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Juan José Prieto Bonilla

Palabras

By BuenaNueva10 de abril de 2014No hay comentarios5 Mins de lectura
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Dicen que no se termina de aprender un idioma hasta que no se piensa en ese idioma. Esto demuestra que los pensamientos son palabras o sonidos y viceversa. Pongamos un ejemplo: puedo invitarte a pensar en un “kapih” y no es fácil que seas capaz de lograrlo; pero, en cambio, si te digo que pienses en un mono, la cosa cambia, y sin embargo, la palabra significa lo mismo en diferentes idiomas.

Lo que es innegable es que yo pienso en castellano, otro piensa en inglés, otro en francés y otro en polaco, por ejemplo.

También dicen que el lenguaje evoluciona, aunque lo que yo creo es que la mayoría de las veces el lenguaje involuciona o, peor dicho, se contamina y degrada perdiendo el verdadero significado de las cosas y, por tanto, el conocimiento verdadero de las mismas. Esta contaminación de un idioma no es tanto por la mezcla con otros idiomas sino por nuestra ignorancia e irreflexión.

Si conoces un idioma y lo utilizas con corrección, y piensas en dicho idioma, eso mismo estarás haciendo con tus pensamientos. La precisión en las palabras será precisión en las ideas y en el pensamiento. Pero, desgraciadamente, en la educación de nuestros jóvenes se ha degradado esta precisión en el lenguaje, sin darnos cuenta cómo esto repercute directamente en nuestro sistema de pensamiento y, por consiguiente, en la capacidad de verbalizar tanto nuestros propios sentimientos y emociones como los de los demás.

Desgraciadamente, hoy las cosas son “guays” (grandes, pequeñas, bonitas, feas, etc.) dependiendo del asunto en cuestión, o “cutres” (grandes, pequeñas, bonitas, feas, etc.) también dependiendo del asunto en cuestión.

No puedo imaginar qué puede haber en la mente de alguien cuyo lenguaje queda reducido a cosas “guays” o cosas “cutres”. Digamos que pierde capacidad de pensamiento y, por tanto, de verbalizar y reconocer sus emociones. Le pasarán cosas y, sencillamente, no sabrá qué le pasa, se sentirá guay o cutre, sin mayor capacidad de análisis, perdiendo así muchas posibilidades de acceso al mundo sutil o mental que le brinda su maquinaria humana, como conocimiento a través del lenguaje.

No estoy invitando a nadie a que sea un redicho, ni se aprenda el diccionario de memoria. Estoy diciendo que la precisión en el lenguaje y en el pensamiento van de la mano, con muchas o pocas palabras. Yo no soy ningún gran conocedor del lenguaje como todos podéis haber comprobado. Sin embargo, sé apreciar la belleza de las palabras que se utilizan en los Salmos o en libros como el Eclesiastés o el Evangelio de San Juan que, sin utilizar un lenguaje rebuscado o excesivamente elaborado, resultan de una gran precisión y belleza, llegando a tocar el corazón. Esto es, sin duda, porque algún tipo de disciplina ha actuado sobre la mente y el corazón del narrador, que le da esa capacidad de tocar con su palabra el corazón de las personas. Y dicha disciplina no es ni más ni menos que hablar con Dios, es decir, la Oración.

Hablar con Dios te dispone con una actitud de respeto en tus palabras. La lectura de las Escrituras en general y de los Salmos en particular, disciplina el habla de forma que no solo llega a no ser hiriente para nadie, sino que agrada y conforta el espíritu de los demás. Y lo más sorprendente es, que aunque uno ore sin palabras, el efecto es el mismo. Una oración sincera sale del corazón y una práctica continuada de la Oración, hace que el individuo aprenda a hablar desde el corazón.

Lo que se dice desde el corazón llega fácilmente y tiene su efecto en los corazones de los demás. En cambio, lo que se dice desde la mente, llega con mayor dificultad y tiene su efecto en la mente de los demás. Además, lo que se dice desde la garganta y de forma irreflexiva es hablar por hablar, llenar el espacio de ruido y esto no llega a nadie. El poder de la palabra es inmenso y su disciplina es la Oración y la lectura de las Escrituras.

Todos los cristianos estamos seguros de que cuando Jesús decía a una persona “Vete en Paz”, ya no quedaba más remedio y esa persona marchaba en paz, por muy agitada que hubiera estado. Todo ello por el poder de su Oración, por el poder de su Palabra en el corazón de los hombres. Imagino que cuando Jesús decía a alguien: “tus pecados son perdonados”, esa persona sentía el perdón y misericordia de Dios en su corazón, de tal manera que su ego y su sufrimiento mental serían barridos de sopetón. ¡Cuánto mejor esto, que curar una cojera o una ceguera! Y todo por el poder de su Palabra, capaz de llegar a lo más profundo del corazón, por el poder de su constante Oración.

No es casualidad que sus discípulos más directos le dijeran con gran precisión, “Tú tienes palabras de vida eterna”. Podrían haber dicho “¡Qué guay!”, pero no habría sido lo mismo.

 J. J. Prieto Bonilla

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