«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Si me conocéis a mi, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto”. Felipe le dice: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. Jesús le replica: “Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mi, hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mi. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mi, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre; y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo hare”». (Jn 14,7-14)
Desde el principio del cristianismo, ha supuesto ardua tarea de teólogos y exegetas solucionar el problema de la verdadera entidad de Jesús; es difícil entender el sufrimiento de un Dios omnipotente, la “dualidad” de Jesús, segunda persona de la trinidad y hombre verdadero, engendrado en una mujer. En el Concilio de Nicea y después en el de Constantinopla se le declara “consubstancial al Padre”. Pero la búsqueda de una respuesta que hiciera compatible su naturaleza de hombre, que come, sufre y muere, con su misión de redentor y salvador, causó una explosión de herejías que llegan al mundo actual. A Sabelio, a mediados del siglo tercero, y más tarde a Arrio, culpable de una enorme división de opiniones cuyas teorías heréticas creen hoy los testigos de Jehová, siguieron Apolinar, Nestorio, y otros muchos. Unos ven a Jesús como un ser sometido a un proceso de deificación durante su vida, otros la convivencia en él de dos personalidades contrarias, e incluso algunos defienden la única condición de Dios (el logos) en un cuerpo no verdaderamente humano.
No entiendo estas grandes controversias en el seno de la Iglesia, frente a la afirmación dogmática de que Jesús era Dios en este pasaje del Evangelio, cuando ante el despiste de Felipe, Juan transcribe las palabras del Señor, que no dejan lugar a dudas: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. Tajante. No un símbolo, no un reflejo, y repite dos veces “Yo estoy en el Padre y el Padre en mí.”
Otro momento, también recogido por Juan 8, 58, en una discusión con los fariseos, que se declaran hijos de Abraham, Jesús les responde: «En verdad, en verdad os digo: antes de que Abraham existiera, yo soy”. YO SOY» (YHWH) es el nombre con el que Dios se presenta a Moisés, cuando este se lo pide. El que soy siempre, el que no tiene principio ni fin, solo puede ser de naturaleza divina. Esta es la razón por la cual quieren apedrearlo y lo acusan de blasfemia los maestros de la ley: Jesús se presenta como igual que Dios. Él se declara hijo, por tanto, de la misma condición divina que su padre, pero proclama la superioridad del Padre: “el Padre es más que yo.”
Jesús resulta, aún para los no creyentes, un ser humano fascinante: adelantado a su tiempo, pacífico en una sociedad donde la venganza era casi un deber, que asciende a la mujer de su injusta condición de menor, coherente con sus palabras hasta la muerte: un hombre fácil de admirar. Pero es necesario basar nuestra fe de cristianos en la seguridad de que Jesús es así porque es Dios, no un irrepetible personaje aparte. Él nos acerca al Padre, nos lo muestra comprensivo y amoroso, como vemos en distintos profetas: “Compasivo y misericordioso, lento a la cólera”; lleno de ternura para su pueblo con “el amor de un padre a su hijo, de un marido a su esposa”. Es preciso identificar la imagen de Cristo con la del Padre, desechar nuestros miedos al juez terrible, que se nos enseñó alguna vez, y fortalecer nuestra alegría de creer en un Dios trinitario, que es Amor, como razona en su encíclica Benedicto XVI.
Jesús vuelve al Padre y, desde el Padre, promete actuar como el Dios que es. Con la humilde evidencia de nuestra carencia y debilidad, tenemos que pedir como en el salmo 50: “Olvida mi culpa, borra mi pecado, porque si miras las culpas ¿quién podrá resistir?”, pero siempre abandonados en sus brazos, sabedores de la consoladora promesa de Jesús: “Lo que pidáis en mi nombre yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el hijo. Si pedís algo en mi nombre yo lo haré”.
Mª Nieves Díez Taboada
