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Santo del día

San Ambrosio

By BuenaNueva7 de diciembre de 2017No hay comentarios5 Mins de lectura
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Le llamaron así por el nombre de su padre, magistrado romano, bautizado en los duros años de la persecución, y hombre de confianza del emperador Constantino que lo hizo Prefecto de la Galia. Ambrosio junior nació en Tréveris (ahora en Alemania) y aprendió de su padre la rectitud, la nobleza y el sentido práctico de la organización. El padre murió cuando Ambrosio tenía catorce años; la familia compuesta por su madre y tres hijos tuvo que regresar a Italia.

Ambrosio estudia a los clásicos griegos y latinos, retórica, oratoria y derecho.

Le cayó bien a Probo, buen cristiano, que está encargado por el emperador Valentiniano I de la administración de Italia. En el año 372 hace a Ambrosio gobernador de las provincias de Liguria y Emilia con capital en Milán, ciudad de intrigas políticas por ser la segunda capital del Imperio y sede ordinaria de los emperadores cristianos.

Al poco tiempo de estancia en Milán se ganó con su amabilidad y sabiduría la estima y el afecto de la gente. Se vio obligado a intervenir para poner paz en la ciudad. El obispo Auxencio, condescendiente con las doctrinas arrianas, ha muerto; para elegir sucesor se han reunido los cristianos y no hay acuerdo entre las dos facciones católicas y arrianas; las deliberaciones se alargan y hay peligro de alboroto porque los ánimos están cada vez más encrespados. Temiendo un tumulto y queriendo evitarlo, Ambrosio se hace presente, toma la palabra y habla con tal elocuencia y convencimiento que entre la turba sale una voz «¡Ambrosio, obispo!» que va creciendo en oleadas.

No sirvieron de mucho las protestas del que jamás le había pasado por la cabeza formar parte del estamento eclesiástico. Razones para rechazarlo estaban todas de su parte: Aún no era cristiano, porque había decidido retrasar su bautismo hasta la hora de la muerte, iba contra los usos, costumbres y leyes hacer obispo a un recién bautizado, había incompatibilidades jurídicas… Todo es inútil ante el querer de los fieles milaneses. A los ocho días de bautizado fue consagrado obispo: el 7 de diciembre del 374.

Ahora tendrá que gobernar la misma ciudad en distinta condición y con diferentes principios. Se muestra padre con los más pobres y necesitados; da consejos a quien se los pide; organiza la Iglesia, con preferente preocupación por el clero; está a la altura de los que componen el Senado y tiene que emplear firmeza, valentía y rigidez con los emperadores.

Peleó la batalla –y la ganó– del paganismo. Al nombrar emperador a Graciano, solo cuenta el joven indeciso 16 años; es un inexperto. La presencia de Ambrosio, que mereció tener siempre abiertas las puertas del palacio, se nota detrás de las leyes promulgadas que son firmes y facilitan la ejemplaridad cristiana. Quizá sea bueno recordar aquí los decretos que mandaban retirar la imagen de la diosa Victoria, poniendo punto final al ateísmo oficial, aunque fuera preciso mantener el tipo por la reacción violenta de la aristocracia romana y de los senadores paganos que se presentaron a protestar a su palacio y tuviera que dar contundente respuesta al discurso de Símaco, considerado como una auténtica joya de la oratoria. Más tarde completaría esta cuestión la decisión de Valentiniano II, cuando retirara las subvenciones para el servicio de la diosa Victoria.

La pelea doctrinal tuvo como escenario principal el tiempo del emperador Valentiniano II, aunque ya empezó en Sirmio con la sibilina e intrigante Justina, esposa de Graciano, que se mostró toda su vida juguetona con los arrianos. No cedió ante la presión para que cediera una de las principales basílicas a los herejes o a su obispo Auxencio, por más que tuviera que encerrarse en ella con los fieles y aguantar el sitio que el ejército imperial le puso; tuvieron que irse los soldados por el peligro de motín y tumulto que se temía. Mal pagó aquella retorcida mujer la embajada a la Galia que presidió Ambrosio para parlamentar con el general Máximo cuando las legiones de Bretaña lo nombraron emperador y Valentiniano tenía solo doce años.

Con el emperador Teodosio siempre estuvieron compenetrados en los principios religiosos, pero se puso de manifiesto la entereza del obispo de Milán en cuestiones disciplinarias al desatender el emperador el ruego de que suspendiera la represalia del 388, en Tesalónica, por la revuelta popular contra el césar. Varios miles de personas inocentes murieron en el circo durante las fiestas. El obispo impuso penitencia pública al emperador con la advertencia de que, en caso de rechazarla, se vería privado de los sacramentos y cerrada la puerta de la Iglesia. Arrepentido y despojado de sus insignias se presentó Teodosio con humildad, pidiendo la absolución y suplicando un puesto entre los fieles.

Por atender las necesidades de los pobres vació sus arcas y, cuando no quedaba más, no dudó en vender los vasos sagrados para darles de comer.

Mucho fue lo que predicó para catequizar. Conocía las maneras de la elocuencia clásica y tenía dominio de la oratoria; pero de ordinario su exposición fue sencilla, descomplicada, afable y convincente. Lo atestigua Agustín de Hipona, asiduo oyente.

Escribió numerosos tratados exegéticos, De las obligaciones de los clérigos y algunos Himnos utilizados en la liturgia; recopiló algunas homilías ya predicadas en Sobre las vírgenes para su hermana Marcelina; dio impulso a la vida monacal femenina con sus obras Sobre la virginidad y Sobre la formación de las vírgenes y La perpetua virginidad de María.

Muere Ambrosio en el año 397, cuando había puesto muy alto el prestigio del episcopado, viendo ya el ocaso del poderío de Roma y la descomposición del Imperio.

El santo patrón de Milán, uno de los cuatro grandes doctores de Occidente, fue un obispotodo terreno, ¿no?

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