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Evangelio

Quien es amigo del mundo es enemigo de Dios

By BuenaNueva22 de noviembre de 2013No hay comentarios4 Mins de lectura
Comentario al evangelio de hoy Viernes
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«En aquel tiempo, entró Jesús en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: “Escrito está: ‘Mi casa es casa de oración’; pero vosotros la habéis convertido en una cueva de bandidos”. Todos los días enseñaba en el templo. Los sumos sacerdotes, los escribas y los notables del pueblo intentaban quitarlo de en medio; pero se dieron cuenta de que no podían hacer nada, porque el pueblo entero estaba pendiente de sus labios». (Lc 19,45-48)


Ya lo habías dicho cuando apenas tenías doce años, y te quedaste tres días, perdido y encontrado, en ese mismo templo: «…Yo debo estar en las cosas de mi Padre» (Lc 2,49), en la Casa de mi Padre. Sabías que esa casa era la casa de la presencia, de la oración del Israel de siempre, que tu Padre y tú habíais creado. Ahora enseñabas todos tus días de hombre público, algo nuevo en aquel templo de Jerusalén, aunque tu oración personal también la hacías en la soledad del huerto de los olivos, o en la cumbre de otros montes, porque había llegado la plenitud, y te hiciste tú mismo la nueva mansión del Padre para nosotros, la nueva y definitiva enseñanza del Padre, el nuevo y sustancioso alimento del Padre, nuestro pan de cada día, nuestro Templo de Espíritu y Verdad.

Si mi alma es tu «casa de oración», la casa y el templo de mi Padre y tuyo, para relacionarme con vosotros, ¿Qué he hecho yo con ella? ¿Qué vendo en ella?¿Qué trafico?¿Doy cobijo a esos bandidos de mis propios pensamientos que me roban la paz, y la ocasión de poder hablar contigo en la serenidad y la confianza?¿Qué se hizo de mi promesa en la dedicación y consagración de ese templo para la alabanza permanente?¿Acaso busco acabar contigo de alguna manera, y no lo hago por miedo al qué dirán?

Todos los días sigues enseñando en este templo nuevo, que es el alma del hombre convertido en casa del Espíritu, aunque como aquellos escribas y principales del pueblo, aún «no sabemos bien qué hacer» contigo, juntos contigo. En cuanto lo sepamos y lo hagamos, se acabará el hambre y la miseria en el mundo, y seremos la casa de oración que tú soñaste y predicaste en aquel templo. Mientras, de nuevo serás crucificado cada día.

Quizás la solución empezará a ser efectiva cuando, como a ti, «el celo de tu casa de Dios, me devore» (cfr Jn 2,17). Será el signo de que allí estas tú, como nos cuenta Juan sobre la misma escena.

Lucas no nos dice cómo echaste a todos, pero lo cuenta Juan, y parece disfrutar con ello, revelándonos un aspecto tuyo que uno no se atreve a figurarse, por si acaso le alcanza: la violencia del Reino, el celo apasionante por las cosas del Padre, el celo que devora: «Haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí…»» Desde luego que por tu buenismo, y el de tus razonamientos pacifistas, no se iban a ir.

No pusiste la violencia como remedio  —aunque a veces haya que usar un buen látigo— sino que subrayaste la convicción de que la Casa del Padre, es casa de oración. Cada sitio, cada cosa, tiene su forma de usarse en el reino tuyo. La relación con el Padre y contigo, como finalidad de todo tu programa, es el amor que ora, que pide, que busca, y en el encuentro se queda.

La gente gozaba escuchándote. Aquellos gestos tuyos en el templo, arropando tu enseñanza diaria, frente a los que habían hecho allí un altar y un trono al dios dinero, les hacía decir a los sencillos, “¿Qué doctrina es esta? ¿Quién es este que enseña con esta autoridad?”. Estaban encantados, pero no tardarían mucho en pedir a Pilatos tu muerte. Lo sabías bien, Maestro de contrastes, y no te echaste atrás. Ni entonces, ni ahora para los que te buscamos y nos sentimos templo tuyo. Hiciste lo que tenías que hacer, proclamar la gloria de tu Padre y enseñarnos su nombre.

¿Tendremos que hacer un látigo con las cuerdas que nos atan al mundo, y echar de una vez fuera nuestros ídolos? Cada uno sabe. Y Dios también los sabe.

Manuel Requena

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