En aquel tiempo, el tetrarca Herodes se enteró de lo que pasaba sobre Jesús y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos; otros, en cambio, que había aparecido Elías, y otros que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.
Herodes se decía: «A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es este de quien oigo semejantes cosas?».
Y tenía ganas de verlo. (San Lucas 9, 7-9).
COMENTARIO
El Evangelio que la Iglesia nos propone hoy narra la inquietud de Herodes Antipas, tetrarca de Galilea, al escuchar los rumores sobre Jesús. Las noticias que llegaban al gobernante lo comparaban con figuras de gran peso profético en la tradición de Israel: Juan el Bautista («resucitado»), Elías —esperado como precursor del Mesías— o alguno de los antiguos profetas. La repetición de estas especulaciones revela la confusión y la diversidad de expectativas mesiánicas entre el pueblo judío de la época. La mención explícita de la decapitación de Juan, ordenada por el propio Herodes, añade un trasfondo de culpa y temor en el gobernante: teme que aquel a quien él mandó matar haya regresado de entre los muertos o que alguien con el mismo poder divino haya venido a confrontar su conciencia. Finalmente, su deseo de «ver» a Jesús (v. 9) refleja un interés más político y morboso que creyente, anticipando la escena futura de la Pasión (cf. Lc 23,8-12), cuando Herodes tendrá a Jesús ante sí sin llegar a comprenderlo.
A diferencia de Marcos y Mateo, Lucas no relata la muerte del Bautista, sino que reproduce el pasaje introduciendo matices propios que le otorgan un carácter más personal. El evangelista cierra el texto con la pregunta clave sobre la identidad de Jesús, quizá como «monición» que prepara la confesión de Pedro, que tendrá lugar pocos versículos después.
Este pasaje, aparentemente discreto, podría pasar desapercibido al no pertenecer a aquellos que «calientan» el corazón o nos «interpelan» con dureza. Sin embargo, nos invita a confrontar la pregunta esencial: «¿Quién es este?». La figura de Herodes encarna a quienes se acercan a Jesús desde la curiosidad superficial o el temor, pero sin una auténtica apertura a la fe. El Evangelio sugiere que no basta con oír hablar de Cristo o buscar en Él un mero espectáculo —actitud propia de quienes viven el cristianismo desde la butaca de espectadores—, sino que exige una conversión personal para reconocerlo como Señor.
Esta palabra nos interpela, en clave espiritual, a reflexionar sobre si, en ocasiones —influidos por el ruido del mundo—, tendemos a reducir a Jesús a un personaje histórico, un moralista o un profeta más, sin descubrir en Él al Hijo de Dios vivo. La reacción de Herodes refleja lo que ocurre cuando el corazón está dividido: reconoce lo extraordinario, pero se resiste a la fe. El Evangelio, por tanto, nos desafía a superar la mera curiosidad o la rutina irreflexiva —esa relación superficial— y a entrar en una relación personal y confiada con Jesús. Solo así su presencia podrá iluminar nuestras culpas y dudas, permitiéndonos mirarlas «cara a cara» con la certeza de que Él ha venido a salvar a todo ser humano.
