admiten medias tintas; o se sirve a la Iglesia o uno se sirve de la Iglesia. No caben componendas, lo cual no quita que quien sirve desinteresadamente a la Iglesia, aunque reciba una congrua remuneración (o un salario familiar), trabaja por el bien de su alma.
Se cuenta que, en cierta ocasión, tratando de evaluar la potencial de la Santa Sede, le preguntaron al papa bueno, San Juan XXIII: «Santidad, ¿cuánta gente trabaja aquí en el Vaticano?». Y con su proverbial sentido del humor respondió: «Mas o menos, la mitad». La respuesta fue mucho más incisiva que la pregunta. Es evidente que estaba denunciando la ingente cantidad de parásitos que viven a costa de la Iglesia. No solo en Roma sino por todo el orbe, y no sólo en la estructura jerárquica de la Iglesia sino en la multiplicidad de obras, instituciones, iniciativas y organismo de todo tipo que han proliferado a la sombra de «El Templo».
Sé bien que este pasaje es invocado por quienes tratan de presentar a Jesús como un violento o justificar, en general, la violencia, al menos en algunos casos. Podríamos perdernos en disquisiciones sobre cada elemento sustantivo del relato, pero creo que es posible también una lectura global en clave histórica, precisamente para comprender el presente.
Lo primero que se debe resaltar es la generalidad; a todos. Los expulsó a todos, no dejó ni un solo vendedor o cambista. Cierto que se detuvo con los más modestos, a los vendedores de palomas les explicó lo que, posiblemente sin ser muy conscientes, estaban haciendo. Pudieran creer que así facilitaban los sacrificios rituales prescritos por la Ley, pero Jesús los desengaña: «no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre».
Esta increpación debe resonar continuamente en los que andamos «por» la Iglesia.
El coloquio con los judíos es realmente consolador. Los que amenazan o se empeñan con la destrucción de la Iglesia, olvidan que Él la reconstruirá en tres días. Nos ha costado – objetarán – veinte siglos (con persecuciones, herejías, concilios, mártires y santos, evangelizadores y catedrales, doctores y renovadores, construcción de la liturgia y los dogmas, enfrentar oleadas de enemigos, irrumpir en los medios, etc.) para llegar a la implantación, presencia y notoriedad actual de la Iglesia Católica en el mundo y si la dinamitamos ¿la vas a reconstruir en tres días? Los que solo creen en la materia, dentro y fuera de la Iglesia, se burlan de lo que suena a desatino. ¿Quién te crees que eres? Pero, dice San Juan, Él hablaba de su cuerpo.
Los discípulos activan su memoria en dos tiempos, en dos fases. Cuando la enérgica expulsión de «todos», rememoraron que está escrito «El celo de tu casa me devora». En la Escritura encontraban la explicación de lo que, estupefactos, estaban contemplando con sus ojos.
Pero cuando resucitó de entre los muertos, entonces sí que recordaron todo, acumularon una triple comprensión: acerca de lo que Jesús había hecho limpiando el Templo, creyeron a la Escritura y, creyeron también en Él, a la palabra que había proclamado.
Es precisamente por ese fenómeno insólito y, difícil de creer, la resurrección de Jesús, por lo que este pasaje es tan consolador. La maldad de los hombres, incluida la venganza de los vendedores y cambistas, no puede torcer el designio salvador de Dios, ni su presencia, que ha fundado para siempre. Es posible que asistamos, desconcertados, a la expulsión de «todos» los vendedores y cambistas, de quienes han o hemos hecho de la casa de su Padre un mercado; Jesús no necesita presentar una credencial, un signo, que la autorice a semejante depuración, ya tiene pautada su vida en la Escritura. En cualquier momento, pero más aun cuando se acerca la Pascua, Jesús puede desbaratar los tinglados de quienes no sirven, sino que se sirven de la Iglesia, pero no hay que ver en ello ningún cataclismo, ni el final de los tiempos, sino que el celo de Jesús por la casa de su Padre es efectivo. Los que le rinden culto «en espíritu y en verdad» nada tienen que temer.
El hecho determinante de todo, lo que esclarece la realidad y lo que permite asentar la esperanza en el corazón de todo hombre, es la resurrección de Jesucristo. Sin ella vana es nuestra fe. Pero como desde su fundación la Iglesia atestigua que es cierta y ha de tenerse por segura la resurrección del Mesías, es posible un culto espiritual, al margen de cualquier corrupción que tenga lugar en el Templo. El eje del mundo es la Resurrección de Jesucristo.
