Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».
Él les dijo: «Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación”» (San Lucas 11, 1-4).
COMENTARIO
El Evangelio de hoy nos presenta el regalo más grande de Jesús a sus discípulos: la oración del Padrenuestro, La versión de Lucas, más breve y directa, responde a la petición sincera de un discípulo: «Señor, enséñanos a orar». La respuesta de Jesús no es una fórmula para ser memorizada repetitivamente esperando una respuesta mágica, sino la llave de acceso al corazón de Dios, que nos revela su identidad más íntima: Padre.
Hoy, 8 de octubre de 2025, celebro con alegría el 64 aniversario de mi Bautismo. Este es un día trascendental, pues por este sacramento fui injertado en Cristo como “hijo de Dios”. ¡64 años de filiación divina!
Esta realidad resuena poderosamente con el inicio del Padrenuestro: «Padre» (Lc 11, 2). Jesús nos autoriza a dirigirnos al Omnipotente y Eterno Creador del universo con la intimidad de un hijo que se dirige a su padre. El Bautismo no es solo un rito de iniciación, es el nacimiento a una nueva realidad: La vida del Espíritu y como dirá San Pablo en su carta a los Romanos; no hemos recibido este Espíritu para vivir como esclavos, con miedo; sino con un espíritu de Libertad, de hijos adoptivos que nos hace clamar ¡Abba!
El Papa Francisco nos ha exhortado en repetidas ocasiones a celebrar la fecha de nuestro Bautismo «como un nuevo cumpleaños», incluso más que el de nuestro nacimiento biológico. ¿Por qué? Porque ese día nacimos a la vida de la gracia, fuimos liberados del pecado y recibimos la vocación de la santidad. Es la fecha en que Dios nos hace entrar en la Iglesia, para él entrar en nosotros y no marcharse jamás. Hoy es un día propicio para renovar la conciencia de ser un hijo amado y, como dice la introducción a la “oración dominical” en la celebración eucarística, aquí sí que observo fielmente la enseñanza del Señor y, casi con osadía, me siento plenamente autorizado y tengo el atrevimiento de decirle a Dios: «Padre».
Santificado sea tu nombre, venga tu reino (Lc 11, 2): Ante todo, se pide por la gloria de Dios. La oración de un hijo se centra primero en el Padre y en lo que es y significa. De niño, los adultos lo primero que me preguntaban era: ¿y tú, de quién eres?; a lo que siempre respondía con orgullo: “De Emiliano el del ayuntamiento”. Siempre recuerdo con simpatía, yendo en el autobús por la plaza de Cibeles de Madrid; al pasar por el entonces Edificio de Telecomunicaciones, hoy ayuntamiento, a un niño de no más de 3 años, que por el comentario de sus acompañantes era hijo de un “simple” cartero, exclamar con orgullo: “Esa casa la ha hecho mi papá”.
Danos cada día nuestro pan cotidiano (Lc 11, 3): Un hijo confía siempre en la providencia del padre para las necesidades básicas, y nuestro Padre nuestro (está bien la redundancia) no solo nos provee del cuerpo, sino también del Pan de Vida, la Eucaristía, que nos sostiene cada día.
Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe (Lc 11, 4): Esta petición es el corazón de la vida filial. Reconocemos nuestra fragilidad y pedimos la misericordia del Padre, comprometiéndonos a trasladar ese perdón incondicional con nuestros hermanos. Hoy precisamente también, la iglesia nos invita a hacer memoria de Santa Faustina Kowalska, la «Apóstol de la Divina Misericordia». Su mensaje, centrado en la confianza en la infinita misericordia de Jesús, complementa perfectamente la enseñanza del Padrenuestro.
Si Dios es nuestro «Padre», el rostro de Su paternidad es la Misericordia.
Un Padre da el pan cotidiano por pura bondad y generosidad no como pago de nada.
Un Padre perdona por pura compasión, incluso antes del arrepentimiento y no como recompensa a ningún acto de reparación.
Un Padre no quiere que caigamos en la tentación por pura protección y amor. Pero es tal el amor, que no limita la libertad.
El Padrenuestro, el gran regalo del Bautismo, es la oración de la confianza filial y de la misericordia compartida. Hoy, al celebrar mi aniversario bautismal, quiero renovar mi compromiso de orar el Padrenuestro con la profunda convicción de ser escuchado, no por mis méritos sino, simple y llanamente, por ser un hijo amado.
