En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.
Y añadió:
«Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos».
Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban (San Marcos 6, 7-13).
COMENTARIO
Es curioso el modo de actuar de Dios. Realmente no le hacemos falta para salvar el mundo. Solo él es el único Salvador. Y sin embargo nos asocia a su misión de salvación.
Es fácil que el hombre estropee o dificulte su obra redentora, pero él quiere asociar para la evangelización.
No estamos en presencia de alguien super inteligente sino ante la misma inteligencia infinita. Y resulta que salva al género humano por medio de su sangre y de la oblación de su vida. Y, por si fuera poco, eligió y elige a hombres de este mundo para continuar y hacer fructífera su obra de salvación.
Los sacramentos no es algo de época de Trento sino de la Iglesia. Ha sido decisión de Cristo comunicar su salvación por medio de los sacramentos.
No se puede reducir la evangelización a mera sacramentalización de los pueblos, pero en su aspecto principal el sacramento es irrenunciable a menos que se quiera hacer de la Iglesia una asociación benéfica o benefactora.
Dos elementos dan su punto de distinción al cristianismo frente a otras realidades de valor social; la divinidad de Jesucristo y la verticalidad o dimensión trascendente de la vida.
Cristo no es el jefe de una empresa que enseña comportamientos sociales magníficos de primerísima calidad; no es maestro de meros comportamientos buenos y altruistas. Es Dios hecho hombre que viene a salvar al mundo. La divinidad de Cristo es el punto radical de diferencia entre al cristianismo y otras confesiones religiosas. Se trata de Dios encarnado, no de un experto en materia sociales. El Salvador, el Mesías, el ungido del Padre.
Y por otra parte está la cuestión trascendente: los discípulos recibieron la potestad de expulsar demonios. La lucha del cristiano noes contra los poderes de este mundo sino contra potencias espirituales, como afirma san Pablo.
Divinidad y trascendencia son dos elementos propios que caracterizan la vida cristiana. Todo se desarrolla ante la mirada de un satán que ensucia y condena y un Dios que sana y salva.
La predicación apostólica no son consejitos para mejorar la vida sino mensaje de salvación.
Ante un mundo que niega la trascendencia y desconoce la realidad de Cristo la dificultad sube de punto.
La evangelización si quiere ser auténtica no se puede reducir a la enseñanza de meros comportamientos, por muy buenos que sean. Debe ir marcada, como no puede ser de otro modo, por la fe en la divinidad de Jesucristo y la radical importancia de las enseñanzas sobre el más allá.
El modo de evangelizar propia del auténtico apóstol es en pobreza, sin apoyarse demasiado en medios. Esta pobreza evangélica es la que hace creíble el mensaje que se anuncia. No hay, no debe haber, intereses propios por medio. Usar el evangelio y la predicación para ganar dinero no está bien. Se evangeliza en gratuidad. De lo contrario se hace un flaco favor a la penetración de la gracia evangélica en los distintos ambientes del mundo.
Esta pobreza tampoco debe ser alarde de austeridad sino testimonio del mensaje de Cristo. Es pobreza que hunde su raíz en la fe. Ahí está su centro, en la fe.
No son los estudios, ni las cualidades propias, ni las capacidades de convicción las que han de convencer, sin la fe y la unión con Dios del propio apóstol, que será las encargadas de comunicar la gracia salvífica que contiene el mensaje apostólico.
La fe, la oración, la visión sobrenatural son las apoyaturas de loe verdaderos evangelizadores. Pretender otro camino es algo iluso, con papeletas de ser algo demasiado humano, con mermas de lo divino.
No se niega el valor de los propios talentos puestos al servicio de la evangelización, puesto que es el mismo Dios el que los comunica. De lo que se trata es de apoyarse en ellos como si fueran los que convirtieran a las gentes. Talento sin gracia divina no es fórmula adecuada. Se trata de gracia de Dios que hace fecundo los talentos o dones que el Señor regala.
La calidad de la evangelización no está en los medios sino en el amor de Dios, en la caridad, en la fe.
La historia de la Iglesia siempre que nos presenta a sus mejores misioneros lo hace haciendo hincapié en sus cualidades sobrenaturales, fruto de una llamada de Dios (como en el evangelio se nos muestra). UN san Francisco Javier, un san Francisco Solano, un san Pedro Claver. Todos profundamente orantes, ninguno apoyados en sí mismos.
