Alguien dijo que leemos para saber que no estamos solos; quizá hoy se podría decir, pensando en los móviles y en fenómenos como el “whatsApp”, que llamamos para saber que no vivimos solos. Y no lo estamos, al menos los cristianos lo sabemos. La fe nos asegura que Dios nos ha querido salvar, no individualmente, sino por medio de una familia —la Iglesia—, semilla de unidad en la familia humana.
En la nueva evangelización todos hemos de colaborar para transmitir la fe, de modo que sea lo que determine nuestra vida “en Cristo” por el Espíritu, como ofrenda al Padre y servicio al mundo. Y la fe tiene hoy un referente preciso y certero en el Catecismo de la Iglesia Católica. En otros términos, el papel del Catecismo de la Iglesia Católica y su Compendio depende ahora, en gran medida, de nosotros; de que sepamos apoyarnos en ellos para la iniciación cristiana y la formación permanente de los cristianos, de modo que podamos ser en el mundo germen de unidad y de fraternidad.
en un mundo globalizado
El Catecismo vio la luz en 1992, en un momento en que se hablaba de globalización, rápida en la economía y en la comunicación, pero fragmentaria y tardía en lo cultural. Veinte años después somos más conscientes de los problemas que todo ello comporta. La globalización sigue avanzando desde el punto de vista tecnológico. Se impone la cultura de la imagen, como vehículo transmisor de ideas y de certezas. La imagen es capaz de percibir, explorar y comunicar la realidad con nuevas perspectivas. Estos nuevos lenguajes se perfilan idóneos para la transmisión de la fe e incluso para estar presente en la metodología teológica.
La “nueva cultura” presenta luces y sombras que las ciencias humanas y sociales están poniendo de relieve, y que se han hecho evidentes en la crisis económica, que tiene un contexto ético de fondo. Se aspira al diálogo respetuoso y a la comunión entre los grupos humanos, aunque no siempre se logra, sobre todo por la difusión del relativismo y el individualismo. Ha habido un fuerte movimiento migratorio hacia los países occidentales, que está retrocediendo debido a las consecuencias de la crisis. Entre tanto el debate cultural sigue siendo escaso. Y a todo esto se ha sumado lo que Benedicto XVI llama la “emergencia (urgencia) educativa”.
Estas son algunas pinceladas sobre el marco de un necesario diálogo intercultural. Y para este diálogo, importante también dentro de la Iglesia, hace falta un “lenguaje común”, que sea capaz de respetar las legítimas diversidades en el modo de percibir, vivir y comunicar la fe cristiana.
ni se compra ni se vende, se comparte
La fe que hemos de transmitir en la nueva evangelización es a la vez asentimiento a Cristo y “despliegue” de contenidos. La fe tiene consecuencias para la inteligencia y para la vida cristiana que es “vida de fe”. Se extiende comunicándose y decrece si no se comparte. Es profundamente personal, de modo que sitúa a cada uno ante una aventura irrepetible, que se deriva del encuentro íntimo con Cristo, y se vive en el “nosotros” de su cuerpo, que es la Iglesia. No resiste ser encerrada en el ámbito privado, sino que posee también una dimensión pública y social. No se compagina con el individualismo, cerrado en el yo, sino que conduce a entregarse sinceramente en servicio de los demás, especialmente de los pobres y los necesitados.
La fe debe, en nosotros, abrirse a la razón y a la ciencia; y con ellas, puede construir puentes entre las culturas, en la medida en que razón y ciencia se abran a la trascendencia del espíritu humano; pues, como decía Juan Pablo II ante las Naciones Unidas en 1995, en lo más profundo de cada cultura se encuentra su acercamiento al misterio de Dios.
La fe mueve las montañas del egoísmo e impulsa profundas transformaciones de la historia, normalmente de modo discreto y silencioso, por medio de la vida fiel de los cristianos. Por otro lado, a causa de los límites y el carácter dinámico de la libertad humana, capaz de esclavizarse a sí misma, la fe no encuentra siempre la respuesta que pide. Hoy estamos llamados a redescubrir la fe en todas sus dimensiones: pide ser vivida, conocida y comunicada (cf. Benedicto XVI, Carta apostólica Porta fidei, 11-X-2011).
un catecismo hecho vida y cultura
Subrayemos la dimensión cultural de la fe. “Una fe que no se convierte en cultura es una fe no acogida en plenitud, no pensada en su totalidad, no vivida con fidelidad” (Juan Pablo II, Carta por la que se instituye el Consejo Pontificio de la Cultura, 20-V-1982). Y esto significa que la fe ha de iluminar y vivificar las familias y las profesiones, los sistemas de pensamiento, las ciencias y las artes, el ocio y el deporte; también la actividad sociopolítica, en diversidad de opciones y en amable diálogo con los no creyentes, diálogo posible solo en la medida de la autenticidad y de la apertura de todos a la verdad.
Pues bien, el Catecismo de la Iglesia Católica y su Compendio son referencia y garantía para poder llevar a cabo ese diálogo, desde la “fe vivida” e iluminada por el Evangelio, en nuestro mundo de “dimensión universal” y “globalizado”. Sin duda que para ello se requieren mediadores dispuestos a estudiar el Catecismo y hacerlo “tema” de su oración” para vivirlo y así poder explicarlo a otros, de manera que pueda informar los comportamientos y las costumbres de las personas, contribuyendo desde dentro de ellas a liberar las “semillas” de verdad, de belleza y de bien, latentes en las culturas.
Mediadores también para dialogar sobre la fe, con referencia a este Catecismo del tercer milenio, por los nuevos cauces de transmisión de ideas y conocimientos: sms, blogs, webs, redes sociales.
se transmite lo que se vive
La fe que se transmite, o mejor que se contribuye a transmitir (porque la fe es don de Dios), es solamente la fe coherente, la que mueve a realizar la verdad en la caridad, y vive por las obras buscando la verdad.
Ante las variadas dimensiones de la fe, puede surgir el desconcierto de muchos que se preguntan si los cristianos no habremos fracasado en lo fundamental (la “transmisión de la fe”). En las últimas décadas ha surgido un movimiento pendular en la formación cristiana, que en los siglos pasados se centraba en los conocimientos, hacia una formación que subraya el interés por la vida. Y quizá esto sea tan válido como lo otro, siempre que no se olvide que estamos ante dimensiones de la fe, que no pueden vivir cada una al margen de las otras. Los mediadores y las mediaciones más eficaces del Catecismo son las vidas iluminadas y coherentes de los cristianos.
La Iglesia nunca ha impuesto un catecismo “único y definitivo” para la formación cristiana. Ahora nos ofrece este instrumento vivo y actual que es el Catecismo de la Iglesia Católica y su Compendio. Contienen la exposición autorizada —y sintética en el caso del Compendio— de los cuatro “pilares” que sustentan el edificio de nuestra vida en Cristo: profesar la fe, celebrar los misterios, vivir conforme a la ética cristiana y orar a Dios.
Ambos constituyen una ayuda preciosa para la tarea formativa y un punto de referencia para la elaboración de otros catecismos y subsidios en la educación de la fe. Son luz para redescubrir lo esencial de la fe, que puede ser creído, celebrado y vivido con diversas expresiones; como “alma” del “catecismo vivo“ que es, debe ser, sobre todo, la vida de los cristianos en la sociedad.
Y así, en la estela de la “tradición viva” que es la Iglesia, el Catecismo es un don para la renovación personal y la renovación de la Iglesia misma al servicio de nuestro mundo.
Ramiro Pellitero
Universidad de Navarra