En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesárea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»
Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.»
Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»
Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás! porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo» (San Mateo, 16, 13-19).
COMENTARIO
Se trata de un texto fundamental para la Teología y le espiritualidad cristiana, por su contenido dogmático y por finura espiritual. El primado de Pedro, la confesión que hace de la personalidad mesiánica del Salvador y la vinculación divino-humana entre la Iglesia triunfante y la Iglesia militante en su capacidad para perdonar pecados, constituyen el núcleo dogmático del texto. Nos centramos más en el aspecto espiritual del mismo.
Las puertas del infierno no podrán contra la Iglesia. Aspecto decisivo. Los ataques de satanás contra todo lo bueno, contra todo lo sacro, contra la obra de Dios, contra su Iglesia, necesitan de la protección de lo Alto para subsistir en el combate. La frase no deja de ser misteriosa y su significado profundo; los ataques del maligno, abundantes y persistentes, encuentran un muro inexpugnable en la gracia que Dios otorga a sus hijos en la Iglesia. Las tentaciones siempre están ahí, pero aquí se habla de algo más serio y hondo; de la destrucción de la Iglesia. “No podrán contra ella”. El demonio, a pesar de sus trofeíllos, queda vencido ante los muros eclesiales. La Iglesia es su perdición.
Resulta llamativa la victoria de Cristo al frente de su Iglesia y las escaramuzas que el enemigo hace. Parece difícil conciliar, pero… la frase está ahí: “No podrán contra ella”. Las puertas del infierno, es decir, su reino y su poder temporal, acabaran siendo vencidos. Les toca a los hijos de la Iglesia ponerse siempre y en cada momento bajo la bandera del Salvador. Orando, amando, viviendo vida sacramental.
A veces se tiene la sensación de que gana el mal en general. Pero, como digo, la frase, ahí queda con toda su verdad: “Las puertas del infierno no podrán contra ella”. No perdamos Esperanza ni nos dejemos achicar por el mal. Luchemos cada día las batallas santas, que las heridas en el combate no significan necesariamente la victoria de luzbel, ni mucho menos.
El Señor llama a Pedro bienaventurado, feliz, por el hecho de haber recibido una revelación de Dios Padre. Ha sido él el que la confiado quién es verdaderamente su Hijo. Ya se sabe que la relación entre el Hijo y el Padre presenta unas notas muy concretas, según nos dice la Teología. Es una relación en la que el Padre tuvo y tiene que gestionar, diríamos, su unión con ese Hijo que desde la Encarnación tuvo cuerpo para siempre. Ya
no es mera relación entre dos personas divinas sino relación que sigue en pie pero que una de las partes tiene un cuerpo. En Cristo en quien habita corporalmente la plenitud de la divinidad (col 2,9-11) debe haber unos ecos del Padre que solo el Hijo puede vivir y expresar. Nadie habla del Padre mejor que el Hijo. Nadie hable del Hijo mejor que el Padre. Mutua relación divina de amor.
Y es el Padre en que introduce en Pedro la verdad del Hijo encarnado: El Mesías, el Hijo del viviente. No ha sido una adquisición humana sino un regalo que Dios Padre, en Pedro, concede a la humanidad. Tuvo que ser algo maravilloso lo que Pedro entendió de parte del Padre. Un Dios que vierte su voz en una criatura por vía sobrenatural. Pedro se quedó entendiendo más al Hijo, pero entendiendo más al Padre. Quedaría preso de un amor trinitario que le daría fuerza para su futura misión.
Pedro todavía tiene que caer varias veces antes del ejercicio de su ministerio. Dios me lo está preparando para su labor apostólica con revelaciones del Padre, y con humillaciones de la tierra. El que le negó en público será príncipe de la fe.
Así nacen todos los santos, con las humillaciones combinadas con el Amor guiador, revelador y transformador que viene del Cielo. Los conocimientos humanos no atinan con lo más excelso, no saben llegar al Cielo. Bajando éste, la Iglesia se pone en marcha, cada uno de los cristianos se arranca hacia arriba. Pero tiene que hablar el Padre.
El evangelio de hoy acaba con el silencio mesiánico, siempre sorprendente. Ordenó que no dijeran a nadie que Él era el Cristo. ¡Pero bueno, esto parece el colmo! Pero no, todo está en su sitio. Cristo pasó haciendo el bien, y todo lo hizo bien. Se trata de una orden fuerte. No quiere que sus discípulos se lancen a proclamar lo que todavía no se siente autorizado por su Padre para comunicar. Es el estilo del Señor, bien distinto del puramente humano. Nosotros somos inmediatos, pero Dios es soberano en su ser y decidir, Cristo sabe y eso basta. Bastó y debe bastarnos cada vez que decide cosas en nuestras vidas que no entendemos. En general avanzamos más sin entender que entendiendo, según san Juan de la cruz. Misterios de humildad sobrenatural, misterios de la santidad.
