Una vez que Jesús estaba orando solo, lo acompañaban sus discípulos y les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?».
Ellos contestaron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros dicen que ha resucitado uno de los antiguos profetas».
Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Pedro respondió: «El Mesías de Dios».
Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie, porque decía: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día» (San Lucas 9, 18-22).
COMENTARIO
Aconteció que, orando Él (Jesús) a solas, estaban con Él los discípulos, a los cuales preguntó: ¿Quién dicen las muchedumbres que soy yo? Respondiendo ellos, le dijeron: Juan Bautista; otros, Elías; otros, que uno de los antiguos profetas ha resucitado. Él les pregunto: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Pedro tomó la palabra y dijo: “El Ungido de Dios”. Él les prohibió decir esto a nadie. Añadiendo: Es preciso que el Hijo del hombre padezca mucho y que sea rechazado de los ancianos, y de los príncipes de los sacerdotes, y de los escribas, y sea muerto y resucite al tercer día (San Lucas 9, 18-22).
Los tres primeros evangelios recogen la confesión de fe de San Pedro. En el caso de Lucas, que es el que corresponde hoy, se narra el episodio de modo más condensado que en Mateo (Mt 16, 13-20) y en Marcos (Mc 8, 27-30). En todo caso, nos puede ayudar contrastar los tres pasajes. Así, en Mateo se ve muy claro como después de la confesión de Pedro el evangelio adquiere un tono distinto. Jesús se dirige a sus discípulos con enseñanzas sobre su propia misión como Siervo doliente y sobre lo que debe ser la futura vida de la Iglesia. En el caso de Marcos, también el horizonte del Evangelio cambia y desde ese momento Jesús se dedica con mayor intensidad a la formación de sus discípulos mostrándoles la necesidad de su pasión para entrar en su gloria. En el pasaje de hoy, en la segunda parte Jesús también nos habla de la necesidad de la cruz, que Él padecerá, para llegar su resurrección, que es la nuestra.
En esta temporada con la acuciante incertidumbre en nuestra vida por la pandemia, alcemos los ojos a Cristo, aprovechemos las contrariedades que esta vulnerabilidad global conlleva, para no permitir que en nuestro corazón se apague la esperanza y la realidad del cielo, que es la Patria definitiva.
Aprendamos del Papa, sucesor fiel de Pedro que con su ejemplo y con sus palabras, con su oración nos llama y conduce a ser fieles, a vivir la unidad, a mirar todo con visión sobrenatural, volviendo a descubrir que para los que aman a Dios todo es para bien; algo que se palpa si está protegido por la bendita unidad de todos alrededor de Pedro, al que Jesús ha dejado la misión de conducir al pueblo cristiano.
