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BuenaNueva 46

Padres permisivos: hijos infelices

By BuenaNueva1 de mayo de 2014Actualizado:13 de mayo de 2014No hay comentarios9 Mins de lectura
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Los padres permisivos suelen tener hijos pasotas. Por eso cuando se quejan de que su hijo es pasota, es muy probable que ellos sean muy permisivos: «De tal palo tal astilla». De padres permisivos surgen hijos desmotivados y confundidos, que ignoran cómo disponer de la libertad para elegir acertadamente, porque desconocen qué es bueno y qué malo. De padres permisivos surgen hijos perplejos, que se hunden en las dudas, que los atenazan hasta el punto de que sin malicia alguna no saben qué elegir. Han perdido el norte y no saben qué hacer en la sociedad permisiva en que viven. Este modo de comportarse, una y otra vez, genera, ade­más de la confusión un cierto hábito de comportamiento, es decir, un estilo de vida indeciso, justamente el que los padres les reprochan.

El comportamiento de las personas permisivas configura la sociedad permisiva. El tejido social permisivo (más que de sociedad, prefiero ha­blar de tejido social, una metáfora histológica tomada de la biología) sufre las consecuencias de que cada célula no interacciona con las otras. Si hubiera esa interacción el tejido social serviría para algo, pues la unión de unas células a otras con una misma dirección daría lugar a ciertas sinergias, susceptibles de generar funciones complejas y enriquecedoras para todos.

Una sociedad funciona cuando las personas no están aisladas, sino que están unidas porque tienen intereses comunes, es decir, un bien común, que, por ser común, todos se comprometen en sacar adelante.

Pero si hay un bien común, entonces no es posible la permisividad. La permisividad acontece cuando no hay bien común en el que creer y por el que apostar.

Sin bien común la sociedad se disgrega y deja de ser tal, transformándose en apenas un conglomerado de perso­nas. En un conglomerado cada persona vive aislada de las otras sin que haya interacción entre ellas. Allí no hay sinergia entre los elementos de ese tejido y, por tanto, no se suscita una función estructurada, finalista, eficaz y con capacidad de alcanzar un fin. La conducta permisiva lo que hace es romper el es­caso y siempre delicado tejido social. La sociedad, entonces, se disgrega, se rompe, se atomiza. Si todo está permitido, entonces no es posible que haya tejido social: comienza el regreso a la jungla.

sin valores compartidos no puede haber solidaridad

Si no hay valores, si la sociedad es permisiva (si cada uno va a lo suyo), no puede haber solidaridad. ¿Cómo va a hacerse solidaria una persona con otra de manera que los dos formemos un sólido —in solidum—, un proyecto espeso, macizo y denso, si no hay nada que los una? Esto es lo que explica que los hijos «pasen» de todo y que no se solidaricen con nada.

Si todo estuviera permitido, no habría pluralismo. Lo que hace que haya pluralismo son los valores, que diferencian pero también unen a unas con otras personas. La permisividad total impone la homogeneización de las personas, y cada una de ellas deviene en algo igualitario, nivelador y colectivista que bloquea y frustra su singularidad y diferenciación personal.

Con la permisividad la sociedad no crece sino que se transforma: la persona deviene en hombre-masa. Si todos fuéramos homogéneamente iguales, la sociedad sería un desastre y la atmósfera, por aburrida, sería irrespirable. Si todo está permitido no tiene cabida la tolerancia. Tolerar que otro sea diferente que yo en esto y en aquello, que piense de manera diferente a como yo pienso, eso no puede aprenderse en un ambiente masificado.

Si todo estuviera permitido, no sería posible la comprensión. Comprender es ponerse en lugar del otro. Pero si no sabemos quién es el otro y además no nos interesa, porque todos son iguales, para qué esforzamos en compren­derle. Cuando respetamos al otro es porque sabemos que el otro es diferente: un valor único, irrepetible en el mundo y en la historia. Pero si el otro no es un va­lor, si es algo indiferente, repetible, indistinto que yo y que los demás, entonces, ¿por qué le voy a respetar?

¿Es posible que una cultura perviva sin valores? Cultura viene de cultivo, de cultivar algo que es bueno para el hombre. Lo que no es bueno no se cultiva. Cultivar supone quitar las malas hierbas, regar, mirar al cielo para observar si lloverá o no, trabajar y una decidida confiada. El poco trigo de que dispone el agricultor lo tira al campo en la confianza de que el próximo año habrá cosecha. Si no pensara que el trigo es un valor, si no tuviera confianza, no sacaría de su gra­nero el escaso trigo que tiene para sobrevivir el largo invierno y no lo tiraría para que se muera en el campo.

¿Puede haber una cultura sin valores? ¿Puede progre­sar la cultura en una sociedad permisiva? En el ámbito de la familia, cultivar la «tierra» significa cultivar al hombre, cultivarse a sí mismo, y todo esto supone esfuerzo. Si todo estuviera permitido, el esfuerzo lógicamente también estaría permitido, pero serían muy pocos los que optarían por él si es igual el esfuerzo que la vagancia.

¿Estimula la permisividad la emergencia de nuevos valores culturales? El pa­dre que no educa por ser «permisivo», ¿está haciendo algo por el futuro de este país? Sí; está contribuyendo a aumentar el número de los «pasotas», que son los que arruinan nuestras importantes instituciones como la universidad. Nada de particular tiene que en un clima así, como decía Montanelli en 1978, «las aulas universitarias sean mi­tad cuadra y mitad prostíbulo». Esa es una de las principales consecuencias del permisivismo. Afortunadamente, la realidad no es tan negra como la pintaba Montanelli.

Frente a la náusea generada por la permisividad está también el hambre de autoridad que hay en la mayoría de los universitarios de hoy. El hambre de una experiencia más saludable que demanda su satisfacción y, por eso, es creativa y genera proyectos. Un hombre hambriento mantiene despierta su imaginación. Y surgen de ella pretensiones de comportamiento futuro, proyectos no realizados, gracias a los cuales encuentran al fin una solución para su problema. La permisi­vidad, en cambio, lo que genera es la náusea, el hastío, el infructuoso y frus­trante deseo de vomitarse a sí mismo. Esto último es mucho más esperpéntico.

realismo, autoridad y sabiduría

Los padres no permisivos son educadores realistas, es decir, son propiamente educadores. Por eso no ignoran que hay que luchar contra la permisividad, que hay que hacerse violencia cada uno a sí mismo para no ser permisivo ni con uno mismo ni con los demás.

Entre los consejos que se han dado a los padres no permisivos se encuentran los que siguen:

1. Que han de tener serenidad, para aceptar las cosas que no pueden cambiar en sus hijos. Si un hijo tiene un defecto y no hay manera de que lo co­rrija (tal vez no lo puede cambiar), entonces no ponerse nerviosos, sino estar tranquilos y serenos.

2. Que han de tener el valor y la fortaleza necesarios, para no caer en el permisivismo, incluso cuando no consigan cambiarse a ellos mismos. Por tanto, serenidad cuando se tiene un defecto y no se consigue cambiar, a pesar del esfuerzo y empeño. En vez de enfadarse hay que tratar de aceptarse a sí mismo. Pero, esa aceptación es compatible con la fortaleza, es decir, con la exigencia personal por conseguir superarse a sí mismo. Esto es una medida realista. Si cada uno tiene el entrenamiento diario en la necesaria fortaleza para combatir los defectos personales, lógicamente tendrá mayor autoridad moral para exigir a sus hijos que combatan también sus propios defectos.

3. Que han de disponer de la sabiduría necesaria para distinguir entre lo que se puede y debe cambiar y lo que no se puede o no se debe cambiar. Hay que discernir. Esto es muy impor­tante. Una madre puede ponerse muy exigente, por ejemplo, respecto del ex­cesivo orden en el dormitorio de los niños. Habrá que concluir que probable­mente tiene valor y fortaleza para exigir, pero no tiene sabiduría. Porque lo más importante en una habitación de un niño que estudia, no es el orden escrupuloso. Eso no es sabiduría.

La sabiduría tiene que ver con la confianza de que se está enseñando la ver­dad. Un padre que duda de lo que está haciendo, de lo que transmite y enseña a sus hijos, es un padre desconfiado e inseguro. Los padres necesitan de la educa­ción en la confianza, echar raíces en la confianza de que lo que están haciendo como padres es educar a sus hijos en la verdad. No se puede estar en la duda si se quiere educar. Un profesor no debe transmitir sus propias dudas a sus alum­nos, porque los destrozaría. Es mejor transmitir menos conocimientos pero estar seguro de lo que se transmite.

Los padres debéis tener la profunda y soberana convicción de que queréis enseñar el bien que los hijos apetecen y necesitan. Y eso a pesar de que, a veces, los padres quieran enseñar el bien y los hijos, en cambio, no apetezca ese bien. Incluso es posible que los hijos crean que sus padres no les quieren porque les obligan a hacer cosas que, por el esfuerzo que suponen, a ellos no les satisface. En ese caso, es la hora de tener la robusta fortaleza y la profunda convicción de que, a pesar de los pesares están queriendo el bien de los hijos cuando les educan así, y tratar de explicárselo aunque parezca que no lo entienden. ¡Algún día no lejano lo entenderán y lo agradecerán!

Los consejos anteriores son radicalmente opuestos a la permisividad. Cuando un padre quiere dar lo mejor de sí mismo, ya no es posible que sea permisivo. Por contra, cuando no quiere dar nada, ni darse a sí mismo, entonces es permi­sivo.

Aquilino Polaino

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