En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer.
«Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.
En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario”.
Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme”».
Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrara esta fe en la tierra?» (San Lucas 18, 1-8).
COMENTARIO
Es sabido que sin la oración no existe relación entre Dios y su criatura, pero en este pasaje del evangelio de Lucas se refiere especialmente a la oración de petición, que es la que suele ser más frecuente olvidando, demasiadas veces, la acción de gracias y la alabanza al Señor. Son muy frecuentes las frases evangélicas en las que se nos invita a pedir (Mt 7,7 y 18,19 en Mc 11,24 y Jn 14,13) Aquí en el versículo primero nos fijamos en primer lugar en este adverbio siempre, que refuerza la obligación de orar, y aún añade la frase “sin desfallecer”, argumento de la parábola que Jesús nos presenta.
Es muy consolador saber que Dios nos escucha y está dispuesto a concedernos lo que le pedimos, pero se exigen condiciones en la petición: La conveniencia espiritual de lo pedido; la postura humilde del rogante, la aceptación previa del No y el deseo explícito de que se haga la voluntad de Dios. Casi siempre se desconocen los planes de Dios y la conveniencia de la petición para el bien espiritual del beneficiario. Además, el evangelista pone en boca de Jesús: que no dejará de “hacer justicia” es decir atender la petición de “sus elegidos”. Esto queda claro en la vida de los grandes santos donde Dios les concede sucesos maravillosos, curaciones y conversiones milagrosas. Pero ¿existe la certeza al orar, de estar entre los elegidos?
La oración de petición es siempre para la concesión de un bien, al mismo orante o alguien de su entorno: La salud física y psíquica; la situación afectiva, laboral o económica; la formación intelectual; y muchas veces la mejora moral y espiritual, o la conversión a la fe católica. El orante sabe seguro en estos casos, que lo que pide es voluntad de Dios. En la frecuente petición de la fe, la situación es terrible cuando durante años el orante pide, incansablemente, la conversión de un ser querido o cercano y ruega a Dios que cambie su corazón de piedra por uno de carne, como él mismo prometió un día que haría con el pervertido pueblo de Israel, y no hay resultados favorables. Dios quiere la salvación de todos, y lo puede todo. Sin embargo, la conversión no sucede a pesar de la insistente oración, incluso con petición de intersección a Santa María y los santos.
En la oscuridad del misterio, es preciso seguir la petición y el ruego con el cuidado de la espiritual limpieza interior, que nos sitúe próximos a los elegidos, deseando que lo pedido sea bueno y necesario para el beneficiario, y dispuestos a acatar humildemente la voluntad de Dios.
Quedémonos con una inquietante frase final en la que e s preciso meditar seriamente: “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».
