Cuando se acercaba Jesús a Jericó, había un ciego sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le informaron: «Pasa Jesús el Nazareno».
Entonces empezó a gritar: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!».
Los que iban delante lo regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «Hijo de David, ten compasión de mí!».
Jesús se paró y mandó que se lo trajeran.
Cuando estuvo cerca, le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?».
Él dijo: «Señor, que recobre la vista».
Jesús le dijo: «Recobra la vista, tu fe te ha salvado».
Y enseguida recobró la vista y lo seguía, glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alabó a Dios (San Lucas 18, 35-43).
COMENTARIO
“Cuando se acercaba Jesús a Jericó…” Lo primero que nos encontramos en este relato evangélico es un dato geográfico: Jericó, la ciudad más antigua de la civilización, un exuberante oasis en medio de un inhóspito desierto a pocos kilómetros de la depresión más grande del planeta: el Mar Muerto, a más de 400 m. bajo el nivel del mar. Una ciudad que aparece en la Biblia como inexpugnable, fuertemente parapetada por sus murallas que acaban cayendo como un castillo de naipes tras el séptimo toque de trompeta del pueblo de Dios (Cf. Jos. 6, 16 y Ap. 11,15) que supone lo que será el inicio imparable de la entrada en una tierra nueva, una realidad nueva donde Dios resulta victorioso ante cualquier barrera que separa al hombre de su historia de salvación.
Jericó es también la ciudad de Zaqueo (Lc. 19, 1-10) hombre rico pero que no da la talla, adinerado pero despreciado por el pueblo. También Jesús tendrá un encuentro con él y le abrirá los ojos para poder ver dónde está el auténtico tesoro.
Jesús, en este viaje en que se dirige a Jerusalén, hace un camino de descenso, de “kénosis”, Siendo de condición divina, se despojó de su rango (Cf. Flp. 2, 6-11). Desciende para encontrarse con una humanidad que vive en una profunda depresión, no solo geográfica; sino, sobre todo, existencial. Aquí a casi 300 m. bajo el nivel del mar, habrá de encontrarse con un ciego que vive en un oasis del que no puede disfrutar; al igual que Zaqueo que posee una abundancia de la que tampoco puede disfrutar; es objeto de burla y que, además, le esclaviza.
También está la gente. Quieren ver a Jesús con la curiosidad del que recibe una visita de alguien que ha logrado cierta fama. Forman bullicio, pero solo ven al “hombre” Jesús el Nazareno. No tienen la fe suficiente para descubrir la trascendencia de semejante personaje. Por eso mandan callar al ciego. No vale la pena molestarle.
Sin embargo, al ciego Bartimeo ya se le han abierto los ojos de la fe. No se queda con el “Pasa Jesús el Nazareno”. Él ve lo que los otros no ven: “Hijo de David, ten compasión de mí.” Jesús se dirige a Jerusalén, a más de 700 m. sobre el nivel del mar; más de mil metros en unos 35 km. Una fuerte subida, donde Jesús va a entrar y ser aclamado como “Hijo de David”. Continúa el himno de Filipenses: “Dios lo exaltó y le dio el Nombre-sobre-todo-Nombre”. Este ciego, en el punto “mas bajo” de Jesús (Tomó la condición de “siervo”) es capaz de descubrir aquél ante el cual “toda rodilla se doble”: “Ten misericordia de mí”, le grita. Reconoce su ceguera.
¿Qué quieres que haga por ti?, le pregunta Jesús. En principio, aunque estamos influenciados por el “spoiler” de que es un evangelio muy conocido y ya nos sabemos la respuesta, lo lógico sería esperar que contestase a esta pregunta con un lacónico: “Pues unas monedillas…” A fin de cuentas, estaba pidiendo limosna. Cuando oímos a un ciego de la “ONCE” gritar esa cantinela de: “¡Iguales para hoy!”, si alguien se para ante él y le pregunta: ¿qué quieres que haga por ti?; no me imagino que la respuesta sea pedir la vista; a lo más, que le compres un par de cupones o el “rasca”.
En una entrevista radiofónica, el presentador me preguntaba: “¿qué es lo primero que te pide un preso cuando entras a la cárcel?”. “-Pues, un cigarro.” Le respondí de manera concisa. Es cierto. Muchas veces somos muy pobres hasta para pedir. En la cárcel también les suelo repetir: “-Si lo que esperáis de aquellos que venimos en nombre de Jesucristo, enviados por la Iglesia; es solo un cigarro, o unas zapatillas, o un PIN telefónico, (que todo ello les hace falta y también hay que proveerlo, aunque solo sea por dignidad humana) ¡¡Qué poco pedís!!!, les digo asertivamente.
En realidad, Jesús no solo abre los ojos al ciego. Sobre todo, se los abre a la gente, a los que le mandan callar, a los que no esperan nada especial… “Y todo el pueblo, AL VER esto, alabó a Dios.”, termina afirmando el texto.
Hoy Jesús también pasa por delante de ti. Quizás no lo veas, pero al grito insistente de “¡Jesús, hijo de David, ten piedad de mí!” (Lo que se llama la “oración del corazón”), él se detiene y también ahora te pregunta: “¿Qué quieres que haga por ti?”
